domingo, 21 de enero de 2018

Hace 35 años, la matanza de Uchuraccay marcó mi vida para siempre

Escribe:
Luis A. Castro Gavelán

El 26 de enero de 1983 marcó mi vida para siempre. En las agrestes alturas de Uchuraccay, a unos cuatro mil metros sobre el nivel del mar, murieron asesinados de forma cruenta ocho periodistas, su guía y un comunero. Una horda compuesta por un centenar de pobladores azuzados y confundidos actuó de manera inmisericorde y soterrada, vil y salvaje.
A escasos días de recordar 35 años de este funesto episodio, la prensa nacional todavía espera explicaciones; y las familias de los desaparecidos, justicia para atenuar aciagos días por esa experiencia de vivir sin los seres queridos. Tan solo recordar la forma como fueron eliminados los periodistas, se me hace un nudo en la garganta.
Hace algunos días, casi después de 32 años, tuve contacto con Felícita de León y Ana del Castillo, dos colegas de aquellos tiempos, con las que rememoramos nuestro paso por el diario “La República”. Ellas están por California y a través del hilo telefónico tuvimos una plática interesante, en la que no faltaron vivencias de antaño, recuerdos de periodistas que ya nos han dejado: Guillermo Thorndike, Armando Campos Linares, César Terán, Víctor Robles, Oscar Cuya Ramos. Pero también nos acordamos de personajes del periodismo -aún vivos- como Humberto “chivo” Castillo, Víctor Caycho, Alejandro Sakuda, Ernesto Chávez, etc.

Entre muchos sucesos, recordamos las viejas máquinas de escribir que usamos para llenar “decenas de carillas”, la diagramación en largos papeles, el “pegoteo” y el arte final para, finalmente, ver al día siguiente muy temprano la edición impresa en blanco y negro, que nos manchaba las manos, pero que nos sumergía y daba acceso a la realidad peruana.
También recordamos hechos que durante los ochentas hizo palpitar a cien por hora los corazones de los peruanos, en medio de una violencia generalizada, entre noches de terror, asesinatos de autoridades y dirigentes sindicales, coches bomba, torres de alta tensión que caían al piso dinamitadas y nos dejaban a oscuras paralizando la producción nacional, y afectando -qué duda cabe- a los millones de compatriotas menos favorecidos.
Jorge Sedano y los mártires de Uchiraccay

Cuando terminamos de dialogar con Felicita y Anacé, me quedé pensando en Jorge Sedano Falcón, el entrañable gordito que siempre me acompañó en muchas comisiones periodísticas durante mi paso por el diario “La República”. Siempre entusiasta y arriesgado, llevaba preparada su “Nikon” profesional en la búsqueda de la foto de portada que siempre pedían en la mesa de redacción. “Castrito y Sedano, no regresen sin la foto de portada”, decía el cordial Oscar Cuya.
Junto a Jorge Sedano murieron Jorge Mendívil y Willy Retto de “El Observador” ; Eduardo de la Piniella, Pedro Sánchez y Félix Gavilán de “El Diario de Marka”; Amador García de la revista Oiga; Octavio Infante del diario “Noticias” de Ayacucho. También el guía Juan Argumedo y el comunero uchuraccaíno Severino Huáscar.
Todos fueron asesinados por los comuneros de Uchuraccay cuando buscaban información sobre la eliminación de varios senderistas en el poblado de Huaychao. Las últimas fotos tomadas por Willy Retto son evidencias que el ataque ocurrió mientras ellos trataban de convencer a sus atacantes que eran periodistas, que sus únicas armas eran cámaras fotográficas y lapiceros.
Pero los comuneros estaban demasiado confundidos o bien entrenados para eliminar a extraños que llegaban caminando a Uchuraccay. El testimonio de Primitiva Huaylla, tal vez la única testigo presencial viva de los hechos, es elocuente. Ella declaró a las colegas Kelly Vallejos y Yesenia Vilcapoma que recibieron la consigna de matar a todo extraño que llegara a pie. “En una asamblea los militares nos dijeron que matemos y nos defendamos de quienes llegaran a pie. Todo extraño era una amenaza. Ellos (los militares) son los únicos que llegarían por helicóptero", reveló en quechua, su idioma nativo, Primitiva Huaylla. Los periodistas llegaron a pie.

A casi 35 años de este luctuoso suceso que significó el inicio de cruentas páginas de oprobio y terror que firmaron con letras de sangre “Sendero Luminoso” y el MRTA, el Perú sigue mancillado por actos injustos. ¿Quiénes incitaron la muerte de los periodistas para evitar que excesos militares sean descubiertos? ¿Por qué está indultado Alberto Fujimori mientras el general EP Juan Rivera Lazo tiene 17 años preso sin haber cometido delito alguno? ¿Por qué terroristas convictos y confesos están libres luego que les redujeron su carcelería, mientras muchos patriotas siguen perseguidos por la Injusticia, perdón, la Justicia peruana? ¿Por qué la Corte Interamericana de Derechos Humanos es muy benevolente con los casos de terroristas y es implacable con nuestros policías y militares que pusieron el pecho para pacificar el país?
Hay muchos casos que me gustaría decir en voz alta, pero la crónica de este monsefuano es en memoria de los mártires de Uchuraccay y por eso voy a revelar algo que por 35 años guardé en secreto, algo que desafió por muchos años mi capacidad de resiliencia.
Cuatro días antes del 26 de enero 1983, Guillermo Thorndike, el entonces director de “La República” quiso conocerme en persona. Mi jefe de sección, Armando Campos, me transmitió el mensaje y juntos fuimos a la oficina del director.
Una reunión por el aniversario de “La República”. Aparece el director Guillermo Thorndike en primer plano. Luego aparecen Mirko Lauer, el extinto Gustavo Mohme, Jorge Lazares, Luis Castro, el ex director de la PIP Damián Salas, Lorenzo Villanueva, la Sra. Rosario de Thorndike, y otros.

Al fondo de la oficina, detrás de un negro escritorio, vi la figura enorme de mi director, quien extendió su mano y yo, tembloroso, hice lo mismo, mientras saludé nervioso a su bella esposa, doña “Charito”, la misma que trataba de acomodar la camisa de su pequeño Augusto, ahora un consagrado presentador de televisión en “Cuarto Poder” de América Tv.
Thorndike me quedó mirando de pies a cabeza y luego expresó. “Que Armando haya confiado en ti es bueno, pero te necesito para otras comisiones”. Aparentemente doña “Charito” (Rosario del Campo León) me vio el cuerpo esmirriado y el rostro de joven inocente; y con su candor de madre, habría influido para que el “gringo” Thorndike ordene mi cambio de comisión.

Armando Campos tenía dos boletos de pasajes aéreos, uno a mi nombre y el otro de mi inseparable fotógrafo Jorge Sedano. Nuestro destino era Ayacucho. Entonces Guillermo Thorndike le pidió los boletos a Armando Campos y llamó a Luz Lévano, su eficiente secretaria. “Castro y Sedano van para Tumbes, cambia estos boletos por favor, ellos no van a Ayacucho", dijo el director. En esos momentos ingresó Jorge Sedano y al escuchar que estaban cambiándolo de comisión replicó a manera de ruego.
“director, por favor, quiero ir a Ayacucho. Quiero confirmar si es verdad eso que andan diciendo de los terroristas, usted sabe cómo yo trabajo, por favor, permítame ir a Ayacucho…”
Ya no pude seguir escuchando, salí de la oficina del director acompañado de Armando, quien me explicó que al día siguiente debía viajar a Tumbes donde constantes lluvias torrenciales estaban provocando daños materiales y humanos.

Sedano logró convencer al director y ahí nos separamos. “Castrito, perdóname hermano, cuando tengas más experiencia comprenderás que no puedo perder la oportunidad de confirmar si existen o están inflando la noticia sobre esos terroristas que han aparecido en Ayacucho”, me dijo palmoteando mi hombro, mientras yo trataba de guardar algunas cosas en mi escritorio. Le di la mano, nos abrazamos y también fue la última despedida que tuvimos. Jorge Sedano tenía ganas de confirmar los inicios de esa lacra de malos peruanos que tanto daño hicieron al Perú.

Una foto tomada por Jorge Sedano. Las mujeres de pie son Inés Flores, Felícita de León y Martha Núñez. En cuclillas llevo la cinta de capitán. Ocurrió durante el primer aniversario de “La República”

Fui a Tumbes acompañado del fotógrafo César Aquije; y el “gordo” Sedano fue a Ayacucho con el redactor Ernesto Salas. Un día después, a través de un enlace telefónico, mi jefe Armando Campos me dijo llorando “Golpéate el pecho Castrito. Ha muerto Sedano …, todavía no ha sido tu turno”
Quedé descorazonado, trémulo, las lágrimas invadieron mi rostro, confundidas entre las gotas de lluvia que caían con mayor frecuencia en el castigado territorio de Tumbes. El cielo estaba gris, miré el horizonte y puede reaccionar después de breves minutos, consolado por César Aquije. Aún seguía vivo, todavía podía contar algunas estrellas en el firmamento, ese día de enero de 1983.

Mis días de existencia aún no terminan. Sigo vivo, entre viajes a Maryland, Virginia, Madrid y Puerto Rico, amando por siempre a mi Monsefú, mi pedacito de cielo, pergeñando mis crónicas periodísticas, celebrando mis logros sin olvidar mis fracasos, asumiendo retos, consciente que al superarlos estaré más cerca de la gloria; trabajando como docente con la idea de no solo aprender de mis maestros, sino también de mis discípulos. Sigo el pensamiento del afable Kalu Ndukwe … “lo que haces por ti se desvanece, pero lo que haces por el resto conforma tu legado”. (LCG)


12 comentarios:

  1. "Sí, Luis, a todos los colegas de esos tiempos nos marcó lo de Uchuraccay y ni que decir de familiares y amigos de las víctimas. Es un antes de y después de. En tu artículo presentas detalles en particular, que tal vez muchos desconocíamos, las circunstancias personales que te tocó vivir esta tragedia días antes con nuestro amigo Jorge Sedano. Mucha vibra emocional.
    Un abrazo amigo. "
    Fecita De León

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  2. Mi estimada Fela:
    Gracias por tu comentario. Es siempre grato saber de ti y de muchos colegas que formamos parte de una generación de periodistas. Me acuerdo también de tu gran amistad con Jorge Sedano, nuestro carismático y bonachón "gordito".
    Un fraterno abrazo.
    Luis

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  3. Señor Luis, me gusta lo que usted escribió, usted es un periodista que nunca se olvida de nuestra tierra Monsefu. Lo siempre lei sus articulos cuando usted escribia en La República".Mucha suerte,
    Andrés Ch.

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  4. Gracias Sr. Andrés por sus palabras.
    Un fuerte abrazo y me alegro saber que usted leía mis artículos periodísticos en "La República".
    Luis

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  5. Señor Luis, me alegro que está vivo. La familia Castro siempre está identificada con Monsefú. Yo soy un ex estudiante de la escuela Sabogal y recuerdo a su padre, que tambien siempre escribía poemas y cosas sobre Monsefú. Me encanta leer sus artículos.
    Elmer Mechán Y.

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    1. Saludos Elmer:
      Aprecio mucho sus palabras y gracias por recordar a mi padre. Monsefú es nuestro pedacito de cielo.
      Luis

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  6. Excelente Luis. Cuando ocurrio esa masacre con los periodistas, trabajaba como disenador en Epensa. Un periodista del diario Ojo tenia una historia similar a la tuya. Su apellido era De la Cruz, no recuerdo su nombre. El se sintia mal y prefirio quedarse en el hotel. Se quedo descansando. Igual que tu, no era su turno. Un abrazo.
    Carlos Alburqq

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    1. Mi querido Carlitos.
      Recuerdo al famoso "Calbur" de Epensa. Creo que la persona que haces mención era el fotógrafo De la Cruz.
      Un abrazo amigo,
      Luis

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  7. Luchito, que buena, la tenías guardada. Dios está contigo.
    Tu amigo Santiago

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  8. Gracias Santiago:
    Un abrazo a la distancia y buena suerte en el 2018.
    Luis

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  9. Una historia muy bonita, felicito al autor. Monsefu es nuestro pedacito de cielo, es la ciudad de las flores.

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  10. Gracias estimado anónimo.
    Monsefú está en nuestros corazones.
    Saludos,
    Luis

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