sábado, 24 de abril de 2010

Los creadores del Fexticum de Monsefú




Nació como el deseo explícito de las escuelas primarias para conseguir fondos a favor de sus arcas. Tal vez lo que sostenga se preste para la polémica, pero eso es el resultado de haber dialogado con diversos actores de aquella primera reunión que derivó en el nacimiento de la Feria de Exposiciones Típico Culturales de Monsefú, FEXTICUM.
Una reunión de directores primarios convocada por el profesor Manfredo León, entonces director del Núcleo Educativo Comunal # 4,NEC, con sede en Monsefú y con oficinas en el hoy colegio San Carlos, derivó en la antesala una conversación con el profesor Miguel Gonzales Delgado, quien mostraba su felicidad por los éxitos de un evento cultural y deportivo que organizó la recordada escuela “La Misericordia”. “Hemos recaudado mucho dinero”, dijo Gonzales que para esa actividad hizo las veces de coordinador.
Entonces la recordada Olga Rodríguez de Soto, directora de la escuela de mujeres # 2216 dijo una frase que animó a los presentes: “ Y nosotros qué esperamos en hacer algo igual y sacar dinero para nuestras escuelas porque no tenemos ni para las franelas”. Todos se miraron y coincidieron en pedir más detalles a Gonzales Delgado .En esos momentos ingresó el director Manfredo León y la agenda programada derivó en una tertulia en la que acordaron hacer una actividad similar a la efectuada por la escuela “La Misericordia”.
El profesor León no pudo terminar la reunión y solicitó al profesor Limberg Chero,que trabajaba para el NEC #4 , culminarla . Los directores convinieron en concretar el proyecto con nuevas ideas y para conseguir el auspicio de la Municipalidad de Monsefú eligieron a Limberg Chero como coordinador, el mismo que dialogó con el alcalde Ing. Oscar Salazar Chafloque con resultados halagadores.
Con el aporte de todos los directores y el coordinador Limberg Chero se cambió la figura de una actividad deportivo-cultural por la de una feria con matices completos, con exhibiciones de danzas y bailes folclóricos, dibujos, pintura y periódicos murales; exposiciones de joyas, túnicas, obras de carpintería , sastrería y pirotécnia. Además rifas, tómbolas, gimnasia; una fiesta bailable en el mercado de abastos y la venta de comida. La fecha propicia fue el 29 de Julio de 1,973 por el atractivo de las Fiestas Patrias en todo el Perú y por lo tanto también se organizó una parada cívica con la presencia de delegaciones de todos los centros educativos de Monsefú.
Cada escuela fue encargada de cocinar un potaje diferente y la responsabilidad de organizar una de las tantas actividades programadas. También hacer una típica ramada para expender las comidas y bebidas. Para asegurar los ingresos se comprometieron a los padres de familia, a quienes se les vendió por anticipado boletos para consumir los platos típicos.
Llegado el día de la inauguración el éxito sonrió al FEXTICUM, miles participaron. No solo estuvieron los residentes monsefuanos, sino que también lo hicieron ciudadanos de distritos cercanos animados por los múltiples eventos y exposiciones. Como anécdota se recuerda que muchas personas acudieron con sus boletos para reclamar la comida y se encontraron con la sorpresa que ésta se había acabado.
Entonces los organizadores decidieron esa misma tarde repetir lo acontecido al día siguiente para resarcir la molestia de quienes se quedaron sin saborear los ceviches, parihuelas y todo el bagaje de platos gastronómicos que Monsefú ofrece a los más exigentes paladares.
Pronto el FEXTICUM cumplirá 37 años y la organización ahora corre a cargo de la municipalidad. Su fama ha crecido no solo en el Perú, sino también a nivel internacional, pero con ciertos defectos que se necesitan extraer cuanto antes. Me pregunto qué pasaría si esta feria pasa a manos privadas para recibir nuevos aires. Con idea empresarial y un trabajo con criterio y responsabilidad podría devenir en mejores dividendos para la ciudad y sus pobladores. El éxito del FEXTICUM está basado en nuestra atractiva gastronomía, pero urge innovar las distintas actividades que cada año son repetitivas para mantener incólume el prestigio de Feria de Exposiciones Típico Culturales de Monsefú.
Luis A. Castro Gavelán.

martes, 20 de abril de 2010

Jornadas deportivas



Recordar,evocar momentos gratos, es una forma de inyectar ánimo a tu vida. Los recuerdos se manifiestan, son la raíz del alma y vigorizantes para nuestro presente.
Después de muchos años tomé contacto con “Teny” Cigueñas,ahora convertido en profesor y muy amablemente me envió numerosas fotografías del recuerdo ,retratos que me trasportaron al pasado y emergieron vivencias ,rostros ausentes, sonrisas y valores que peregrinan con el deporte y las sanas costumbres.
Miré con beneplácito fotos del “Grupo Amigos”, huellas imborrables de actos costumbristas como “Los Negritos”, actividades del Fexticum, nuestra feria de exposiciones típico culturales . Son retratos que nosotros los monsefuanos atesoramos porque son banderas que nos tocó vivir,son huellas imperecederas que están ahí, que flotan de inmediato y que con el tiempo adquieren mayor significación.
Dentro de esas fotografías ,una de ellas me hizo recordar el entusiasmo de la “tía” Colomba por difundir el baloncesto, por motivar a la juventud a la práctica del deporte. Jornadas memorables de los días sábados en la cancha del colegio “San Carlos”, equipos que se formaban emulando a los “White Star” ,competencias que derrochaban pundonor y energía, que te obligaban a días anticipados de preparación y a celebraciones moderadas con vino de casa elaborado por la señora Cachay.Y luego…a la misa de ocho, como buenos cristianos.
El premio era lo de menos, competir y divertirnos encestando balones era el “vacilón”. Incluso hubieron equipos que se reforzaban con jugadores de Puerto Eten y Ciudad Eten,pero cada quien lo hacía por participar, aunque había que sacar un dinero extra del bolsillo. El club Universitario con su infatigable dirigente “malaca” hacía de las suyas no solo en fútbol, también lo hizo en básquet y ahí está la placa con “Teny” Cigueñas, Jorge Araujo, Flemyn, Boggio, César Oña y Lucho “macano”.
Y el deporte siempre nos apasionó, lástima que nuestro actual estadio de fútbol esté dando pena, que nuestras autoridades poco hayan hecho por reivindicarlo. Pero estamos evocando gratos recuerdos y viene a mi memoria los fabulosos tiros de esquina de Héctor “la coja” Uceda, aquellos goles olímpicos que hizo con la casaquilla del inmemorable “Estudiantes Parroquial”.Quién no se acuerda del equipo de adolescentes que por los años setenta causó sensación.El dirigente Nicanor Larrea se puso el equipo al hombre y ayudó a consolidar este cuadro que dio mucho que hablar.Rememoro las “carretillas” del defensa “Charún” Casas, las jugadas por la punta derecha del “negro” Cumpa,los finos pases de Arturo “pájaro” Boggio, la inquebrantable defensa con el “negro” Arraguí,Benito Gonzales y el “chino” Kant.Las atajadas felinas de “mangas” Rodríguez, de su suplente de lujo “Kiko” Custodio, el aporte de un trío de primos,los Guevara, con Richard, Marcos y Oscar.Miro la foto y se me escapan otros nombres,pero no dejo de observar a dos personajes que no siendo jugadores siempre estuvieron al pie del cañon,junto a los “Estudiantes”, Uge” Larrea ,un pupular locutor radial y mi primo Walter “prado” Guevara.
La fotografía está en blanco y negro y ahí también destaca la figura del entrenador, de Lucho Boggio.Qué será de la vida de esos deportistas. Ellos forman parte del gran legado de monsefuanos que lo dieron todo,que desde sus puestos de vanguardia ofrecieron sus mejores atributos para creer en el deporte,creer que la sana diversión es posible y que sus aportes deben ser emulados.
Luis A. Castro

lunes, 5 de abril de 2010

“Los Aguerridos de Monsefú” ( II parte )

Esta es la segunda parte de la interesante nota de “Los Aguerridos de Monsefú”.Los integrantes de equipo y coladoradores sufrieron mil peripecias para retornar a Chiclayo. ( El editor).

Todos al unísono acordamos que el retorno debía producirse esa misma noche y las opiniones para emprender el anhelado retorno fueron de diverso matiz. Lo que estaba claro es que ningún bus iba a salir hacia Chiclayo como tabla de salvación, que esa alternativa estaba sepultada.
Dentro del cúmulo de posibilidades estaba el abandonar Jaén a pie hasta el cruce con la una vía donde podían aparecer algunos vehículos de transporte. En su mayoría éramos deportistas y una caminata de cinco horas a ese sector lo estábamos contemplando .Sin embargo se desistió por lo peligroso de la zona ,así como la presencia del personal auxiliar y algunos dirigentes que difícilmente iban a seguir el ritmo de nuestro desesperado andar .
Alguien dio una opción un tanto descabellada, pero al fin era una luz de esperanza. “No importa, nos vamos como sea”, dijeron muchos de mis compañeros. Pude avizorar algunas sonrisas, ciertas expresiones de duda, algún gesto de resignación, algunas ofrendas a Dios, movimientos con la mano haciendo señales de en forma de cruz. Eran las diez de la noche y apareció ante nosotros ojos el vehículo que nos transportó.
Apurados empezamos a subir uno y otro y en contados segundos no había espacio para nadie más. Alrededor de quince personas aún faltaban subir, la delegación estaba incompleta. Entonces todos volvieron a bajar y acordamos que los más fuertes debían sentarse y llevar encima suyo, en sus piernas, a otros compañeros de menor peso. Apretados y totalmente incómodos iniciamos el retorno en la polvorienta carretera Jaén- Chiclayo.
El vetusto vehículo resultó ser una camioneta para transportar materiales de construcción, con una cabina para el conductor y dos pasajeros más. La parte de atrás descubierta y rodeada de barandas con un espacio donde podían caber unas diez personas paradas. Ahí alcanzamos todos, más de 25 , nos acomodamos de acuerdo a las circunstancias. Muchos propietarios pintan sus vehículos alguna frase en la parte trasera y aquél no se salvó. Con letras negras tenía un dicho que decía “Qué culpa tengo yo”.
El viejo vehículo de trasporte tenía las llantas muy gastadas y temíamos lo peor, que sufra algún desperfecto, que nos abandone a mitad de camino. Fuimos más cristianos que nunca, oramos, nos encomendamos constantemente al santo de nuestra devoción, al Todopoderoso .
Al cabo de media hora y entre trochas y senderos, con caminos llenos de huecos a consecuencia de las fuertes lluvias que azotan la región, la camioneta recorría su destino dando tumbos, excedida en su capacidad de peso y trasportando a “Los aguerridos”, a todos los integrantes que estaban más aguerridos que nunca, protagonistas de una odisea.
Entonces aparecieron los calambres en las piernas de casi todos, los deseos de reacomodarnos, de estirar los pies, pero era imposible. Éramos una masa humana que lentamente perdía su capacidad de resistencia conforme pasaban los minutos. Y así sucedió todo el viaje, con ayes de dolor, con una constante preocupación.
Exhaustos después de un partido de fútbol y comprometidos con un reto mayor, el de viajar atiborrados y en inhumanas circunstancias, muchos querían abandonar, otros mostraban síntomas de absoluta fatiga; pero algunos compañeros se dedicaron a dar ánimo. Y así seguimos…y así llegamos !!
A las seis de la madrugada, luego de ocho largas apareció ante nuestros ojos una luz al final de túnel. Totalmente extenuados sentimos la sensación de haber formado parte de una proeza, de haber recibido una gracia divina. Bajamos con los rostros y nuestras ropas totalmente de polvo, blancos, parecíamos unos “fantasmas”.
Marcos Guevara G.

jueves, 1 de abril de 2010

Las travesuras de Rubén


Siempre fue travieso, atrevido en el buen sentido de la palabra; “mataperro” como se dicen en el barrio. Muchas veces fue rebelde sin causa y ayudó a que mi padre ahora tenga algunas “canas verdes”. Siempre fue juguetón, el que con su chispa histriónica convertía la cólera de mi madre en una sonrisa gracias a sus ocurrencias.
Hasta mi abuelo, el recordado maestro Federico Castro sufrió la agudeza de sus acciones. Mostraba su desagrado cada vez que le ordenaban ir al campo- aun sin hacer nada-, sólo sentía placer cuando se trataba de cosechar frutas, entonces era el primero en la lista. Caso contrario dibujaba en su rostro el fastidio, detestaba el simple hecho de pasar unas horas en la chacra.
Su trasero fue mudo testigo de unos treinta latigazos que recibió durante su adolescencia, por burlarse muchas veces de la inocencia del abuelo. En presencia de mi padre, Rubén era montado al caballo que conducía el maestro Castro, pero se las ingeniaba para no llegar a su destino.
El abuelo iniciaba la travesía de treinta minutos .Iba guiando el caballo sentado en una montura, mientras Rubén lo hacía detrás de él, en el anca del corcel: “Hijito tienes que obedecer a tu padre. No siempre vienes conmigo, solo lo haces algunos sábados en tus vacaciones y además los trabajitos que te encomiendo son muy fáciles .Los jóvenes tienen que acostumbrarse al trabajo, a ser útiles a la sociedad a…”.De pronto el abuelo interrumpía su oratoria y movía la cabeza de un lado a otro .Con enojo comprobaba que había estado hablando solo, que Rubén, deslizándose suavemente, bajaba del caballo sin que él se diera cuenta.
Lejos de mostrar arrepentimiento y pese al castigo, Rubén cometió esta acción una y otra vez, hasta que el abuelo tuvo la brillante idea de viajar con una mano guiando al bridón y con la otra tomando de una pierna al travieso muchacho. Y vaya que tuvo éxito, porque ambos llegaron temprano , a las ocho, justo en el momento que llegaban los peones.
Al otro lado de la chacra yo estaba pastando al ganado y llegó Rubén a sostener un diálogo conmigo. Refunfuñaba el no haber podido burlarse del abuelo, cogió algunas cerezas y se alejó con la mirada gacha y pateando el piso. Eran en esos momentos las diez de la mañana, sí las diez campanadas que con nitidez escuché desde la iglesia “San Pedro” ubicada en el centro de Monsefú. Todo el pueblo y sus caseríos se guiaban por aquel repique de campanas.
Los campesinos hacían su trabajo acompañados de sus palanas deshierbando el maíz mientras el abuelo hacía otros quehaceres. Pasaron los minutos y de pronto escuché doce campanadas, sí el mediodía, la hora del almuerzo y el tiempo en que el abuelo debía iniciar el retorno a su hogar.
Los campesinos se miraron extrañados.“Que rápido se ha pasado el tiempo, ya es la hora de ir a comer”, dijeron. El abuelo asintió la cabeza en señal de aprobación y al mismo tiempo gritó a su nieto: “Rubén, Rubén, vámonos ya”. Entonces apareció mi hermano con una sonrisa inusual, montó al caballo y empezó la retirada.
Al cabo de media hora el octogenario abuelo Federico llegó a su casa acompañado de su querido nieto. En esos momentos mi padre visitaba a la abuela Rosa y al verlos se sorprendió.
- “Papá , qué milagro ,es muy temprano para regresar o Rubén se ha portado mal”, interrogó mi padre.
- “No hijo, dieron las doce campanadas y ya estamos aquí” replicó el abuelo.
Mi padre miró su reloj de mano y luego comparó con el que estaba en pared y en ambos marcaban las diez y treinta y cinco de la mañana. Luego miró a Rubén y éste agachó la cabeza, como tratando de esconder algo. Pero mi padre recordó sus ocasionales clases de detective y logró arrancar una confesión.
“Un vecino me prestó un fierro, yo conseguí una piedra y escondido entre las plantas de maíz lo golpeé doce veces. Mi abuelo y los campesinos creyeron que eran las campanadas de la iglesia”, admitió mi inquieto hermano.
Semejante declaración tuvo su repercusión, pero Rubén enderezó su camino y ahora es un padre ejemplar, un entrañable hermano del que me siento orgulloso ,un cuarentón con doble nacionalidad: peruano-española.
Luis A. Castro Gavelán

Foto leyenda : Rubén acompañado de su hijos en Madrid,España.