viernes, 11 de octubre de 2019

Los bordados monsefuanos exhiben vida y color


Escribe:
Luis A. Castro Gavelán
Bellas representantes monsefuanas, portadoras de vestimentas que elaboran nuestras artesanas-bordadoras.

     El arte de la filigrana y los bordados hechos a mano demanda arte, garbo, precisión y mucha creatividad. Hay que ser ducho y hábil para darle vida a los diseños a través de los hilos y la aguja. Monsefú, que duda cabe, mantiene una tradición que ha traspasado nuestras fronteras gracias a fácticos artesanos que han consolidado un elevado prestigio.
     Las túnicas, tapetes, blusas, servilletas, delantales y manteles adquieren vida y color con el arte que tienen nuestros artesanos. Hay, además, otros trabajos ornamentales que requieren de mayor precisión como las banderas y los vestidos de baile, y porqué no, los bordados de imaginería (técnica para pintar o bordar prendas para imágenes religiosas). Todos estos productos y en gran nivel se elaboran en Monsefú, gracias a esas manos hábiles de artesanas como las hermanas Lila Angélica y Luzmila Llontop Relúz, Jacqueline Ayasta Caicedo, Rosa Muga Llontop, Elena Chavesta Gonzales, entre otras.

   Históricamente, uno de los precursores de este arte es Eusebio Gonzales Bernabé, quien a la edad de 18 años empezó a bordar estandartes, banderas, mantos y capas de imágenes religiosas. Su arte es tan comparable como el de Lila Angélica Llontop, una mujer multifacética que además de bordar, es creativa y elabora chicha de 60 sabores (de frutas y otros vegetales).
    El arte del bordado es una práctica que tiene cientos de años de existencia. Se sabe que los romanos decoraron sus prendas y ciertos artículos utilizando las hebras textiles sobre una superficie que generalmente era la tela de algodón, seda o lana. Los romanos llamaban a esta ornamentación plumarium opus por las semejanzas que tienen algunas de estas labores con la pluma del ave.  
       En la Biblia, específicamente en el libro de Ezequiel del Antiguo Testamento, se menciona que los fenicios se dedicaron al comercio activo de sedas y bordados orientales. Algunos historiadores hablan también de comerciantes de Egipto, Grecia y Roma, pero inciden que, desde Mesopotamia, los babilonios tenían fama de ser grandes bordadores. 
Jacqueline Ayasta es una artesana que
ha paseado su arte a nivel internacional.


   En cuanto a nuestras representantes, valoramos el trabajo de Jacqueline Ayasta, a quien incluso entrevisté en Washington DC. cuando vino a representar al Perú junto a dos de sus colegas, Margarita Mechán Lluén y Margarita Guzmán Cornejo, durante el Smithsonian Folklife Festival, un evento organizado para que los países de América exhiban lo mejor de su artesanía y arte culinario.

     Del mismo modo, reconocemos el trabajo de filigrana de doña Lila Angélica Llontop Relúz, quien tiene más de 50 años de experiencia y ha vendido en todo el Perú y el extranjero docenas de vestidos que usan los danzantes de marinera, huayno y otros ritmos típicos. 
   Lila vende entre 1,800 y 2,200 soles los referidos vestidos que constan de 13 piezas, con diseños llenos de colorido (animales como el pavo real, rosas, olivos, etc.) “Me siento orgullosa que se reconozca el trabajo de las artesanas monsefuanas. Muchas de las vestimentas que usa nuestro patrón Jesús Nazareno Cautivo y muchos santos de la región han sido elaborados por mi persona. Eso me hace feliz, me siento una mujer bendecida”, sostiene Lila Angélica, que siempre cuenta con el apoyo de sus hermanas.
Lila Angélica Llontop tiene mucha creatividad
El poeta francés Jean de La Fontaine decía “por su obra se conoce al artesano”. Y es verdad, nuestras artesanas bordadoras son reconocidas por su arte, su trabajo lleno de ingenio, cultivado con manos sensibles. (LCG) 
Luzmila Llontop R. y su arte

sábado, 28 de septiembre de 2019

Mercado de abastos de Monsefú: añoranzas de mi niñez


Escribe:
Luis A. Castro Gavelán

“Doña calera”, a sus 90 años y empecinada en ser la más vetusta comerciante del mercado de Monsefú

Hay momentos en que la nostalgia te envuelve y anhelas volver a tu tierra. Por alguna razón así ocurrió, estuve algunos días por Monsefú y a pesar que ahora conviven nuevas generaciones, todavía hay lugares que inspiran, y amigos de entrañables recuerdos. Cruzando el parque principal y en medio de saludos protocolares a recordados vecinos, me encontré con algunos paisanos frente al mercado. Hubo diálogos, estaba de cuerpo presente, pero mi mente se transportó a aquellos años en que mi madre me enviaba a comprar la carne, el pescado o las verduras para el almuerzo.


Al costado de la puerta principal del mercado de abastos (ubicado en 28 de julio 585) estaba la tienda de Oscar Kant, famoso por sus negocios variados y por las hijas guapas que de por sí, también formaban parte del atractivo. Había que regatear los precios de los productos que solicitaba mamita para quedarnos con algunos centavos y así adquirir las figuritas de los álbumes de historia y geografía que expendían en la tienda de “Kant chín”.

  Por aquellos años en la puerta del mercado se ubicaban los vecinos de Ciudad Eten comprando los sombreros de nuestras paisanas. Al ingresar, a ambos costados se ubicaban los vendedores de pan, las vendedoras de “poda”. Al lado izquierdo estaba el negocio de la recordada tía Filomena, “Fifi”, que ofrecía su delicioso “champús” y el “frito” que degustábamos acompañado de crocantes marraquetas del panadero “chasís” Gonzales.

Desde el negocio de la extinta Filomena ya se escuchaba el barullo de los comerciantes, los gritos de los verduleros, fruteros, las bromas que los queridos “zambones” (Guillermo y Enrique), que ofrecían carne de res; los avisos de los Farroñay, quienes monopolizaban la venta de carne de cerdo y cabrito; los anuncios a viva voz de don “chauto” Lluén y su pescado fresco. La “yapa” que daba doña Ramitos, la dama de las hortalizas.


Verduras frescas a precios cómodos.
Es imposible dejar de mencionar las ocurrencias de los comerciantes de abarrotes César Incio y el “zambo” Fredesbindo. También, las bromas de doña Ethel Niquén cuando vendía su pollo fresco. Muchas veces reí a carcajadas con las ocurrencias de Cesítar Incio, quien lanzaba por doquier los granos de maíz a ocasionales clientes que desconcertados volteaban a buscar al culpable de esa “agresión”. A veces miraban con mala cara a otro comerciante, don Jacinto Custodio, el padre del médico “Chito” Custodio, quien siempre tenía el rostro adusto y desconocía de la agudeza de César Incio, ahora de 83 años y entregado a Cristo. 
La familia Farroñay sigue expendiendo carnes.

Los domingos, el mercado de abastos se convertía en un atractivo escenario de bailes populares. Exhibieron su arte ‘Scala musical”, el “Cholo Montenegro”, ‘Los pasteles verdes”, por supuesto que nuestro querido “Grupo 5”, el “Sonido de los Hermanos”, “Aguamarina”, entre otros. Quienes no tenían dinero para comprar el boleto de entrada, escalaban las paredes para encontrarse con la “collera” y por qué no, con la chica a quien pretendían.

Ahora nuestro mercado luce tugurizado, con muchos comerciantes que intentan expender sus productos en medio del desorden. En su momento, los alcaldes Juan Renato Custodio, Angel Bartra y Rita Ayasta mejoraron el recinto, pero ahora, casi terminando el 2019, creemos que ha llegado el momento de ubicarlo en un lugar más amplio. Recorrí los diferentes pasadizos y puede reconocer a algunas de las verduleras, vetustas, cansadas, pero dispuestas a seguir. Todavía nuestras paisanas dan la “yapa”, te hacen descuento y te envuelven en sus diálogos de convencimiento. "Que va a llevar caserito" era su expresión de saludo y de acercarse a su ocasional cliente.

Ahí estaba doña Paula Custodio Mechán, cuyo nombre no dice nada, pero si mencionamos su “chapa”, todos se acordarán de la reina de las yucas, la querida “gata”. Paula ahora atiende acompañada de su hija Clara Gonzales y de Elsa Lluén. Tiene más de 50 años vendiendo las yucas, cebollas y camotes que nunca faltan en el plato de ceviche.

También encontré a Juana Ayasta Gonzáles, la longeva “Calera”, que a sus 90 años continúa dando ejemplo de laboriosidad. Sigue vendiendo el delicioso “queso mantecoso”, la mantequilla que ella propalaba como de “purita calidad”, y una variedad de frutas. “Tengo 67 años vendiendo y voy a seguir aquí hasta que tenga fuerzas. Si me quedo en casa, me muero”, proclama la anciana que exhibe arrugas en el rostro como reflejo de su alma senil. 

Añoro que ese mercado tenga una ubicación más apropiada y que ese terreno sirva para construir una biblioteca de tres pisos con su anfiteatro para eventos culturales.

 Creo tener contactos para contribuir con libros y apoyar una moderna sala de cómputo al estilo de las bibliotecas que tienen las ciudades en Estados Unidos. Los jóvenes de Monsefú, nuestras nuevas generaciones, se merecen un mundo de educación y cultura, ser dignos de un futuro mejor.  
El estadounidense Wendell Pierce dijo alguna vez que el rol de la cultura es tal que le “da forma a cómo reflexionamos como sociedad, sobre cómo somos, dónde estamos y a dónde esperamos llegar”. Hay que soñar despiertos, pensar que juntos sí podemos. (LCG)



martes, 10 de septiembre de 2019

El policía que Monsefú nunca debe olvidar


EscribeLuis A. Castro Gavelán

El honor fue su divisa. Soñó y se hizo policía. Vistió con orgullo por más de 35 años ese uniforme que inmortalizó el héroe Mariano Santos. Trece de esos años los pasó en Monsefú, un territorio extraño que finalmente se convirtió en su pedacito de cielo. Angel Montenegro Santillán no nació en la “Ciudad de las Flores”, pero se ganó el respeto y afecto de los monsefuanos. Tal vez las nuevas generaciones desconocen quién fue este digno policía, pero ahí les va esta crónica que intenta perennizar el reconocimiento eterno a este personaje de mil batallas. 

En 1971, el entonces alcalde de la ciudad, Miguel A. Bartra condecoró a nuestro personaje, Angel Montenegro.

Angel Montenegro perteneció a la generación de custodios del orden a quienes había que cuadrarse con respeto, a tres pasos de distancia. Su presencia significaba deferencia y consideración. Junto a sus colegas Portocarrero, Santos, Nazario, dieron la talla y dignificaron a su institución policial. Al mando de ese grupo estuvo el alférez José Tisoc Lindley, quien llegó a ser director general de la Policía Nacional del Perú. Ellos controlaron con éxito una incipiente aparición de malandros y se dieron tiempo para las acciones sociales.


      Angel Montenegro fue un policía diferente. Desde que llegó a Monsefú, en 1966, cumplió a cabalidad su misión policial y se dio tiempo para protagonizar una encomiable tarea social. Su trabajo repercutió en el ornato de la ciudad. Formó comités de apoyo e hizo participar a cientos de monsefuanos consecuentes que, durante los domingos, a punta de pala, pico y mucha entrega le cambiaron la cara a decenas de calles del centro urbano; construyeron puentes para los pobladores de los caseríos Montegrande, Vallehermoso, Huaca Blanca, Cúsupe, Larán y así ellos tuvieron mejores alternativas para llegar a sus destinos. A su vez, centros poblados como Jesús Nazareno Cautivo, Pachacútec y otros, mejoraron su infraestructura.
Angel Montenegro fue un policía que siempre hizo honor 
a su uniforme y a la institución que representó.

El policía Angel Montenegro le dio valor agregado a las mingas (minka en quechua), esa tradición precolombina que incentivó el trabajo comunitario y colectivo para fines sociales. De esa manera se consolidaron actividades voluntarias que repercutieron en el bienestar de la ciudad y sus caseríos. Tal vez este buen policía, nacido en el departamento de Amazonas y como buen descendiente de los indomables Chachapoyas, nunca olvidó la valía de sus ancestros y puso en práctica ese trabajo social que le permitieron recibir muchos galardones. Varios alcaldes de esos tiempos lo condecoraron.

  Alto, blanco, fuerte y de estirpe guerrera como sus antepasados, este policía amó Monsefú. Durante 13 años hizo una loable labor hasta la fecha en que su jubiló, el primero de noviembre de 1979. Hace algunos días, cuando estaba a punto de cumplir 98 años, falleció en Chiclayo. Expiró en los brazos de su amada, la dama monsefuana Blandina Castro Capuñay, con quien tuvo seis hijos. 
Una foto del recuerdo con su amada Blandina Castro, con quien tuvo seis hijos.

Cuando niño admiré su temple y coraje. Uniformado o no, y provisto de una pala, abría zanjas o empedraba las calles. No solo daba órdenes, también hacía labores similares a los campesinos que lo acompañaban. Por eso había empatía con él, porque no rehuía al trabajo forzado. “Las mingas son para los valientes que aman su tierra”, decía lleno de orgullo. Pensaba como el novelista francés Honoré Balzac y afirmaba que “Toda felicidad dependía del coraje y el trabajo”.

El legado de Montenegro Santillán debe ser recordado por los monsefuanos. Tenemos que ser agradecidos con quienes hacen un aporte significativo. Sus restos yacen ahora en el cementerio de Monsefú. Vino para dar un ejemplo de vida y se quedó para siempre, pidió ser sepultado en ese lugarcito que él decía, era su “pedacito de cielo”. Angel Montenegro Santillán, gracias a nombre de mi pueblo. (LCG)



sábado, 17 de agosto de 2019

A la madre bella, réquiem en su nombre

Escribe: Luis A. Castro Gavelán

Nota de redacción:
A las 04.32 de la madrugada, de hoy 17 de agosto del 2019, ha dejado de existir mi madre bella, mi héroe, la última de los Gavelán Higinio. Esta crónica es en homenaje a ella.


Aquella noche del 14 de noviembre del 2018 fue la última vez que disfruté de ella. Vía WhatsApp estuve alrededor de una hora mirándola feliz, comiendo su pollo a la brasa, moviendo la cabeza al ritmo de una cumbia que bailaban mis hermanos Rubén y Liliana. Su candoroso amor acortó las distancias, su voz, su sonrisa, su alegría de estar junto a sus retoños. Ella sentía verdadero orgullo por sus vástagos, como nosotros por la mujer que nos trajo al mundo.

Lloramos, pero de felicidad por las cosas que nos habían pasado, nos transportamos a los recuerdos infantiles, las vivencias personales que a lo largo del camino hallaron una senda exitosa y que coludidas con el sacrificio permitieron derrotar alguna estrechez financiera que en nuestra niñez y juventud agobiaron.

Dora Gavelán había quedado viuda desde mayo del 2014, pero todos sus hijos hicimos la firme promesa de mimarla, preservarla como a una reina, para que nada le faltara, porque eso era lo que ella se merecía.

Siempre fue una reina, presumía de su belleza, de sus amigas Norma Chereque, Blanca Flores, Hilda Yaipén, Carola Farro; de su amiguita Ethel Niquén, de sus jornadas de baloncesto, de su amor inquebrantable por sus retoños, de sus 4 rosas y sus 4 claveles.
Las 4 rosas y los 4 claveles de mi madre

En alguna lesión física, las cicatrices son un testimonio de las heridas, pero cuando se quiere a alguien por merecimientos propios y parte al más allá, causa otro tipo de heridas difíciles de cicatrizar. Es una especie de dolor inmenso que hiere, que lacera las emociones y provoca blasfemia hacia el ser supremo porque no da respuestas, no explica por qué una madre buena sufre y termina como aconteció con ella, que permaneció postrada en una cama sin hablar, sin hacer la vida que sus hijos soñaban darle. Había sufrido dos ataques cerebrales y como una leona, los supo asimilar. Pero el tercero fue artero, infausto, trajo secuelas, se manifestó con una parálisis, silenció esa voz que entonó canciones junto a Elsa, Margarita y Mary, sus inseparables del “Adulto Mayor”; y con la que también bendecía a sus hijos.

Tres veces la vi personalmente antes de su muerte. La primera de ellas en marzo, pudo reconocerme. Escondí mis miedos, mi desconsuelo y mis ganas de llorar. Quiso decirme muchas cosas, pero no le entendí, ella quiso llorar y yo besé sus manos, bajé mi cabeza para que mi madrecita no observara mi tribulación. Qué impotencia. Me preparé para ese momento, pero no pude. Corrí al baño para llorar, compungido por esa imposibilidad de hacer algo más por ella. La segunda vez coincidí con mi hermano Rubén, fue para el día de la madre. Estuvimos a su lado con las mejores expectativas, pero ella ya se estaba extinguiendo, apenas nos reconoció, dormía con frecuencia. En la tercera vez fue para contemplar su lenta agonía. Algunas lágrimas corren por mis mejillas mientras reflexiono con impotencia: ¿por qué el ser supremo ha creado al ser más maravilloso del planeta, todo amor, un dechado de ternura, y tiene que partir dejándonos destrozado el corazón?  
  
El amor de una madre es algo que nadie puede explicar, por eso tal vez sus ocho hijos tampoco pueden entender por qué la madre bella, la madre santa, se tuvo que ir sufriendo. Hay muchas maravillas en el mundo, pero la obra maestra de la creación es la madre, mi madre. Es la razón que muchas veces levanté la voz para reclamar al ser supremo, por qué mi madre bella, que es su creación, se fue sin llegar a disfrutar todo lo que sus hijos habían planificado.
Al lado de mi madre bella.

Tengo el alma fragmentada, divago con muchas cavilaciones en medio de un profundo dolor. Mi madre alzó vuelo y tan solo quedan sus recuerdos, su nobleza inigualable, su ilimitada gama de consejos y su inmensa cualidad guerrera para superar la adversidad. Mi madre partió y los hermanos Castro Gavelan le guardamos eterna gratitud. El poeta Khalil Gibran decía: enséñame el rostro de tu madre y te diré quién eres”. Mis hermanos y yo hemos mostrado tu rostro madre y gracias…, sentimos por ti eterna admiración.   





Mi madre bella compartiendo con mis hermanos Rubén y Liliana

viernes, 19 de julio de 2019

Fexticum…el sueño persiste


Escribe:
Luis A. Castro Gavelán
¿Qué podemos decir de una persona que está a punto de cumplir el medio siglo? Tal vez que ya tiene un oficio o una profesión, que tiene una familia, que es muy probable que tenga una vida consolidada, con cierta experiencia de vida y que en sus años de existencia tiene ya una cierta estabilidad socio económica.
       En esta crónica no estamos refiriéndonos a una persona. Intentamos hacer una comparación entre un individuo y nuestra feria de Exposiciones Típicas de Monsefú, Fexticum, decaída y sin rumbo a estas alturas de la vida.
Dentro de poco la feria monsefuana cumplirá 46 años, casi medio siglo. Se inició en 1973 como una forma de servir de caja chica para los centros escolares de la ciudad. Los directores de las escuelas contaron con el aval del director del Núcleo Educativo # 4, Manfredo León y así, imitando las exitosas yincanas (incorrectamente escritas como gincana o ginkana) de la recordada escuela “La Misericordia”, empezó con la ilusión de aquel enamorado que recibe el primer sí de su amada.
Estudiantes de la escuela "La Misericordia". y sus profesores

Durante los primeros años se cumplieron los objetivos, tanto para los organizadores como para los miles de turistas que disfrutaron de unas “fiestas patrias” diferentes. La feria turística se hizo conocida a nivel nacional: las actividades que se programaban y la autenticidad y señorío de nuestra gastronomía y artesanía ayudaron a ese crecimiento sostenido.

Durante los primeros diez años todo fue color de rosa. Pero poco a poco ese crecimiento está estancado. Cuando todos los años se exhibe más de lo mismo, se pierde el interés. El argentino Stamateasy afirma que “la comodidad y el conformismo son enemigos de la pasión, del crecimiento, de los sueños.” Y es verdad, hemos sido conformistas, hemos dejado de lado la pasión por la feria que alguna vez nos llenó de orgullo.

No es casualidad que la internacional feria “Mistura” tenga algo de parecido a nuestra Fexticum. No es un accidente que alrededor de Monsefú hayan aparecido decenas de ferias, algunas de ellas más prósperas que la original.
       En su casi medio siglo de vida, Fexticum no tiene casa, se arrima por donde la lleven. Las autoridades de Monsefú y los organizadores de turno viven un eterno letargo, son presas de sopor de la modorra. Fexticum es como la esposa que todo lo dio; y los organizadores son como los esposos que después de intimarla, ya no la miman, no le dan su verdadero valor. Pero se equivocan, la mujer madura… más interesante es.
         Hay monsefuanos que sienten melancolía por lo que ocurre con nuestra feria. Por ello, nunca dejan de dar alcances. Por ejemplo, cito algunos:
1. Escenificar la aparición de nuestro Jesús Nazareno Cautivo. Esta iniciativa es de don Pedro Sánchez Alcántara. Es tácito que promovería la participación de los habitantes de Santa Rosa y la comunidad católica monsefuana. Sería sin duda un gran atractivo, innovador e ingenioso. Recordar que nuestra imagen fue traída desde las playas de Santa Rosa hasta la plaza de armas de Monsefú.
2. Que las instituciones educativas tengan sus ramadas para el expendio de comidas en la plaza de armas y que al mismo tiempo existan centros de exhibición de sus manualidades, las mismas que podrán ser vendidas luego que participen de un concurso previo. Como una forma de estimularlos, los estudiantes aprenden el arte de tejer y fabricar productos típicos, asimilan la posibilidad futura de obtener ingresos para el sustento de sus vidas.

La tía Fifi II y su delicioso "champús".
3.  Conseguir un local amplio para la feria. Ahí se realizarán espectáculos, exhibiciones típico costumbristas y a la vez los negocios establecidos (restaurantes y picanterías) podrían expender su arte culinario. Ahí también los ganaderos y agricultores ofrecerían sus productos sin intermediarios, con precios competitivos. Esta idea es del profesor Miguel Gonzales Delgado, uno de los fundadores del Fexticum.
4. Que radio “La Norteña”, con el auspicio de la asociación de restaurantes organice la elección de la señorita Fexticum.
5. Mantener abierta durante todo el año una oficina propia del Fexticum. Ahí se puede orientar a los interesados todo lo concerniente a la feria. Esta es una idea de Walter Llontop Relúz.
6. Convocar a Bernarda Delgado- la hija del poeta Alfredo José- actualmente responsable del museo de sitio en Túcume. Ella puede coordinar un evento que exponga la riqueza de las reliquias halladas recientemente. Una exposición de la cultura preinca provocaría una afluencia inusitada de turistas nacionales e internacionales.
7. Con prestigio internacional, nuestros joyeros artesanos Feliciano Salazar Liza y Orlando Garay Farro tienen mucho que aportar con su joyería fina, el arte de la filigrana. De igual forma Orlando Garay tiene ya experiencia en el concurso de panificadores y su arte de convertir la harina en deliciosos manjares.
8. Explotar un producto como el loche que además de ser nutritivo y alimenticio, ofrece una gama de oportunidades para seguir promoviéndolo.
9. Escenificar cuadros tradicionales como “Los negritos”, “Los Panchitos”, los “Reyes magos”.
10. Se trata de organizar nuestra feria con sentido empresarial donde se combine la gastronomía y la rica historia preinca que tienen nuestros pueblos. Por ello necesitamos personas comprometidas y con ideas visionarias.
Las tradiciones costumbristas que tiene Monsefú
11. Convocar a los hermanos Yaipén de “Grupo 5” para organizar espectáculos musicales durante los días de la feria. Por supuesto que ellos van a lucrar con esos eventos, pero estamos seguros que dejarán muchas utilidades a favor de la ciudad.
12. Que dentro del comité de organización se considere la experiencia del Club Monsefú, de los residentes en la ciudad de Lima, que ya han dado muestras de apoyo y desprendimiento.
13. Retomar las exposiciones de fotografías (hay tanto material que mostrar), es un alcance de Jorge Reyes Custodio.
14. El propietario de las pollerías “Ricky rey” pide que las pollerías locales presenten una exposición de sus manjares. Considera que los “pollos a la brasa” con estilo monsefuano tienen mucha demanda.
15. César Chancafe sueña con un Fexticum internacional. Pide refundar el FEXTICUM con investigaciones y el uso de la tecnología, permitir la participación de instituciones monsefuanas e incluso extrajeras.

          Se pretende celebrar la Feria de Exposiciones Típicos Culturales de Monsefú haciendo alianzas con empresas de prestigio, sin improvisaciones y reverdeciendo las razones por las cuales fue creada. La presencia de los directores de escuelas e institutos, las autoridades políticas y de los monsefuanos comprometidos con el desarrollo de Monsefú puede revertir la situación actual.  Que no muera esa posibilidad de generar -a través del turismo- rentas a favor de la ciudad, las escuelas, de la educación en su conjunto. Tenemos en nuestra gastronomía, costumbres y tradiciones, una auténtica riqueza natural. Solo falta reconocer, como decía Raimondi, que estamos sentados en un banco de oro. (LCG)  
 
La artesanía monsefuana, con sombreros y alforjas




sábado, 22 de junio de 2019

Pueblo chico, infierno grande… las “chapas” en Monsefú (Parte 2)


Escribe:   Luis A. Castro Gavelán

Con la colaboración de:
-Walter Llontop Reluz
-Miguel Lluén Campos
        Me reuní con Miguelito Lluén “Chingo” y Walter “claridades” Llontop Relúz. El punto de encuentro fue el restaurante de los Chanamé, conocidos como “los loches”, ubicado en María Izaga, cerca de donde vivía el profesor Carlos “higo” Farro Baldera.  Hola “luchín”, me dijeron, y entre abrazos, anécdotas y un delicioso sudado de lifes, charlamos durante un buen tiempo. Ocurrente como siempre, Walter Llontop agregó: “están buenos estos lifes, igual como los prepara “la cafecita” Isabel Llontop y para brindar con chicha de doña “tulú” (Nicolasa Chafloque).

       Ahora que usted ha leído la introducción de esta crónica, sabe que estamos hablando de los apelativos o sobrenombres, de las “chapas” o apodos existentes en Monsefú, y que la reunión con esos distinguidos amigos fue para ampliar ese universo de “motes” muy populares entre los monsefuanos. Sin temor a equivocarnos, para la mayoría de mis paisanos esos apelativos forman parte de su identidad, aunque no aparezcan en sus documentos personales.
       Miguel y Walter conocen mucho, y no me equivoqué al elegirlos. Incluso Miguelito, muy metódico, llegó con su lista de “chapas” y así se encaminó la conversación. Walter recordó a muchos personajes y brindó un abundante material gráfico.  En la primera parte de esta crónica, publicada hace casi dos años, revelamos el origen de “mote”, “gracia” o “chapa”. Dijimos que según DRAE (diccionario de la Real Academia de la Lengua) corresponde al nombre que se acostumbra dar a una persona tomando en cuenta sus defectos corporales, o también reconociendo sus características o virtudes como una manera de simbólica de aceptación; o en su defecto despreciar o ridiculizarlo. 
Angel "Godón" Llontop, César "machaguay" Carrasco, "Walo" Sánchez, "Oso" Gonzales, "Camán" Sánchez y Ravello Soto

     Las “chapas” o apodos identifican en concreto a una persona. Son códigos verbales que en su mayoría tienen un estilo peyorativo, un humor negro que genera rechazos, ofensas o mal humor; o que, por otro lado, son relevantes, empáticos y con un sentido afectivo. Se pretende, al bautizar con una “chapa” a un individuo, destacar alguna característica peculiar de su aspecto físico, de su personalidad, comportamiento o su origen racial. Quienes “bautizan” o son autores de esos sobrenombres gozan de ingenio y buen humor. Los que reciben esa “chapa” tienen la potestad de aceptarlo o en su defecto, denigrarlo. De cualquier modo, un apelativo nos hace merecedores de la atención social. Gómez Macker tiene una opinión que compartimos: “el sobrenombre cumple un rol sociocultural favoreciendo una identificación más realista de las personas y establece vínculos especiales entre los individuos que las poseen y los usan”.
   
     Respecto a la expresión “chapa”, tiene diversos significados en los países hispanos.  En Argentina y Uruguay, una “chapa” puede ser un sobrenombre, pero también significa que una mujer está loca, o que estamos hablando del cabello. En Bolivia es el apodo, pero en Brasil se trata de la dentadura postiza. En Chile y Colombia hablamos de una cerradura, o también de un apodo. En Costa Rica se le dice “chapa” a la persona un tanto torpe. En Ecuador, “chapa” es el policía. En España un “chapa” es alguien que no trabaja. En México hablamos de una cerradura, mientras que en Nicaragua “chapa” es una cerradura, la dentadura postiza o es sinónimo de aretes. En Venezuela y Honduras es la tapa de una botella que liberamos con un abridor. En Perú es donde esta palabra tiene mayor cantidad de acepciones: es un apodo, una cerradura, la tapa de una botella o incluso cuando una persona tiene rojas las mejillas por el frío, calor o porque pasó vergüenza. 
         Por ahora, basta de estos términos coloquiales. Vamos a revelar la segunda relación de apelativos en Monsefú, un pueblo relativamente pequeño, con 33, 000 habitantes, donde los apodos forman parte de su patrimonio etnógrafo y que para muchas personas permiten una relación mucho más jovial, una relación hasta cierto punto amical, generacional e idiosincrática.
        Vamos a clasificar los apelativos en varios grupos.

    1.      Como consecuencia de alguna característica física. - por su tamaño y corpulencia, Eugenio Gamarra Lluén era conocido como “burro grande”. Por sus ojos rasgados la campeona de marinera Angélica “china” Miura. Por el tamaño de su cabeza los hermanos Cumpa Valencia son conocidos como los “cabezacas”. Por el pelo que tenían, los hermanos Enrique y Guillermo Uceda eran conocidos popularmente como “zambones”. Por su estatura y color de su piel,” ñaro” le decían a Pedro Silva Villacorta. Por su talla y delgadez de su cuerpo a los Custodio Díaz llamaban “colambos”. Por sus ojos, recordamos a Juan “chino” Joo. Por la forma de su rostro, a nuestro destacado joyero Félix Salazar Liza lo conocen como “bomba”. Por su baja estatura los Cornejo Mechán y los Lluén Mechán son conocidos como “los chatilcos”; y “los bajos” a los Caicedo Díaz.  Por la contextura de su cuerpo, Héctor “flaco” Boggio del cine Trianón; Guillermo “calavera” Diez; “los mondonguitos” a los hermanos Arce Puican. “Los clavos” a los hermanos Azabache Diez. Por su estatura, a Jorge Diez le dicen "guineo"

2      Tomando en cuenta algún parecido físico, alguna característica de su personalidad o como una especie de burla, las “chapas” también toman el nombre de animales. “Los ratas” a la familia Reque Senmache. La familia Bravo Arévalo “mosca”. La familia de Vicente Custodio Túllume, “los gatos”. Jorge “pichón” Urdiales. Román “gato seco” Llontop Manuel “cabrita” Lores, Fidel Cornejo Mechán, “gallo”. El señor Gonzales que tenía una panadería frente a la posta médica, “mono”. Con ese mismo apodo es conocido William Chanamé, cantante del grupo Continental. A la rezadora Gonzales le dicen “la gallinita”. Pedro Llontop Casas “burro con sueño”, Juan Francisco Yaipén y familia, “los yegüitas”. “Los palomos” a la familia Espinoza Tello. “Los perros” a la familia Morales. “Los gallinazos” a los integrantes de la familia Gonzáles Gamarra. “Los leones” a los familiares del pirotécnico Fermín Gonzáles. “Los lechuzas” a las familias Gonzáles Llontop y Gonzáles Mechán. “Los conejos” a los integrantes de la familia Llontop en Pómape. ‘Gallina” a Manuel Gonzáles Pisfil, y también a José del Carmen Salazar. “Los lobos” a Wilmer Llontop Lluén y también a los Custodio Fiestas. “Si hay, sí hay” al vendedor de pan Atanacio Angeles. Manuel Llontop, pequeño y siempre vestía de blanco, “pichoncito”. Marco “memín” Sigueñas Cáceres. José del Carmen Elías "sapo mocho". Don Enrique Yeckle y su pléyade de ocho hijos: "los piquines".
Mis amigos, los hermanos Salazar García. Los "huesos"

3. También existen los apodos utilizando frutas, verduras o vegetales. La familia Chanamé, “los loches”. A los Llontop Lluén los conocen como “los cayguas”. A la ingeniera Gladys Fenco le dicen “agua de manzana”. A los familiares del albañil Agapito le dicen “los zapallos. Y a los Gonzales Guzmán de la calle Diego Ferré los conocen como “los zapallones”. Los familiares de Tomasa Garay, “los algodones”. En Poncoy, a los Relúz le dicen “los camotes”. “Los camarones” a los Chavesta. Juan Manuel Gonzáles y sus familiares, “los garbanzos”. “Los cafés” a los miembros de la familia Llontop Esquén. 



   Raúl Senmache "Picho" y Oscar Kant "Canchín".


           4.-Por una condición personal que llamaba la atención. Al multifacético agricultor  José Ramos Gonzales le decían “chistoso”.  “Tía candela” a Esther Raffo. “Boquita de caramelo” a nuestra recordada Evelina Huertas.  Por su seriedad, “cachaco” al extinto César Yeckle Vargas.  “Hacha brava” al profesor de educación física Carlos Raffo. “Los bocones” a los hermanos Nicolás y Gregorio Yaipén. “Los matagatos”a los Guzmán de la calle María Izaga.  “Los caregoyos” a Gregorio Yaipén y los miembros de su familia. “Los chalaos” a los Llontop Paredes, sobrinos de Pedro Llontop Casas. “Pico grueso” al señor Alejandro Gonzáles, contratista de peones. A doña Esperanza Vargas, madre de los hermanos Yeckle Vargas le decían "la dama".

            Otros apelativos variopintos que desconocemos su origen, pero que son muy populares en Monsefú son los siguientes: Federico Torres, “brocha gorda”; la familia Custodio que tenía un molino para caña de azúcar, “los cachuplín”. La familia Lluén Campos, “Los chingos”. La familia Flores Ballena de radio “La Norteña", “los parlante”. El taxista Manuel González, “manguero”. La familia Lluén Gamarra, “los chautos”. La señora María Laynez, “doña muerta”.  Jorge Curo “chaqueta”. El señor Beltrán, ”jama jama”. La familia del periodista Lucho Gonzales, “los muñecos”. “Chava” a Eduardo Araujo. ”Los chiveros” a los Chavesta, vendedores de carne de chivo. ”Los seca poto” al extinto Benjamín Pisfil Ayala y sus hijos. “Los confites” a los Yaipén Capuñay (ellos hacían encimadas y las decoraban con confite). “Los huesos” a mis amigos Walter y Pedro Salazar García. “Muerto” a Sergio Sánchez Chavesta.



Gregorio Yaipén "Caregoyo" y José Carmen Elías "sapo mocho".



El profesor Gregorio Chanamé es conocido como “maytetu”. El doctor Juan Salazar Huertas “joya”.  Guillermo Guevara es conocido como “huevito”. La familia Eneque es conocida como “los peroles”. “Los corrozos” son los integrantes de la familia Izique. “Los sorongos” les dicen a los miembros de la familia Custodio. Oscar Kant, “canchín”.  Rafael Escajadillo “medicina fresca”. “Los mochos” denominan a los paisanos de la familia Chafloque Gonzales. “La camisola” es el apodo de doña Yolanda Mechán. “Los echale pa’ dentro” a los carpinteros de apellido Farro. “Cárguenme a mi vieja” le dicen a Mario Salazar Chafloque. “Don Panetón” al Sr. Gonzáles Uceda. “Los cacas” a los Gonzáles Chafloque. “Fino” al conductor de autos Gonzáles Atencio. “Los miscan” a los miembros de la familia Chavesta Senmache. “Pichanas” a los Azabache Rodríguez. “Pelada” a Manuela Garnique. ”Los carne fresca” a los integrantes de la familia Chancafe, quienes viven por la escuela Carlos Weiss. “Los brionquioles” a los Gonzáles Fiestas.

       Los miembros de la familia Pisfil Lluén son conocidos como “los champús”. Al finado periodista Augusto Llontop Relúz le decían “tuto”. “Si hay, si hay si hay”, al desaparecido vendedor de pan, el señor Angeles. “Chin chin” es la “chapa” de los Lluén Chavesta y los Lluén Uypan. “Los bronquioles” a la familia Gonzales. La familia Seclén, “los muertos”. “Los quemaos” a la familia González. A los Llontop Sáenz los conocían como “prosas”. La familia de César Llontop, “los macanos”. Armando Llontop, quien actualmente ha perdido el sentido de la vista lo conocen como “malaca”. “Pedones” a Carlos y Pedro Escajadillo.
“Los mercaditos” son los miembros de la familia Espinoza Ballena. “Los pichilingo”, la familia Salazar. El extinto José Capuñay Senmache” clarito”. “La casita” a Héctor Puicón. “Cholón” a la familia Uceda de la avenida Grau. “El avión “a Rafael Puyén. “Jota” al desaparecido Miguel Llontop Relúz. “Diablo” al profesor Bernardino Sánchez. “Los sancochos” a la familia Yaipén. "Los coches" a los miembros de la familia Azabache. Ellos domicilian en María Izaga. A la señora Carmen Chafloque "doña ajínagua".

A los miembros de la familia Senador Chumioque ”los chichas”. “Los chueños” a los Lluén Pisfil de Micarcape. “Los piratas” a los integrantes de la familia Ballena Casas. Al vendedor de carne y ex futbolista “Pechente” Uceda Suárez. Ese apelativo ocurrió durante su niñez cuando expresaba en la escuela “pechente” por presente. Ernesto Uceda ”Tony curtis”. Sixto Elías Gonzáles “el sapo”. Miguel Angel Ramírez “chaca”. Neptalí Farro “cuchufletas”. Manuel Cachay Flores “Guavito”. “Pichilingo” al señor Salazar Liza, hermano del joyero Félix. “Los cañones” a los Chavesta que viven en el caserío Cúsupe. “Los cachuplines” a los Custodio Fiestas. “Caiza” a la señora Toribia Chafloque. Georgina Chavesta es conocida como “párate duro”. “Chamullo” le dicen a Jorge Sánchez Bautista. “Corrozos” a los hermanos Ayasta. “Los chatas” a los hermanos Reyes Gonzáles. “Chasis” al panadero Gonzáles. “Tamborín” a los hermanos Ramos Reyes. El abogado Pedro Pisfil “baltico”. Carlos Capuñay Farro, “quinche mangos”. “Los revivianes” a los Capuñay Gonzáles.


Miguel "chingo" Lluén y Walter Llontop.



En el mundo de la música fueron muy conocidos los apodos también. El grupo Fantasía era de propiedad de los hermanos “cagarraya” Reyes Salazar. A los Fenco Espinoza les decían los “corcho”. El fundador del Grupo 5 tenía el sobrenombre de “el faraón de la cumbia”; su hijo Elmer tiene el apodo de “chico”. También Víctor “chino” Yaipén del grupo Candela, Walter “pochorolo” Yaipén, Lázaro “bolón” Puicón, Idelfonso “foncho” Neciosup. El cantante Jorge “coco” Lluén. El profesor y cantante Héctor “coja” Uceda Senmache. El grupo Continental de los hermanos Chanamé Chudén: a William le dice “mono” y Manuel, el timbalero, tiene el apelativo de “pato”.
Hermanos Chanamé Chudén
Creemos que esta relación de apelativos seguirá creciendo con el apoyo de ustedes, amigos lectores. Las “chapas” se resisten al transcurrir del tiempo y muchos monsefuanos -al momento de interactuar- prefieren sustituir el nombre propio de los individuos. Estamos seguros que esta forma de “identificación subjetiva” tendrá en el futuro una tercera relación. (LCG)







jueves, 6 de junio de 2019

Nacer pobre no es tu culpa, morir pobre sí lo es. La ejemplar historia de vida de Julio Gonzales



                                         Julio Gonzales, emprendedor monsefuano.
Escribe: Luis A. Castro Gavelán 
Cuando eres pobre y el hambre acecha, hay dos alternativas en la vida: tomar el camino incorrecto o retar a la vida en base a empuje, perseverancia y una actitud rebelde por revertir esa desafortunada condición. Julio Gonzales, el propietario de panetones “Don Julio”, tuvo un origen humilde, vivió momentos extremadamente tristes, pero con ese afán por salir del infortunio ha escrito una historia de superación que dignifica al peruano y enorgullece a los monsefuanos.

Es difícil imaginar las vicisitudes que enfrentó este  hijo de agricultores, que emigró a otros lares obligado por las circunstancias, que empezó vendiendo pan por las calles de Chimbote, Huarmey y que actualmente goza de buena reputación, consolida prósperos negocios y ratifica ese viejo adagio: nadie es profeta en su tierra.

Hijo de Alejandro y Manuela; y casado con quien fue su mayor tesoro, doña Hipólita de Paz, este empresario de 77 años mantiene ese perfil bajo como cuando empezó a escribir esas páginas que actualmente son historias de vida. “Vivíamos en una chocita, no alcanzaba para la comida y pese a los esfuerzos de mi madre algunas veces nos fuimos a la cama con el estómago vacío”.  Su padre trabajaba como agricultor y hornero en los trapiches de Benito Flores. 

Entre lágrimas, Julio Gonzales recuerda su extrema pobreza y la decisión que asumió aprovechando la invitación de un amigo, Joaquín Quispe. Así salió de Monsefú cierta mañana bajo una temperatura fría que fue minimizada por la cálida bendición de su cándida madre. Llevaba a cuestas un costal lleno de ilusiones y su terco ímpetu por cambiar el destino, que hasta ese momento le era adverso. Exhibió una resiliencia que lo impulsó a confiar en sus posibilidades y buscar otros horizontes.

Rodeado de tres de sus cuatro hijos, Giovanna, Julio Jr. y Miluzca, nuestro personaje recuerda a los hermanos Quispe, quienes le dieron la posibilidad de iniciarse en la venta ambulatoria de panes y dulces por las calles de Samanco, en el departamento de Ancash. Luego se movió entre Huarmey, Samanco, Chimbote y el distrito de “Culebras”. Julio recuerda que su primer pago fue de doce soles de oro, la moneda de ese entonces.
                                    Julio Gonzales rodeado de tres de sus hijos: Giovanna, Miluzca y Julio Jr.

Le fue bien en las ventas y aún cansado después de caminar por las calles casi todo el día, se quedaba por las noches y madrugadas acompañando a los maestros panaderos, aprendiendo los secretos para hacer marraquetas, el pan de yema, bizcochos de canela, cachitos y encimadas con manjarblanco.

Aprovechando el boom de la pesca (1968-1971), en la época exitosa del pesquero Luis Banchero Rossi, Julio Gonzales recorrió las playas y encontró potenciales clientes en los curtidos pescadores. Extenuado y muchas veces con pocas horas de sueño, jamás se rindió y para darse ánimos recordaba la forma cómo había abandonado su tierra natal.
En una de esas caminatas vio que estaban rentando una pequeña panadería y no se amilanó ante su segundo reto. Con sus ahorros y habiendo aprendido los secretos para la elaboración de panes, asumió el compromiso y se puso al frente. Le fue bien y tomó la decisión de alquilar otra panadería más grande, donde llegó a tener más de quince personas trabajando para él, entre panaderos y vendedores.

Así, inspirado y embelesado por el amor de su vida, doña Hipólita de Paz, edificó tal vez la mejor panadería de Huarmey y así sumó puntos a su favor para pedir su mano. Julio contrajo nupcias con la chica más guapa de su barrio, su íntima Polita, una mujer que hacía labores de modista, pero que al casarse con Julio Gonzales pasó a administrar los negocios. Fue su verdadero brazo derecho.
Paulatinamente los negocios se ampliaron. Hubo una y otra panadería, una granja de cerdos, una pollería, los famosos panetones “Don Julio”.  No se quedó en Huarmey, expandió sus negocios y ahora tiene sucursales en Chiclayo, distribuye los panetones en todo el norte chico de Lima, en Chimbote, Chiclayo, Piura, Cajamarca. Es indudable su éxito y una buena reputación que acrecienta con ese estilo peculiar de compartir lo que tiene. Actividades benéficas, desayunos a niños pobres, a los internos de prisiones chiclayanas, a gente menesterosa. Este conspicuo personaje nunca olvida sus inicios, está comprometido con  las acciones sociales.

A Julio Gonzales le encanta la música, en sus ratos libres toca el saxo y recuerda que alguna vez participó como cantante  de una orquesta. Fue amigo y compadre del extinto “faraón” Elmer Yaipén. Es también muy allegado a Higinio Capuñay, el propietario de la cadena de emisoras “Exitosa” y “Karibeña”. Es ganador de muchos premios por la calidad y prestancia de sus productos.                                                                                         
Conozco a Julio Gonzales desde hace muchos años, me precio de ser su amigo y cada vez que lo veo me recuerda una frase aleccionadora de Dalai Lama: “si asumimos y mantenemos una actitud de humildad, crecerán nuestras cualidades”. Julio, cultivado en las fraguas de la universidad de la vida, tiene claro este aspecto y por eso sugiere dos cosas: cuidar la familia porque es la herencia más preciada; y a los jóvenes, tener sueños y hacerlos realidad, persiguiéndolos con coraje y una renovada aptitud. (LCG)



   Julio Gonzales canta y hace sonar las maracas.







   Elmer Yaipén es padrino de Perla, 
la hija menor de Julio Gonzales