sábado, 9 de diciembre de 2017

Terminamos el 2017 entre huecos, polvo y dudas

Escribe:
Luis Castro Gavelán
El 2017 se va extinguiendo y con él, los días de gobierno municipal del alcalde Bartra, y la paciencia de los habitantes de Monsefú que a diario conviven con las incomodidades de una desorganizada ejecución de las obras de agua y alcantarillado.
Las zanjas, los huecos y la tierra acumulada nos tienen al borde de la histeria, ocasionan innumerables “desmadres” en el tránsito vehicular y peatonal. Para colmo, hay cortes inesperados en el servicio de agua potable, escasez del líquido elemento, y la aparición de agua servidas sin pronta solución. Se afirma que el término de la obra será en mayo del 2018, pero la incertidumbre reina. Trabajadores impagos, robo de material de construcción, supervisión técnica paupérrima y un trabajo desordenado, nos hacen flaquear.

No dudamos que esta obra denominada “plan maestro” solucionará, y Dios quiera, optimizará el servicio de agua y alcantarillado. Pero el cuestionamiento va por la “falta de pantalones” de nuestras autoridades para hacer prevalecer el orden, “poner en vereda” a los responsables de la obra iniciada los primeros días del mes de abril del presente año.

Cuando el doctor Bartra ganó las elecciones, aplaudí su triunfo. Su experiencia edil como alcalde de Monsefú, como burgomaestre provincial de Chiclayo, y el hecho de ser hijo del odontólogo Miguel Angel Bartra, avalaron esa ilusión y nos hicieron soñar con la recuperación de Monsefú como pueblo líder.
Pero el abogado Bartra ha hecho de su período municipal un dechado de incertidumbre y dudas que han opacado las obras que está dejando. Bartra es ahora un político que trabaja para la “foto”, un político calculador, como esos cientos que pululan en el Perú.
Por eso su indolencia, su falta de ganas para estar junto a su pueblo y mitigar esas incomodidades que agobian a los monsefuanos. Bartra tiene ahora otros intereses, dedica más tiempo a su intención de volver a la alcaldía de Chiclayo.

Bartra hijo está lejos de Bartra papá. El odontólogo que fue nuestro alcalde y llegó al Congreso de la República, es harina de otro costal. El también considerado jefe del “clan Kennedy” tenía los pantalones puestos, “carajeaba” si era posible, pero su trabajo tuvo otro matiz, imponía respeto y su palabra tenía sentido, como el amor que se tiene con doña Rossina, por eso los 54 años que llevan juntos.

Bartra hijo pelea consigo mismo para confirmar si está o no mintiendo, es dubitativo, ha aprendido las malas artes de los políticos acostumbrados a “pasear” a sus electores. Por eso que las obras que hasta el momento ha ejecutado cobran menos importancia y más pesa su falta de transparencia.

La ejecución del “plan maestro” es comparable -en el sentido figurado-con el trabajo de Bartra como alcalde. Los huecos, los desmontes, la falta de señalización, las aguas servidas y la tierra que se levanta con los vientos denostando la paciencia de los monsefuanos, son como los vacíos, tropiezos y sinsabores que nos deja la gestión de Bartra Grosso. La delincuencia campea, los problemas sociales son álgidos; como el desgobierno que muchas veces hizo gala el proceso municipal de Bartra, por deudas económicas y desatinos administrativos.

El año 2017 está en proceso de extinción. Y así como cuestionamos a Bartra y ponemos un calificativo de sesenta sobre cien, también es menester invocar a los monsefuanos hacia la cultura del civismo. Alguna vez escuché por la radio a una ciudadana “para eso lo hemos elegido, que el alcalde venga a recoger la basura que hay en la calle”. Qué falta de tino de mi paisana. El alcalde no tiene la varita mágica, no es su empleado. El progreso de nuestro pueblo corresponde a un trabajo conjunto: al impulso de las autoridades y el apoyo y respeto de los ciudadanos.

Tengo una propuesta para quienes están al frente de las instituciones educativas de éxito como David Ayasta (San Carlos) y mi amigo Juan Caicedo (San Pedro). Los insto a fomentar una campaña de civismo a favor de nuestro pueblo. Cuenten conmigo. Hay que promover en nuestros futuros ciudadanos, nuestros niños, el respeto por las autoridades, por nuestros mayores, dejar en el olvido esa maldita usanza de arrojar la basura en las calles, hay que crear cultura cívica.

Alcalde Bartra, usted todavía puede encaminar su carrera política. Cuando crea en usted mismo, cuando lleve una vida transparente y se de cuenta que puede ser una excepción entre esos políticos de contrahechura, va a sentir mayor orgullo de ser hijo de Angel Bartra Gonzáles.

Feliz Navidad, mis parabienes para todos mis paisanos en el 2018. Pidamos a Dios crecer cada día como personas, profesionales, amar de verdad a nuestro Monsefú y soñar con ser mejores. Como dijo Paulo Coelho, “Sólo una cosa vuelve un sueño imposible: el miedo a fracasar” (LCG)

Fotos: tomadas del portal de la municipalidad de Monsefú

martes, 18 de julio de 2017

Pueblo chico, infierno grande…los apodos en Monsefú

Escribe:
Luis A. Castro Gavelán
Cuando residía en Lima acepté una invitación para asistir a una fiesta en Pueblo Libre. Por teléfono hablé con un paisano monsefuano que por coincidencia me ofrecía una reunión para ese mismo día. Disculpa – le dije a mi interlocutor- ya estoy comprometido para el sábado en casa de los Salazar García.
-¿Quiénes son ellos? Me interrogó, no los conozco.
-Por favor – le dije- ellos son muy conocidos, es la familia que vive en María Izaga al costado de la imprenta “El horizonte”, ¿conoces a Walter, a Pedro, los médicos veterinarios; a Azucena, que fue señorita Fexticum?
- Ah… empieza por ahí, son los “huesos”, y comenzó a sonreír.
Yo también sonreí por la ocurrencia de mi amigo, pero también confirmé que en Monsefú, la “Ciudad de las flores”, es muy frecuente conocer a una persona o una familia por su apodo, apelativo o sobrenombre, que por los apellidos.
Según varios monsefuanos, es mucho más popular acepciones como “chapa”, “gracia” o “mote”. Como quiera que sea, la reputación de los paisanos es motivo de esta pintoresca crónica, que según DRAE (diccionario de la Real Academia de la Lengua) corresponde al nombre que se acostumbra dar a una persona tomando en cuenta sus defectos corporales, o también reconociendo sus características o virtudes como una manera simbólica de aceptación; o en su defecto despreciar o ridiculizarlo.
El vocablo apodo proviene del latín “apputare” que significa evaluar o comparar. Sin embargo, otros investigadores afirman que resulta del griego “apodos” que quiere decir repetición o giro. De cualquier modo, quienes tienen mayores argumentos son los lingüistas “mollete”, y “agüitas”. Así conocen a los profesores Max Túllume y Santiago Salazar, respectivamente.
Desconozco si esta afirmación ofenderá a los mencionados docentes, pero mejor voy a contratar a los abogados “chaconil”, Manuel Flores Llontop y “teny” Cigüeñas Olano para que me asesoren legalmente. O tal vez al doctor Pedro Pisfil, “baltico”. Y si como consecuencia de este inconveniente sufro de algún mal, trataré de ubicar al doctor “Jacinto “chito” Custodio.
Como se puede percibir, todos los profesionales mencionados tienen su “chapa” o “mote”, pero no sabemos si les agrada o no. Por ello afirmamos que los apodos son códigos verbales que pueden ser positivos o negativos; puestos con estilo peyorativo, con un humor negro que genera rechazos, ofensas o mal humor; o relevantes, empáticos y con un sentido afectivo.
Y adicionamos que los sobrenombres también pueden ser códigos comunicacionales porque promueven el diálogo, el acercamiento. Actualmente en las ciudades grandes, en las urbes modernas, se conjugan sociedades cada vez más frías. En cambio en pueblos chicos como el nuestro, los apodos forman parte del patrimonio etnógrafo de los monsefuanos; y además nos permiten una relación mucho más jovial, una relación hasta cierto punto amical, generacional e idiosincrática.
Nuestro terruño tampoco escapa de este estilo de fomentar relaciones al más largo plazo. Por ejemplo, Monsefú es llamada la ‘Ciudad de las Flores”; y también “pueblo líder”, como le decía mi padre Luis Castro Capuñay. Y quien firmó la ley de elevación a la categoría de ciudad de nuestro Monsefú, el presidente Andrés Avelino Cáceres, fue conocido con el apelativo de “brujo de los andes” por sus grandes actuaciones militares durante la guerra del Pacífico. Ofreció resistencia a los chilenos en las montañas ubicadas antes de llegar a Lima.
En la época de oro del baloncesto monsefuano, a jugadores del White Star como Eduardo Raffo le decían “cachema”; y “pato” al habilidoso Miguel Chereque. Otros deportistas, principalmente futbolistas, eran muy conocidos por sus apelativos. Por ejemplo, el arquero “cuco” Beltrán, Augusto “oso” Gonzales, los hermanos Pablo y Sebastián “guaba” Gonzales, José “chiva” Vallejos, Manuel “panga” Salazar, “gene” Yaipén, “kerosene Gonzales, Carlos “cailotitas” Silva, Pedro “pibe” Beltrán, Arturo “pájaro” Boggio. También Héctor “la coja” Uceda, Gilberto “manco” Chanduví, Manuel “ojitos” Niquén Cumpa. El ‘cholo” Salazar.

En el mundo de la música fueron muy conocidos los apodos también. El grupo Fantasía era de propiedad de los hermanos “cagarraya” Reyes. A la familia Espinoza Fenco les decían los “corcho”. El fundador del Grupo 5 tenía el sobrenombre de “el faraón de la cumbia”, y ahora su hijo Elmer tiene el apodo de “chico”. También Víctor “chino” Yaipén del grupo Candela, Walter “pochorolo” Yaipén, Lázaro “bolón” Puicón, Idelfonso “foncho” Neciosup.
Los hermanos "guaba" Gonzales.
En esta relación de apodos hay también muchos personajes pintorescos. Recordamos a José del Carmen Muro “caminini”; a “mamuche”, un hombre que se dedicaba en las fiestas patronales a encender los cohetes como señal del inicio de la actividad religiosa. También un individuo cuyo apellido, Azabache, no dice nada, pero por su “chapa” muchos van a recordar. Nos referimos a “pichana”, un hombre que cuando tomaba licor se enfrentaba a la policía y al ser arrestado gritaba “ya me llevan mis mujeres”.
Como consecuencia de alguna característica física, los apelativos también están a la orden del día. Por su tamaño y corpulencia, Eugenio Gamarra Lluén era conocido como “burro grande”. Por sus ojos rasgados conocemos a nuestra campeona de marinera Angélica “china” Miura. Por el tamaño de su cabeza, a los Cumpa Valencia denominaron “cabezacas”. Por el pelo que tenían, los hermanos Enrique y Guillermo Uceda eran los popularmente “zambones”. Por su estatura y color de su piel,” ñaro” le decían a Pedro Silva Villacorta. Por su talla y delgadez de su cuerpo a los Custodio Díaz llamaban “colambos”. Por sus ojos, recordamos a Juan “chino” Joo. Por la forma de su rostro, a nuestro destacado joyero Félix Salazar Liza lo conocen como “bomba”. Por su baja estatura los Cornejo Mechán son conocidos como “los chatilcos”. Además Héctor “flaco” Boggio del cine Trianón.
Tomando en cuenta algún parecido físico, alguna característica de su personalidad o como una especie de burla, las “chapas” también toman el nombre de animales. “Los ratas” a la familia Reque Senmache. La familia Bravo Arévalo “mosca”. La familia de Vicente Custodio, “los gatos”. Jorge “pichón” Urdiales. Román “ gato seco” Llontop. Manuel “cabrita” Lores, Fidel Cornejo Mechán, “gallo”. El señor Gonzales que tenía una panadería frente a la posta médica, “mono”. Con ese mismo apodo es conocido uno de los hermanos Chanamé, del grupo Continental. A la rezadora Gonzales le dicen “la gallinita”. Pedro Llontop Casas “burro con sueño”, Juan Francisco Yaipén y familia, “los yegüitas”. “Los palomos” a la familia Espinoza Tello. “Los perros” a la familia Morales.
También existen los apodos utilizando frutas, verduras o vegetales. La familia Chanamé, “los loches”. “Higo” al profesor Farro Baldera. A los Llontop Lluén los conocen como “los cayguas”. A la ingeniera Gladys Fenco le dicen “agua de manzana”.
Por una condición personal que llamaba la atención. Al multifacético agricultor José Ramos Gonzales le decían “chistoso”. “Tía candela” a Esther Raffo. “Boquita de caramelo” a nuestra recordada Evelina Huertas. Por su seriedad, “cachaco” al extinto César Yeckle Vargas. “Hacha brava” al profesor de educación física Carlos Raffo.
Otros apelativos variopintos que desconocemos su origen, pero que son muy populares en Monsefú son los siguientes: Federico Torres, “brocha gorda”; la familia Custodio que tenía un molino para caña de azúcar, “los cachuplín”; la señora Nicolasa que vende chicha”, la tolú”. La familia Lluén Campos, “Los chingos”. La familia Flores Ballena de radio “La Norteña", “los parlante”. El taxista Manuel González, “manguero”. La familia Lluén Gamarra, “los chautos”. La señora María Laynez, “doña muerta”. Jorge Curo “chaqueta”. El señor Beltrán, ”jama jama”. La familia del periodista Lucho Gonzales, “los muñecos”. “Chava” a Eduardo Llontop Araujo. "Fruna" a su hermano Huguito Llontop.

El profesor Gregorio Chanamé es conocido como “maytetu”. El doctor Juan Salazar Huertas “joya”. Guillermo Guevara es conocido como “huevito”. La familia Eneque es conocida como “los peroles”. “Los corrozos” son los integrantes de la familia Izique. “Los sorongos” les dicen a los miembros de la familia Custodio. Oscar Kant, “canchín”. Rafael Escajadillo “medicina fresca”. “Los mochos” denominan a los paisanos de la familia Chafloque Gonzales. “La camisola” es el apodo de doña Yolanda Mechán. “Los echale pa’ dentro” a los carpinteros de apellido Farro. “Cárguenme a mi vieja” le dicen a Mario Salazar Chafloque.
Los miembros de la familia Pisfil Lluén son conocidos como “los champús”. Al finado periodista Augusto Llontop Relúz le decían “tuto”. “Si hay, si hay si hay”, al desaparecido vendedor de pan, el señor Angeles. “Chin chin” es la “chapa” de los Lluén Chavesta. “Los bronquioles” a la familia Gonzales. La familia Seclén, “los muertos”. “Los quemaos” a la familia González. A los Llontop Sáenz conocían como “prosas”. La familia de César Llontop, “los macanos”. Armando Llontop, quien actualmente ha perdido el sentido de la vista lo conocen como “malaca”.
“Los mercaditos” son los miembros de la familia Espinoza Ballena. “Los pichilingo”, la familia Salazar. El extinto José Capuñay Senmache” clarito”. “La casita” a Héctor Puicón. “Cholón” a la familia Uceda de la avenida Grau. “El avión “a Rafael Puyén. “Jota” al desaparecido Miguel Llontop Relúz. “Diablo” al profesor Bernardino Sánchez. “Los sancochos” a la familia Yaipén.
Esta lista continúa, pero hay datos por confirmar. Existen apelativos como “párate duro”, “los zorros”, “pechente”, “chambico”, “la tetona”, “copito”, “los chalaos”, “los cuyes”, “la pailera”, que anhelamos completar, y para eso esperamos la colaboración de nuestros lectores.
Los apelativos que estamos publicando son una pincelada del ingenio de los paisanos, que de forma positiva o negativa muestran la idiosincrasia de nuestro querido Monsefú. Las “chapas” nacieron, se difundieron y se transmiten de generación en generación. Esta muestra debe crecer y también nos gustaría tener la información del motivo que generó su origen.
Hay personas que aceptan de buena gana el “mote” que tienen, pero existen otros que por alguna razón detestan su sobrenombre. Uno de ellos fue muy explícito. “Carajo, todo el esfuerzo que hicieron mis padres para ponerme nombre y apellidos para que un hijo de p…venga a ponerme una “chapa”.
Monsefú es tierra de pintorescos apelativos. Vamos a perennizarlos como una forma de seguir escribiendo la historia de “La ciudad de las flores”, pues como decía alguien que también tenía una “chapa”, Gabriel ‘gabo” García Márquez, “la vida no es la que uno vivió, sino la que uno recuerda, y cómo la recuerda para contarla”. (LCG)

domingo, 23 de abril de 2017

Angel Pejerrey: una reserva moral monsefuana



Escribe:

Luis A. Castro Gavelán
La vida en los humanos es la capacidad de nacer, crecer, reproducirse y morir. Así es como podemos conceptualizar ese preciado regalo existencial que nos permite interactuar dentro de un mundo creado a la imagen y semejanza de Dios. Y los seres humanos, dentro de ese limitado tiempo de vida tenemos la oportunidad de vivir, progresar y dejar nuestro legado inolvidable… o digno de reproche.
O somos buenas personas o nos convertimos en detestables individuos. La elección es fácil y tiene sus repercusiones en nuestra familia, nuestra comunidad local y muchas veces trascendemos en el ámbito de la comunidad internacional. La elección es fácil. O se es ilustrado, bonachón y laborioso; o se es zángano, ignorante y sátrapa.

Y el ingeniero Angel Pejerrey Chafloque escogió lo primero. Prefirió la gloria y es uno de los pocos seres vivientes de ese mundo cosmonsefuano del poeta Alfredo José Delgado Bravo, que todo lo hace pensando en el bien público. Como padre, como profesional, como empresario, como dirigente de instituciones sociales y religiosas, como político y como vecino, Angel Pejerrey encaja en ese pueblo líder que todo monsefuano añora y que acuñó mi padre Luis Isaías en sus escritos.

Se hizo profesional con el sacrificio de aquellos que no nacen con un pan bajo el brazo. Es padre ejemplo de hijos profesionales como Rocío, Ingrid y Angelito. Se graduó como un profesional de agallas al reflotar la cooperativa azucarera Rafán, aquella organización que sumergida en una crisis salió a flote y se convirtió en una empresa modelo. Hasta ahora los futuros administradores y gerentes lo visitan para conocer su “receta” de cómo ser exitoso sin tener un centavo en “caja chica” y convertir 1,800 hectáreas de terreno en atractivos cañaverales y arrozales.
Ha sido dirigente de instituciones como el “Centro Social Progresista”. Ha sido alcalde de Monsefú y ejecutor de la segunda etapa de la municipalidad monsefuana, y por eso le transmitimos el dato a nuestro actual burgomaestre. Esa construcción está preparada para cinco pisos, así que por favor busque los planos y dé término a ese atiborrado edificio edil.
Sentados, de izquierda a derecha, los ex-alcaldes Angel Pejerrey,Rita Ayasta, Oscar Salazar y Angel Bartra

Como presidente de la Hermandad “Jesús Nazareno Cautivo” perennizó su infatigable dinamismo y el altar mayor donde se guarda a nuestro Santo Patrono forma parte de las muchas obras que hizo su gestión.
Me encanta su conversación, su amaestrado espíritu campechano, las veces que puedo hacerlo me lleno de regocijo como si estuviera hablando con mi abuelo Federico Castro (su profesor de primaria y quien precisamente hoy estaría cumpliendo un año más de vida), o tal vez con el maestro Francisco Farro Custodio.

“A mi Monsefú lo tengo en el corazón y siempre estaré dispuesto a dar todo lo que humanamente es posible. Añoro de mi tierra muchas cosas, pero quiero que escriba un pedido. Me dirijo a esos cinco a seis mil profesionales que nacieron en esta tierra bendita. Si cada uno de ellos aportara un poquito de lo que sabe estoy seguro que Monsefú estaría mucho mejor”, enfatiza el ingeniero Pejerrey, mientras se acomoda sus lentes negros que, a pesar de todo, hacen visible sus gestos de aflicción.

En la vida hay dos caminos, o somos inexorablemente tozudos con la vida, o seguimos modelos cándidos como el de Angel Pejerrey. Nos despedimos con una frase del escritor español Gregorio Marañón: “Vivir no solo es existir, sino existir y crear, saber gozar y sufrir, y no dormir sin soñar. Descansar es empezar a morir”(LCG)

domingo, 4 de diciembre de 2016

“Los picarones” bien monsefuanos de doña María

Escribe:
Luis A. Castro Gavelán
Si hay algo del que nos sentimos orgullosos los monsefuanos, es ese bendito don que Dios nos ha regalado para elaborar potajes culinarios que hasta los más formales comensales “se chupan los dedos”. Nuestros hombres y mujeres tienen esa envidiable virtud para que esos ceviches, el pepián de pavo, arroz con pato y otros platos, sean el deleite de los turistas. Y para redondear la faena gastronómica, también somos buenos con uno de los dulces “bandera” de la nación, los deliciosos “picarones”.

Todos los días, a las tres de la tarde, aparece bien peinada y con su impecable indumentaria blanca doña María Custodio Gamarra para ubicarse en la entrada del “Parque artesanal” de Monsefú. Los turistas y visitantes que a diario llegan para redimir la fama de nuestra artesanía y gastronomía, también andan enamorados de ese postre sacarino, de ese tradicional y empalagoso manjar que nuestro afamado escritor Ricardo Palma considera como “una especie de fruta de sartén que se asemeja al dulce que en España conocen como buñuelo”.

Doña María es nuestra representante. Lleva 32 años produciendo ese postre que resulta de la mezcla de puré de camote, zapallo, harina de trigo, levadura y algunos otros secretos personales. Toda esa masa un tanto amarillenta, que ella llena en un balde, le da forma de rosca con sus hábiles dedos. Moja sus manos con agua y con los cinco dedos juntos toma un poco de masa que suelta hacia la paila con aceite caliente. Antes que esa porción entre en contacto con el aceite, ella usó el pulgar en forma instintiva para hacer el hueco de la rosca, que en escasos minutos se fríe. La porción de cinco picarones se sirve acompañado de un jarabe preparado con antelación.
Ese sacarino acompañante tiene chancaca, azúcar, clavo de olor, canela, y es hervido en hojas de higo. Además tiene un misterioso perfume de anís. Dos soles vale la porción, y muchos repiten. El sabor, color y textura de los picarones son inigualables, por eso vale la pena repetir la porción, como mi esposa Sandra que por primera vez los probó y durante los quinces días de sus vacaciones por Monsefú asistió religiosamente todas las tardes al quiosco de doña María para degustar ese exquisito manjar.

Si bien es cierto que este postre procede de España, llegó al Perú durante la época del Virreinato, y en América, tuvo fama gracias a las “negritas limeñas picaroneras” que ofrecían ese dulce en calles del centro de Lima. En una pintura del inmortal Pancho Fierro, que data de 1850 se aprecia a las “picaroneras” haciendo gala de su arte. También don Ricardo Palma, en sus “Tradiciones Peruanas”, menciona en uno de sus pregones “a las dos de la tarde, la picaronera, el humitero, y el de la rica causa de Trujillo”.

Algunos trasnochados chilenos dicen que los “picarones” son de Chile, pero hay una novela, “La negra Rosalía” del cronista Justo Rosales, que refiere una historia de amor e involucra el origen de ese postre en Chile. Cuando los chilenos invadieron el Perú, los soldados quedaron impresionados por este dulce y uno de ellos, el chileno Pedro Olivos, se enamoró de la picaronera, la “negra Rosalía”, y se casó con ella. La llevó a vivir a Santiago de Chile donde ella empezó un pequeño y exitoso negocio: la venta de buñuelos. El local estaba ubicado entre las calles San Pablo y Correo Viejo.
Doña María es la “negra Rosalía” monsefuana que tiene enamorados a los lugareños y los turistas que diariamente nos visitan. Ella tiene su rincón del sabor entre la avenida Venezuela y la calle 28 de Julio. Ahí despacha al lado de sus hijas Manuela y Daysi. Durante horas hace el ritual de elaborar los picarones, con donaire y señorío. Vende todo y muchos regresan al día siguiente porque no tuvieron la suerte de conseguir su empalagoso manjar.

Con esta crónica nos despedimos, amigos lectores, hasta el próximo año. Feliz Navidad y mis mejores augurios para ustedes en el 2017. Y recuerden: no existan; vivan, busquen la felicidad, vivan intensamente porque la vida es una sola. Solo tengan voluntad, aquella al que Albert Einstein considera como la fuerza motriz más poderosa que el vapor, la electricidad y la energía.(LCG)

lunes, 24 de octubre de 2016

“Estirpe monsefuana” al rescate de nuestras tradiciones

Escribe:
Luis A. Castro Gavelán
Nació como una alternativa ciudadana a la letanía de las autoridades para festejar la creación de Monsefú como distrito, y ahora se ha erigido y fortalecido como la reserva socio-cultural de los usos y costumbres de la “Ciudad de las Flores”.
Fue denominada “Estirpe monsefuana” gracias a los diálogos e intercambio de apreciaciones con la profesora Tania Angulo, pero el empuje y abolengo que ahora tirios y troyanos reconocen a este soporte de la tradición peruana, se debe a un incansable Felipe Vallejo, su creador.

Felipe es un gordito bonachón, que juega con las palabras y convence, dirige un programa radial con aceptable audiencia y poder de convocatoria. “Cuando me di cuenta que el entonces alcalde Lázaro Puicón no había planificado nada para festejar el aniversario de la ciudad, me propuse hacer una especie de corso, un desfile de carros alegóricos, que año a año goza de respaldo”, dijo Vallejo.
Y así, con voluntad y espoleado por voluntarios que fueron sumando día a día, Vallejo mostró agallas para llevar a cabo la primera edición de “Estirpe monsefuana” en octubre del 2009. El éxito fue rotundo. Sin dinero pero rico en entusiasmo, el proyecto fue real, una verdadera cachetada al trabajo laxo de las autoridades municipales.

El pueblo tuvo su fiesta, el pueblo gozó con esa expresión de identidad nacional donde las cholas y los cholos enseñorearon sus pañuelos al aire para confirmar que el individuo que no acepta su cultura ni sus tradiciones, es un individuo influenciado por la ignorancia. Representantes vecinales, campesinos, trabajadores artesanales y danzantes de peruanismos ritmos desfilaron entre aplausos y gestos afables.
Pasaron los años y “Estirpe monsefuana” fue creciendo, y sin quererlo, se ha convertido en una especie de sombra que no pretende opacar a la Fexticum, pero sí quiere demostrar cómo se pueden hacer grandes cosas cuando hay una sinergia de imaginación, amor por lo nuestro y toneladas de voluntad.
“Estirpe monsefuana” se ha ganado a puro pulso el prestigio de ser una reserva cultural de las tradiciones y costumbres de los monsefuanos, forma parte de la identidad de los cholos de apellido Flores, González, Capuňay, Llontop, Chafloque, Custodio, los Torres, los Cuyate y tantos otros apellidos que orgullosamente llevamos por la gracia de nuestros ancestros.
Y para corroborar el éxito de esta gesta reivindicativa este sábado 29 de octubre Vallejo y sus voluntarios de lujo han programado “Estirpe monsefuana” para conmemorar los 128 años de Monsefú, de elevada a la categoría de ciudad. Este año la celebración será a lo grande. El poder de convocatoria de esta actividad cultural es tal que han confirmado su asistencia delegaciones de casi todo el país, personas que nunca olvidan de donde vienen ni a dónde van, personas que reconocen el valor de lo nuestro.
Se presume la participación de unas tres mil personas que acudirán con sus indumentarias tradicionales. Ahí estarán desfilando estudiantes, universitarios, campesinos, representantes de caseríos como Pómape, Cúsupe, Vallehermoso, del poblado menor de Callanca, de Larán; vecinos de Ciudad Eten, Reque, Santa Rosa, Pimentel. También monsefuanos que viven en todo el país y que agrupados en instituciones y comités, vienen para confirmar que son dignos de pisar el suelo donde nacieron.
También han garantizado su presencia bandas típicas, bandas de músicos escolares y profesionales, incluso de la Fuerza Aérea del Perú, que con sus coloridos uniformes y esa pegajosa música divertirán a los participantes y el numeroso público que colmará las calles Mariscal Castilla, 28 de Julio, la plaza de armas, la avenida Venezuela y el estadio municipal.
Cuando una fiesta nace del pueblo, todo trascurre en olor a algarabía, todos contribuyen, todos se contagian y todos hacen eco a la riqueza y peruanidad de este país que quiere seguir creciendo sin negar sus raíces. Por eso las ex señoritas Fexticum ya preparan sus vestidos para decir presente, los negocios ayudan con comestibles y bebidas para los participantes, muchas autoridades del circuito mochica ya confirmaron su presencia. Y ahí estará una dama campesina, de esas que los concurrentes no dejarán de aplaudir. Ella, doña Eusebia Torrez del caserío Vallehermoso, irá con su indumentaria de chola monsefuana regalando choclos que está cosechando en su pequeña chacra. “Ya no voy a desfilar por la ciudad para ser usada políticamente por los candidatos. Voy a desfilar con orgullo de ser chola monsefuana”, dijo doña Eusebia.
Monsefú se prepara con entusiasmo. “Estirpe monsefuana” es la fiesta del pueblo y para el pueblo, es el gozo de los orgullosos cholos que atesoran lo suyo. La riqueza costumbrista que heredamos se conquista con eventos como “Estirpe monsefuana” que revindica lo nuestro y nos hace reflexionar que ese costumbrismo, esas tradiciones que heredamos, huelen a eternidad. (LCG)

sábado, 6 de agosto de 2016

Con sentido empresarial, organicemos el Fexticum 2017


Escribe:
Luis A. Castro Gavelán

Un relativo éxito tuvo la edición 44 de la Feria de Exposiciones Típico Culturales de Monsefú, FEXTICUM. Si bien la afluencia de visitantes fue masiva y hubo una ligera mejoría, hay quienes concurren casi todos los años y comentan que muchas de esas actividades son decimonónicas, que nuestra feria está aletargada, que aún no da el salto anhelado, y que hay una asimetría entre la expectativa de los turistas y lo poco que ofrecen los organizadores.
Monsefú tiene mucho que mostrar, Monsefú aporta mucho a la gastronomía y el costumbrismo nacional, y nuestra FEXTICUM fue una especie de musa inspiradora para quienes crearon MISTURA, la prestigiosa feria gastronómica nacional. Aquí no hay misterio, varios de los hoy famosos chefs reconocieron que en su proyecto emularon la feria monsefuana.
Quién duda que la gastronomía peruana, al igual que Machupicchu son los principales imanes de atracción del turista internacional. Y hay quienes han revelado que los visitantes de nuestro país gastan un 10% de su presupuesto en nuestra cocina, en nuestra variada gastronomía, y que significa ingresos anuales superiores a los 350 millones de soles.
Según el Ministerio de comercio exterior y turismo, Mincetur, hay unos 67 mil restaurantes en el Perú y ese número se incrementa anualmente en un 10%. Por nuestra comida hay ingresos a nivel nacional e internacional del orden de los 1,500 millones de soles. En EE.UU. existen ya más de 450 restaurantes peruanos, un 30% más que hace tres años. En Monsefú hay entre restaurantes y “huariques”, unos 150. Las cifras saltan a la vista, también los números hablan de un crecimiento sostenido del sector gastronómico y la pregunta es ¿Por qué no estamos aprovechando esa “minita de oro” si somos una tierra bendecida?
La interrogante se la trasladamos alcalde Bartra. Usted prometió aupar el nivel de la feria y es hora que hagamos un replanteo para celebrar a lo grande nuestra FEXTICUM 2017. Estamos a casi un año de festejar su edición 45 y debemos apuntalar a una feria vigorosa, resolutiva, y no disoluta. Tenemos que darle un sentido empresarial a esta estructura gastronómica-costumbrista.
Dr. Bartra, es hora de “tomar el toro por las astas”. El próximo año nuestra feria debe tener su propio local. Es el primer paso. Amplio, limpio y pulcro, con baños y una playa de estacionamiento. Toda persona pagará por el ingreso, pero tendrá derecho a participar de los gratuitos espectáculos y las novedades que brinden los organizadores. Otras sugerencias, a continuación:

1-Convocar a miembros de instituciones importantes para coorganizar la feria. El ejemplo dado por los panificadores monsefuanos es digno de elogio. Las actividades que ellos cumplieron dejaron aires de satisfacción, hicieron una exhibición que tuvo simetría con la forma como ellos se conducen. Por igual invitar a representantes de las escuelas de Monsefú, los artesanos, los grupos musicales, la hermandad de Jesús Nazareno Cautivo, los promotores del “festival del pato” de Callanca. A su vez, instituciones como el “Centro Social Progresista”, y el Club Social Monsefú, de los monsefuanos residentes en Lima. Un punto aparte es el trabajo que el alcalde debe cumplir para incentivar la creación de una entidad que reúna a los dueños de restaurantes.
Cada asociación o institución tendrá a su cargo una actividad o incluso un día completo de actividades, de acuerdo a la envergadura de su organización. Ellos asumirán los gastos de su labor, pero la compensación económica será con el dinero que se recaude en la puerta de ingreso. La entidad que organizó el evento compartirá con la municipalidad los beneficios económicos.
Para compensar los gastos de preparación del campo ferial, la municipalidad podrá cobrar dinero por el ingreso de los diversos negocios: restaurantes, tiendas de artesanía, negocios varios. De esta manera el municipio organiza y patrocina la feria, y tiene la oportunidad de ganar para sus arcas un dinero que destinará a obras públicas de la ciudad. Por igual las instituciones coorganizadoras pueden tener una vía que ayude a sus intereses institucionales.

2-Un buen proyecto de factibilidad será sinónimo de atracción para los auspiciadores. La municipalidad cuenta con datos estadísticos sobre la cifra de asistentes en años anteriores y eso ayuda para convencer a los patrocinadores. Las cervecerías, compañías de aviación, empresas que industrializan alimentos y productos de uso doméstico, empresas de transporte terrestre, compañías de pintura, etc.
3- Entre otras actividades a desarrollar sugerimos:
a) La escenificación de la aparición de nuestro Jesús Nazareno, desde su hallazgo en las playas de Santa Rosa, hasta su entronización en la iglesia de Monsefú. Este es un aporte del ciudadano Pedro Sánchez, ex directivo del Club Social Monsefú.
b) Un concurso de dibujo y pintura con la participación del reconocido pintor monsefuano Félix Eliseo Flores Chafloque. Incluso él podría hacer una exposición de sus cuadros pictóricos.
c) Que los agricultores y ganaderos monsefuanos tengan un espacio para exponer y vender sus productos sin intermediarios y a precios competitivos. Esta es una idea del profesor Miguel Gonzales Delgado, uno de los fundadores del Fexticum.
d) Que el Club Social Monsefú, de los residentes en Lima, organice el concurso Srta. Fexticum. Pilar Puémape, su presidenta, ha dado muestras de dinamismo, participación y cariño por Monsefú.
e) Congregar la presencia y colaboración del arqueólogo Walter Alva, director del museo Tumbas Reales de Lambayeque. Se puede exponer durante el Fexticum reliquias que permitan una afluencia inusitada de turistas nacionales e internacionales. Una persona que ayudaría en la gestión es nuestro arqueólogo Victorino Túllume.
f) Con prestigio internacional, nuestros joyeros artesanos Feliciano Salazar Liza y Orlando Garay Farro tienen mucho que aportar con su joyería fina, el arte de la filigrana.

e) Promover el loche como un producto bandera de los monsefuanos. Es nutritivo y alimenticio, y se puede ofrecer un catálogo con recetas de cocina para dar a conocer sus bondades.
f) Reactivar el aporte de “Los negritos” y “Los Panchitos”. El doctor Jesús “Chito” Custodio puede apoyar esta actividad.
g) Organizar la exhibición de sus joyas y vestimentas de Jesús Nazareno Cautivo.

4- Tomar conciencia del uso del internet y las redes sociales. El trabajo publicitario y de mercadeo es esencial para dar a conocer todo lo programado. Es inadmisible que el portal de la municipalidad de Monsefú, en plena celebración del Fexticum 2016, estuviera desactualizada con noticias del mes de marzo. Aprovecho para sugerir que, de una vez por todas, se patente el logotipo de la feria, no podemos estar variándolo todos los años.
Con trabajo, mentalidad positiva, responsabilidad y mucha honestidad, haremos una Fexticum mucho mejor. Si hacemos las cosas con tiempo, los resultados se verán compensados con logros y objetivos cumplidos.
Decía el filósofo francés René Descartes, que “la primera máxima de todo ciudadano ha de ser la de obedecer las leyes y costumbres de su ciudad”. Hasta la próxima. (LCG)

domingo, 10 de julio de 2016

De cosechador de fresas y uvas, a “cosechador de estrellas”

Escribe:
Luis A. Castro Gavelán
Monsefú es tierra de campesinos. Sus fértiles terrenos permiten que la mayoría de sus ciudadanos se dediquen a labrar y cultivar la tierra para transformar las semillas en frondosos árboles frutales y tantos vegetales cuyos frutos abastecen la demanda local e incluso vendemos a Chiclayo, Santa Rosa, Ciudad Eten, Pimentel y Reque.
Pero así como honramos la tierra, Monsefú también ha evolucionado gracias a que nuestros campesinos han permitido y alentado para que sus hijos se profesionalicen, vayan a una universidad y se impregnen de sabiduría y nuevos conocimientos.
Esta fusión ha promovido sueños en muchos niños. En la radio e internet hemos sido informados de la aparición de talentos, de niños monsefuanos con condiciones excelentes para estudiar, pero también que tantas veces esas intenciones se han frustrado por no ser constantes, no tener apoyo profesional o porque la economía de los padres impide que aquellas ideas pergeñadas cuando infantes, se consoliden.
Estamos a punto de festejar los 195 años de Independencia nacional, de consolidar nuestra democracia con un nuevo presidente, Pedro Pablo Kuczynski, de seguir creyendo que cada día que pasa es posible retar a la vida, porque el umbral de los sueños nunca termina.
Entonces me viene a la memoria la vida de José Hernández, un mexicano- americano que fue campesino durante su niñez y que sin dudas tiene un mensaje para todos los niños monsefuanos, y todos aquellos niños soñadores peruanos que anhelan un hálito de aliento.
La historia de José está llena de paradigmas. Y también nos dice que los padres nunca debemos ser un obstáculo cuando los niños abrigan proyectos que tienen destellos de utopía, de aparente quimera; y que tan solo requieren que alguien los entienda y apoye a hacer realidad esas “fantasías”.
Con sus bigotes al estilo mexicano, el astronauta José Hernández, un personaje digno de ejemplo para nuestros niños y jóvenes.

Salvador y Julia Hernández son padres de 4 hijos. José es el último. Todos los años, Salvador y su esposa se movieron desde Michoacán, México, hasta los predios agrícolas de California, Estados Unidos, para cosechar fresas, pepino, uvas, duraznos. Nueve meses de trabajo en tierras americanas y tres meses en su natal Michoacán, así era la vida de los Hernández. Inmigraron por razones laborales, vivieron de un lugar a otro, y así llegaron los hijos, unos nacidos en México y otros en Estados Unidos.
José nació en Estados Unidos y hasta los 12 años, bajo el intenso sol californiano, ayudó a su padre en la cosecha de frutas para ganar 35 centavos de dólar por cada balde lleno de uvas o fresas. Pero su vida cambió cuando a la edad de 10 años vio en la televisión a Ronald Evans, Harrison Schmitt y Eugene Cernan caminar por la luna, el único satélite natural del planeta Tierra, premunidos de su vestimenta de astronautas. La proeza del Apolo 17, que repercutió a nivel mundial, ocurrió el 7 de diciembre de 1972.
El niño José compartió sus deseos de ir al espacio con su profesora, la teacher Jean, y ella le dijo que para alcanzar ese sueño debía estudiar mucho y aprender inglés. El infante entendió el consejo y se puso a estudiar con empeño. Luego habló con su profesora para que intercediera con su padre y le permitiera establecerse en California para estudiar todo el año, como sus otros compañeros de clases.
“Cuando tenía 12 años tomé una decisión con el apoyo de mi maestra americana. El moverme de un lugar a otro por decisión de mi padre hacía que no hablara bien el español, ni tampoco el idioma inglés. Por mi ambiente bicultural y por la forma de expresarme sufrí la la burla de los niños de México y de los Estados Unidos. La Sra. Jean llamó a mi padre y le dijo que quería hablar con él”, recordó José Hernández.
A la edad de 12 años, José Hernández, con un sombrero en la cabeza.

La sorpresiva comunicación de la maestra llamó la atención de don Salvador, que entre desconcertado y ofuscado, sacó la correa y llevó a José hasta la cocina para exigir una explicación. “A ver, qué has hecho muchacho”, le dijo en tono amenazante. Pero la llegada de la profesora a su casa interrumpió la escena.
La teacher Jean abogó porque José se estableciera en California. También felicitó a don Salvador por las buenas calificaciones del menor. El agricultor inmigrante, con apenas tercer año de educación primaria entendió el pedido de la maestra y llevó otra vez a la cocina a su niño.
“En la cocina pasaban tres cosas: comer, hacer las tareas o nuestro padre aplicaba la “justicia” con la correa. Pero mi padre con voz amical me interrogó: ¿Y por qué deseas ser astronauta? Le dije que quería ser alguien en la vida”, recordó José.
Con su escasa educación el agricultor mexicano no se opuso a las intenciones de su hijo, pero le explicó que para ser alguien en la vida se debía considerar cinco puntos de una receta especial:
- Definir lo que se quiere ser en la vida
- Crear un mapa. Así sabrás dónde estás y la ruta que debes seguir para alcanzar tus metas.
- Trabajar y estudiar. Así sabremos el significado de sacrificio y ética de trabajo. Hay que prepararse para conseguir los objetivos.
- Crecer y tener corazón. Hacer las cosas no porque los padres lo piden, sino porque personalmente reconocemos que es lo mejor.
- Perseverancia. Es la cereza del pastel, no todo es fácil, la vida está llena de alegrías y sinsabores, pero hay que perseverar para triunfar.

Y José llevó adelante la receta. Terminó la secundaria, se graduó de ingeniero electrónico, hizo una maestría en ingeniería y luego de 5 años de experiencia postuló a la NASA donde fue aceptado. Como empleado de la Administración Nacional de Aeronáutica de los Estados Unidos postuló 11 veces para ser astronauta, pero fue rechazado una y otra vez.
“Me acordé de la receta de mi padre y perseveré. Para mejorar mi hoja de vida, me hice piloto durante un año. Utilicé otro año para ser el mejor buceador. Acepté participar en Rusia en una estación espacial internacional, aprendí ruso. Después de 5 años de seguir terco en mi propósito, fui aceptado en la intención número 12”, rememora José.
Fue admitido como pre candidato a astronauta. Y tras dos años de intensos estudios y mucha práctica profesional terminó por convencer a los funcionarios de la NASA que finalmente lo programaron como tripulante del transbordador Atlantis STS-128. El 29 de agosto del 2009 el agricultor José Hernández Moreno honró a su familia, a su profesora Jean, a su país, Estados Unidos, y a su nación de herencia, México.
Hasta los 12 años José Hernández trabajó cosechando frutas y verduras

A la 1.36 minutos de la madrugada despegó el transbordador con José como parte del equipo de 5 astronautas desde Cabo Cañaveral, Florida, y teniendo como testigos de lujo a su padre, esposa, hijos, y su orgullosísima teacher Jean.
Con una estampita de la virgencita de Guadalupe dentro de su uniforme, José se persignó mientras el STS-128 alcanzaba una velocidad de 28 mil kilómetros por hora. Durante 13 días José y sus compañeros de aventura dieron vueltas alrededor del planeta, coronaron con éxito su misión y retornaron sanos y a salvo al centro espacial de Florida.
El inmigrante, el campesino cosechador de fresas y uvas, cuyos mocos blandían cuando niño, se convirtió en un cosechador de estrellas. Muchas veces nuestros padres nos piden sonreírle al éxito, llegar arriba, pero José llegó más arriba, vio nuestro planeta desde el espacio sideral como un boato espectador.
La tripulación del transbordador STS-128. Encerrado en un círculo, nuestro personaje.

José tocó la gloria, pero jamás cambió. Nunca fue arrogante ni mucho menos petulante. Siempre sonrió, siguió siendo sencillo y honesto. Cuando llegó a su casa en California, tras su experiencia espacial, visitó a su esposa Adela en el restaurante “Tierra luna grill” que ambos administran y como la máquina de lavar platos se malogró, José se puso a lavar decenas de platos mientras conversaba a su pareja su experiencia como tripulante del STS-128.
Felices Fiestas Patrias para todos mis compatriotas, Dios bendiga a cada uno de sus hogares y mi esperanza es que los jóvenes sepan que nada es fácil, pero en un mundo donde todo cambia rápido, quien no arriesga, no saborea el éxito. Nos despedimos con un consejo de James Allen: “Para obtener el verdadero éxito hay que hacerse cuatro preguntas: ¿Por qué?, ¿Por qué no? ¿Por qué yo no? ¿Por qué no ahora? ( LCG)