sábado, 11 de agosto de 2018

¿Desde cuándo nos jodimos?

Escribe:
Luis Castro Gavelán
El otro día un miembro de nuestra familia visitó Lima y con una sola palabra reflejó lo que acontece en la capital del país convertida ahora en la capital de políticos y jueces protagonistas de una corrupción sinérgica. Lima está hecha “una mierda”, me dijo. Luego él fue a Monsefú para ver a mi madre y del mismo modo encontró a la ciudad que miles de ciudadanos añoramos, hecha una ciénaga, “una mierda”.

Muchas veces analizo por horas, sufro de insomnio como muchos peruanos y me pregunto ¿desde cuándo nos jodimos?, recapitulo hacia atrás y concluyo que, desde siempre, desde la fundación de nuestra República seguimos arrastrando cadenas, aunque Alan García haya intentado anestesiar nuestras mentes y eliminar “las cadenas” del himno patrio.

Todo lo que escuchamos a través de los audios que difunde Gustavo Gorriti asquean, nos hacen mirar frente al espejo y concluir esa penosa realidad que experimentamos cada día, la del “hermanito” que corrompe, la del peruano “pendejo” que jode al más humilde, al peruano de a pie que por culpa de su infortunio se codea con el desamparo.
Pareciera que la corrupción forma parte de nuestro ADN, hemos institucionalizado el crimen, el soborno, el aprovecharnos del menos favorecido, el asumir una posición no por méritos propios sino gracias al padrino o al “hermanito”. Por eso estamos así, seguimos siendo un país del tercer mundo, no alcanzamos la industrialización a pesar que poseemos riquezas naturales que envidian otras naciones. Seguimos siendo “el mendigo sentado en un banco de oro”, como lo dijo el italiano Antonio Raimondi. Su mensaje sigue vigente a pesar que lo vaticinó en el siglo XIX.

Faltan poco menos de dos meses y vamos a celebrar elecciones regionales y municipales. Pero nada va a cambiar, vamos a seguir viendo a nuevas autoridades protagonizando hechos de escándalo y corrupción, de gente con gran egoísmo dispuesta a prevalecer sus intereses personales e institucionales. Nada va a cambiar, nuestra institucionalidad democrática y jurídica está desgarrada, fracturada.


En Monsefú, las emisoras radiales propalan avisos políticos grotescos. Cada candidato a alcalde se las ingenia para convencer con mensajes llenos de esperpento. Salvo honrosas excepciones, tenemos candidatos legos, proteicos, como los partidos políticos de donde emergen. Todos los partidos políticos están manchados de corrupción, viven en el oscurantismo y quienes se involucran con ellos están condenados a sufrir una inviable metástasis.

Hay muchos profesionales monsefuanos pero muchos de ellos rechazan participar de estas justas electorales porque no desean relacionarse con la podredumbre. Miguel Angel Bartra está terminando su gestión sin pena ni gloria. Nunca se dio cuenta que podía reinventarse e impulsar su carrera política tomando como trampolín la alcaldía de Monsefú. Ahora se ha quedado sin soga ni cabra, no fue autorizado a ser candidato por Chiclayo.

Parte del problema es que muchos ciudadanos monsefuanos y de todo el país carecen de conciencia cívica, se involucran con la cultura del oprobio y son parte de los experimentos que han convertido al país en una especie de tubo de ensayo. “Que venga el alcalde a recoger la basura”, dijo alguna vez una energúmena compatriota monsefuana cansada que Bartra y sus funcionarios no cumplan sus promesas. No mi querida paisana, las formas jamás se deben perder. Hay que respetar, ser tolerantes, el respeto debe ser recíproco.

Me sigo preguntando…¿desde cuándo nos jodimos? ¿en qué momento perdimos los peruanos esa tenacidad por el bien? Estamos muy cerca del bicentenario de nuestra independencia y vivimos en medio de una impunidad absoluta. Sigo interrogándome, ¿es posible una reconciliación en el país? Sí es posible, pero necesitamos reformular el Perú, darle un poco de oxígeno con gestos de grandeza, de desprendimiento de los actores de este enrarecido ambiente. Estamos tocando fondo y urge sacar a flote los últimos valores éticos y morales que nos quedan.

Nos despedimos con una frase alentadora de Paulo Coelho: cuando amamos, siempre luchamos por ser mejor de lo que somos. Cuando luchamos por ser mejor de lo que somos, todo a nuestro alrededor se convierte en algo mejor. El Perú y nuestro Monsefú aún esperan que como ciudadanos hagamos un mejor papel (LCG).

domingo, 21 de enero de 2018

Hace 35 años, la matanza de Uchuraccay marcó mi vida para siempre

Escribe:
Luis A. Castro Gavelán

El 26 de enero de 1983 marcó mi vida para siempre. En las agrestes alturas de Uchuraccay, a unos cuatro mil metros sobre el nivel del mar, murieron asesinados de forma cruenta ocho periodistas, su guía y un comunero. Una horda compuesta por un centenar de pobladores azuzados y confundidos actuó de manera inmisericorde y soterrada, vil y salvaje.
A escasos días de recordar 35 años de este funesto episodio, la prensa nacional todavía espera explicaciones; y las familias de los desaparecidos, justicia para atenuar aciagos días por esa experiencia de vivir sin los seres queridos. Tan solo recordar la forma como fueron eliminados los periodistas, se me hace un nudo en la garganta.
Hace algunos días, casi después de 32 años, tuve contacto con Felícita de León y Ana del Castillo, dos colegas de aquellos tiempos, con las que rememoramos nuestro paso por el diario “La República”. Ellas están por California y a través del hilo telefónico tuvimos una plática interesante, en la que no faltaron vivencias de antaño, recuerdos de periodistas que ya nos han dejado: Guillermo Thorndike, Armando Campos Linares, César Terán, Víctor Robles, Oscar Cuya Ramos. Pero también nos acordamos de personajes del periodismo -aún vivos- como Humberto “chivo” Castillo, Víctor Caycho, Alejandro Sakuda, Ernesto Chávez, etc.

Entre muchos sucesos, recordamos las viejas máquinas de escribir que usamos para llenar “decenas de carillas”, la diagramación en largos papeles, el “pegoteo” y el arte final para, finalmente, ver al día siguiente muy temprano la edición impresa en blanco y negro, que nos manchaba las manos, pero que nos sumergía y daba acceso a la realidad peruana.
También recordamos hechos que durante los ochentas hizo palpitar a cien por hora los corazones de los peruanos, en medio de una violencia generalizada, entre noches de terror, asesinatos de autoridades y dirigentes sindicales, coches bomba, torres de alta tensión que caían al piso dinamitadas y nos dejaban a oscuras paralizando la producción nacional, y afectando -qué duda cabe- a los millones de compatriotas menos favorecidos.
Jorge Sedano y los mártires de Uchiraccay

Cuando terminamos de dialogar con Felicita y Anacé, me quedé pensando en Jorge Sedano Falcón, el entrañable gordito que siempre me acompañó en muchas comisiones periodísticas durante mi paso por el diario “La República”. Siempre entusiasta y arriesgado, llevaba preparada su “Nikon” profesional en la búsqueda de la foto de portada que siempre pedían en la mesa de redacción. “Castrito y Sedano, no regresen sin la foto de portada”, decía el cordial Oscar Cuya.
Junto a Jorge Sedano murieron Jorge Mendívil y Willy Retto de “El Observador” ; Eduardo de la Piniella, Pedro Sánchez y Félix Gavilán de “El Diario de Marka”; Amador García de la revista Oiga; Octavio Infante del diario “Noticias” de Ayacucho. También el guía Juan Argumedo y el comunero uchuraccaíno Severino Huáscar.
Todos fueron asesinados por los comuneros de Uchuraccay cuando buscaban información sobre la eliminación de varios senderistas en el poblado de Huaychao. Las últimas fotos tomadas por Willy Retto son evidencias que el ataque ocurrió mientras ellos trataban de convencer a sus atacantes que eran periodistas, que sus únicas armas eran cámaras fotográficas y lapiceros.
Pero los comuneros estaban demasiado confundidos o bien entrenados para eliminar a extraños que llegaban caminando a Uchuraccay. El testimonio de Primitiva Huaylla, tal vez la única testigo presencial viva de los hechos, es elocuente. Ella declaró a las colegas Kelly Vallejos y Yesenia Vilcapoma que recibieron la consigna de matar a todo extraño que llegara a pie. “En una asamblea los militares nos dijeron que matemos y nos defendamos de quienes llegaran a pie. Todo extraño era una amenaza. Ellos (los militares) son los únicos que llegarían por helicóptero", reveló en quechua, su idioma nativo, Primitiva Huaylla. Los periodistas llegaron a pie.

A casi 35 años de este luctuoso suceso que significó el inicio de cruentas páginas de oprobio y terror que firmaron con letras de sangre “Sendero Luminoso” y el MRTA, el Perú sigue mancillado por actos injustos. ¿Quiénes incitaron la muerte de los periodistas para evitar que excesos militares sean descubiertos? ¿Por qué está indultado Alberto Fujimori mientras el general EP Juan Rivera Lazo tiene 17 años preso sin haber cometido delito alguno? ¿Por qué terroristas convictos y confesos están libres luego que les redujeron su carcelería, mientras muchos patriotas siguen perseguidos por la Injusticia, perdón, la Justicia peruana? ¿Por qué la Corte Interamericana de Derechos Humanos es muy benevolente con los casos de terroristas y es implacable con nuestros policías y militares que pusieron el pecho para pacificar el país?
Hay muchos casos que me gustaría decir en voz alta, pero la crónica de este monsefuano es en memoria de los mártires de Uchuraccay y por eso voy a revelar algo que por 35 años guardé en secreto, algo que desafió por muchos años mi capacidad de resiliencia.
Cuatro días antes del 26 de enero 1983, Guillermo Thorndike, el entonces director de “La República” quiso conocerme en persona. Mi jefe de sección, Armando Campos, me transmitió el mensaje y juntos fuimos a la oficina del director.
Una reunión por el aniversario de “La República”. Aparece el director Guillermo Thorndike en primer plano. Luego aparecen Mirko Lauer, el extinto Gustavo Mohme, Jorge Lazares, Luis Castro, el ex director de la PIP Damián Salas, Lorenzo Villanueva, la Sra. Rosario de Thorndike, y otros.

Al fondo de la oficina, detrás de un negro escritorio, vi la figura enorme de mi director, quien extendió su mano y yo, tembloroso, hice lo mismo, mientras saludé nervioso a su bella esposa, doña “Charito”, la misma que trataba de acomodar la camisa de su pequeño Augusto, ahora un consagrado presentador de televisión en “Cuarto Poder” de América Tv.
Thorndike me quedó mirando de pies a cabeza y luego expresó. “Que Armando haya confiado en ti es bueno, pero te necesito para otras comisiones”. Aparentemente doña “Charito” (Rosario del Campo León) me vio el cuerpo esmirriado y el rostro de joven inocente; y con su candor de madre, habría influido para que el “gringo” Thorndike ordene mi cambio de comisión.

Armando Campos tenía dos boletos de pasajes aéreos, uno a mi nombre y el otro de mi inseparable fotógrafo Jorge Sedano. Nuestro destino era Ayacucho. Entonces Guillermo Thorndike le pidió los boletos a Armando Campos y llamó a Luz Lévano, su eficiente secretaria. “Castro y Sedano van para Tumbes, cambia estos boletos por favor, ellos no van a Ayacucho", dijo el director. En esos momentos ingresó Jorge Sedano y al escuchar que estaban cambiándolo de comisión replicó a manera de ruego.
“director, por favor, quiero ir a Ayacucho. Quiero confirmar si es verdad eso que andan diciendo de los terroristas, usted sabe cómo yo trabajo, por favor, permítame ir a Ayacucho…”
Ya no pude seguir escuchando, salí de la oficina del director acompañado de Armando, quien me explicó que al día siguiente debía viajar a Tumbes donde constantes lluvias torrenciales estaban provocando daños materiales y humanos.

Sedano logró convencer al director y ahí nos separamos. “Castrito, perdóname hermano, cuando tengas más experiencia comprenderás que no puedo perder la oportunidad de confirmar si existen o están inflando la noticia sobre esos terroristas que han aparecido en Ayacucho”, me dijo palmoteando mi hombro, mientras yo trataba de guardar algunas cosas en mi escritorio. Le di la mano, nos abrazamos y también fue la última despedida que tuvimos. Jorge Sedano tenía ganas de confirmar los inicios de esa lacra de malos peruanos que tanto daño hicieron al Perú.

Una foto tomada por Jorge Sedano. Las mujeres de pie son Inés Flores, Felícita de León y Martha Núñez. En cuclillas llevo la cinta de capitán. Ocurrió durante el primer aniversario de “La República”

Fui a Tumbes acompañado del fotógrafo César Aquije; y el “gordo” Sedano fue a Ayacucho con el redactor Ernesto Salas. Un día después, a través de un enlace telefónico, mi jefe Armando Campos me dijo llorando “Golpéate el pecho Castrito. Ha muerto Sedano …, todavía no ha sido tu turno”
Quedé descorazonado, trémulo, las lágrimas invadieron mi rostro, confundidas entre las gotas de lluvia que caían con mayor frecuencia en el castigado territorio de Tumbes. El cielo estaba gris, miré el horizonte y puede reaccionar después de breves minutos, consolado por César Aquije. Aún seguía vivo, todavía podía contar algunas estrellas en el firmamento, ese día de enero de 1983.

Mis días de existencia aún no terminan. Sigo vivo, entre viajes a Maryland, Virginia, Madrid y Puerto Rico, amando por siempre a mi Monsefú, mi pedacito de cielo, pergeñando mis crónicas periodísticas, celebrando mis logros sin olvidar mis fracasos, asumiendo retos, consciente que al superarlos estaré más cerca de la gloria; trabajando como docente con la idea de no solo aprender de mis maestros, sino también de mis discípulos. Sigo el pensamiento del afable Kalu Ndukwe … “lo que haces por ti se desvanece, pero lo que haces por el resto conforma tu legado”. (LCG)


sábado, 9 de diciembre de 2017

Terminamos el 2017 entre huecos, polvo y dudas

Escribe:
Luis Castro Gavelán
El 2017 se va extinguiendo y con él, los días de gobierno municipal del alcalde Bartra, y la paciencia de los habitantes de Monsefú que a diario conviven con las incomodidades de una desorganizada ejecución de las obras de agua y alcantarillado.
Las zanjas, los huecos y la tierra acumulada nos tienen al borde de la histeria, ocasionan innumerables “desmadres” en el tránsito vehicular y peatonal. Para colmo, hay cortes inesperados en el servicio de agua potable, escasez del líquido elemento, y la aparición de agua servidas sin pronta solución. Se afirma que el término de la obra será en mayo del 2018, pero la incertidumbre reina. Trabajadores impagos, robo de material de construcción, supervisión técnica paupérrima y un trabajo desordenado, nos hacen flaquear.

No dudamos que esta obra denominada “plan maestro” solucionará, y Dios quiera, optimizará el servicio de agua y alcantarillado. Pero el cuestionamiento va por la “falta de pantalones” de nuestras autoridades para hacer prevalecer el orden, “poner en vereda” a los responsables de la obra iniciada los primeros días del mes de abril del presente año.

Cuando el doctor Bartra ganó las elecciones, aplaudí su triunfo. Su experiencia edil como alcalde de Monsefú, como burgomaestre provincial de Chiclayo, y el hecho de ser hijo del odontólogo Miguel Angel Bartra, avalaron esa ilusión y nos hicieron soñar con la recuperación de Monsefú como pueblo líder.
Pero el abogado Bartra ha hecho de su período municipal un dechado de incertidumbre y dudas que han opacado las obras que está dejando. Bartra es ahora un político que trabaja para la “foto”, un político calculador, como esos cientos que pululan en el Perú.
Por eso su indolencia, su falta de ganas para estar junto a su pueblo y mitigar esas incomodidades que agobian a los monsefuanos. Bartra tiene ahora otros intereses, dedica más tiempo a su intención de volver a la alcaldía de Chiclayo.

Bartra hijo está lejos de Bartra papá. El odontólogo que fue nuestro alcalde y llegó al Congreso de la República, es harina de otro costal. El también considerado jefe del “clan Kennedy” tenía los pantalones puestos, “carajeaba” si era posible, pero su trabajo tuvo otro matiz, imponía respeto y su palabra tenía sentido, como el amor que se tiene con doña Rossina, por eso los 54 años que llevan juntos.

Bartra hijo pelea consigo mismo para confirmar si está o no mintiendo, es dubitativo, ha aprendido las malas artes de los políticos acostumbrados a “pasear” a sus electores. Por eso que las obras que hasta el momento ha ejecutado cobran menos importancia y más pesa su falta de transparencia.

La ejecución del “plan maestro” es comparable -en el sentido figurado-con el trabajo de Bartra como alcalde. Los huecos, los desmontes, la falta de señalización, las aguas servidas y la tierra que se levanta con los vientos denostando la paciencia de los monsefuanos, son como los vacíos, tropiezos y sinsabores que nos deja la gestión de Bartra Grosso. La delincuencia campea, los problemas sociales son álgidos; como el desgobierno que muchas veces hizo gala el proceso municipal de Bartra, por deudas económicas y desatinos administrativos.

El año 2017 está en proceso de extinción. Y así como cuestionamos a Bartra y ponemos un calificativo de sesenta sobre cien, también es menester invocar a los monsefuanos hacia la cultura del civismo. Alguna vez escuché por la radio a una ciudadana “para eso lo hemos elegido, que el alcalde venga a recoger la basura que hay en la calle”. Qué falta de tino de mi paisana. El alcalde no tiene la varita mágica, no es su empleado. El progreso de nuestro pueblo corresponde a un trabajo conjunto: al impulso de las autoridades y el apoyo y respeto de los ciudadanos.

Tengo una propuesta para quienes están al frente de las instituciones educativas de éxito como David Ayasta (San Carlos) y mi amigo Juan Caicedo (San Pedro). Los insto a fomentar una campaña de civismo a favor de nuestro pueblo. Cuenten conmigo. Hay que promover en nuestros futuros ciudadanos, nuestros niños, el respeto por las autoridades, por nuestros mayores, dejar en el olvido esa maldita usanza de arrojar la basura en las calles, hay que crear cultura cívica.

Alcalde Bartra, usted todavía puede encaminar su carrera política. Cuando crea en usted mismo, cuando lleve una vida transparente y se de cuenta que puede ser una excepción entre esos políticos de contrahechura, va a sentir mayor orgullo de ser hijo de Angel Bartra Gonzáles.

Feliz Navidad, mis parabienes para todos mis paisanos en el 2018. Pidamos a Dios crecer cada día como personas, profesionales, amar de verdad a nuestro Monsefú y soñar con ser mejores. Como dijo Paulo Coelho, “Sólo una cosa vuelve un sueño imposible: el miedo a fracasar” (LCG)

Fotos: tomadas del portal de la municipalidad de Monsefú

martes, 18 de julio de 2017

Pueblo chico, infierno grande…los apodos en Monsefú

Escribe:
Luis A. Castro Gavelán
Cuando residía en Lima acepté una invitación para asistir a una fiesta en Pueblo Libre. Por teléfono hablé con un paisano monsefuano que por coincidencia me ofrecía una reunión para ese mismo día. Disculpa – le dije a mi interlocutor- ya estoy comprometido para el sábado en casa de los Salazar García.
-¿Quiénes son ellos? Me interrogó, no los conozco.
-Por favor – le dije- ellos son muy conocidos, es la familia que vive en María Izaga al costado de la imprenta “El horizonte”, ¿conoces a Walter, a Pedro, los médicos veterinarios; a Azucena, que fue señorita Fexticum?
- Ah… empieza por ahí, son los “huesos”, y comenzó a sonreír.
Yo también sonreí por la ocurrencia de mi amigo, pero también confirmé que en Monsefú, la “Ciudad de las flores”, es muy frecuente conocer a una persona o una familia por su apodo, apelativo o sobrenombre, que por los apellidos.
Según varios monsefuanos, es mucho más popular acepciones como “chapa”, “gracia” o “mote”. Como quiera que sea, la reputación de los paisanos es motivo de esta pintoresca crónica, que según DRAE (diccionario de la Real Academia de la Lengua) corresponde al nombre que se acostumbra dar a una persona tomando en cuenta sus defectos corporales, o también reconociendo sus características o virtudes como una manera simbólica de aceptación; o en su defecto despreciar o ridiculizarlo.
El vocablo apodo proviene del latín “apputare” que significa evaluar o comparar. Sin embargo, otros investigadores afirman que resulta del griego “apodos” que quiere decir repetición o giro. De cualquier modo, quienes tienen mayores argumentos son los lingüistas “mollete”, y “agüitas”. Así conocen a los profesores Max Túllume y Santiago Salazar, respectivamente.
Desconozco si esta afirmación ofenderá a los mencionados docentes, pero mejor voy a contratar a los abogados “chaconil”, Manuel Flores Llontop y “teny” Cigüeñas Olano para que me asesoren legalmente. O tal vez al doctor Pedro Pisfil, “baltico”. Y si como consecuencia de este inconveniente sufro de algún mal, trataré de ubicar al doctor “Jacinto “chito” Custodio.
Como se puede percibir, todos los profesionales mencionados tienen su “chapa” o “mote”, pero no sabemos si les agrada o no. Por ello afirmamos que los apodos son códigos verbales que pueden ser positivos o negativos; puestos con estilo peyorativo, con un humor negro que genera rechazos, ofensas o mal humor; o relevantes, empáticos y con un sentido afectivo.
Y adicionamos que los sobrenombres también pueden ser códigos comunicacionales porque promueven el diálogo, el acercamiento. Actualmente en las ciudades grandes, en las urbes modernas, se conjugan sociedades cada vez más frías. En cambio en pueblos chicos como el nuestro, los apodos forman parte del patrimonio etnógrafo de los monsefuanos; y además nos permiten una relación mucho más jovial, una relación hasta cierto punto amical, generacional e idiosincrática.
Nuestro terruño tampoco escapa de este estilo de fomentar relaciones al más largo plazo. Por ejemplo, Monsefú es llamada la ‘Ciudad de las Flores”; y también “pueblo líder”, como le decía mi padre Luis Castro Capuñay. Y quien firmó la ley de elevación a la categoría de ciudad de nuestro Monsefú, el presidente Andrés Avelino Cáceres, fue conocido con el apelativo de “brujo de los andes” por sus grandes actuaciones militares durante la guerra del Pacífico. Ofreció resistencia a los chilenos en las montañas ubicadas antes de llegar a Lima.
En la época de oro del baloncesto monsefuano, a jugadores del White Star como Eduardo Raffo le decían “cachema”; y “pato” al habilidoso Miguel Chereque. Otros deportistas, principalmente futbolistas, eran muy conocidos por sus apelativos. Por ejemplo, el arquero “cuco” Beltrán, Augusto “oso” Gonzales, los hermanos Pablo y Sebastián “guaba” Gonzales, José “chiva” Vallejos, Manuel “panga” Salazar, “gene” Yaipén, “kerosene Gonzales, Carlos “cailotitas” Silva, Pedro “pibe” Beltrán, Arturo “pájaro” Boggio. También Héctor “la coja” Uceda, Gilberto “manco” Chanduví, Manuel “ojitos” Niquén Cumpa. El ‘cholo” Salazar.

En el mundo de la música fueron muy conocidos los apodos también. El grupo Fantasía era de propiedad de los hermanos “cagarraya” Reyes. A la familia Espinoza Fenco les decían los “corcho”. El fundador del Grupo 5 tenía el sobrenombre de “el faraón de la cumbia”, y ahora su hijo Elmer tiene el apodo de “chico”. También Víctor “chino” Yaipén del grupo Candela, Walter “pochorolo” Yaipén, Lázaro “bolón” Puicón, Idelfonso “foncho” Neciosup.
Los hermanos "guaba" Gonzales.
En esta relación de apodos hay también muchos personajes pintorescos. Recordamos a José del Carmen Muro “caminini”; a “mamuche”, un hombre que se dedicaba en las fiestas patronales a encender los cohetes como señal del inicio de la actividad religiosa. También un individuo cuyo apellido, Azabache, no dice nada, pero por su “chapa” muchos van a recordar. Nos referimos a “pichana”, un hombre que cuando tomaba licor se enfrentaba a la policía y al ser arrestado gritaba “ya me llevan mis mujeres”.
Como consecuencia de alguna característica física, los apelativos también están a la orden del día. Por su tamaño y corpulencia, Eugenio Gamarra Lluén era conocido como “burro grande”. Por sus ojos rasgados conocemos a nuestra campeona de marinera Angélica “china” Miura. Por el tamaño de su cabeza, a los Cumpa Valencia denominaron “cabezacas”. Por el pelo que tenían, los hermanos Enrique y Guillermo Uceda eran los popularmente “zambones”. Por su estatura y color de su piel,” ñaro” le decían a Pedro Silva Villacorta. Por su talla y delgadez de su cuerpo a los Custodio Díaz llamaban “colambos”. Por sus ojos, recordamos a Juan “chino” Joo. Por la forma de su rostro, a nuestro destacado joyero Félix Salazar Liza lo conocen como “bomba”. Por su baja estatura los Cornejo Mechán son conocidos como “los chatilcos”. Además Héctor “flaco” Boggio del cine Trianón.
Tomando en cuenta algún parecido físico, alguna característica de su personalidad o como una especie de burla, las “chapas” también toman el nombre de animales. “Los ratas” a la familia Reque Senmache. La familia Bravo Arévalo “mosca”. La familia de Vicente Custodio, “los gatos”. Jorge “pichón” Urdiales. Román “ gato seco” Llontop. Manuel “cabrita” Lores, Fidel Cornejo Mechán, “gallo”. El señor Gonzales que tenía una panadería frente a la posta médica, “mono”. Con ese mismo apodo es conocido uno de los hermanos Chanamé, del grupo Continental. A la rezadora Gonzales le dicen “la gallinita”. Pedro Llontop Casas “burro con sueño”, Juan Francisco Yaipén y familia, “los yegüitas”. “Los palomos” a la familia Espinoza Tello. “Los perros” a la familia Morales.
También existen los apodos utilizando frutas, verduras o vegetales. La familia Chanamé, “los loches”. “Higo” al profesor Farro Baldera. A los Llontop Lluén los conocen como “los cayguas”. A la ingeniera Gladys Fenco le dicen “agua de manzana”.
Por una condición personal que llamaba la atención. Al multifacético agricultor José Ramos Gonzales le decían “chistoso”. “Tía candela” a Esther Raffo. “Boquita de caramelo” a nuestra recordada Evelina Huertas. Por su seriedad, “cachaco” al extinto César Yeckle Vargas. “Hacha brava” al profesor de educación física Carlos Raffo.
Otros apelativos variopintos que desconocemos su origen, pero que son muy populares en Monsefú son los siguientes: Federico Torres, “brocha gorda”; la familia Custodio que tenía un molino para caña de azúcar, “los cachuplín”; la señora Nicolasa que vende chicha”, la tolú”. La familia Lluén Campos, “Los chingos”. La familia Flores Ballena de radio “La Norteña", “los parlante”. El taxista Manuel González, “manguero”. La familia Lluén Gamarra, “los chautos”. La señora María Laynez, “doña muerta”. Jorge Curo “chaqueta”. El señor Beltrán, ”jama jama”. La familia del periodista Lucho Gonzales, “los muñecos”. “Chava” a Eduardo Llontop Araujo. "Fruna" a su hermano Huguito Llontop.

El profesor Gregorio Chanamé es conocido como “maytetu”. El doctor Juan Salazar Huertas “joya”. Guillermo Guevara es conocido como “huevito”. La familia Eneque es conocida como “los peroles”. “Los corrozos” son los integrantes de la familia Izique. “Los sorongos” les dicen a los miembros de la familia Custodio. Oscar Kant, “canchín”. Rafael Escajadillo “medicina fresca”. “Los mochos” denominan a los paisanos de la familia Chafloque Gonzales. “La camisola” es el apodo de doña Yolanda Mechán. “Los echale pa’ dentro” a los carpinteros de apellido Farro. “Cárguenme a mi vieja” le dicen a Mario Salazar Chafloque.
Los miembros de la familia Pisfil Lluén son conocidos como “los champús”. Al finado periodista Augusto Llontop Relúz le decían “tuto”. “Si hay, si hay si hay”, al desaparecido vendedor de pan, el señor Angeles. “Chin chin” es la “chapa” de los Lluén Chavesta. “Los bronquioles” a la familia Gonzales. La familia Seclén, “los muertos”. “Los quemaos” a la familia González. A los Llontop Sáenz conocían como “prosas”. La familia de César Llontop, “los macanos”. Armando Llontop, quien actualmente ha perdido el sentido de la vista lo conocen como “malaca”.
“Los mercaditos” son los miembros de la familia Espinoza Ballena. “Los pichilingo”, la familia Salazar. El extinto José Capuñay Senmache” clarito”. “La casita” a Héctor Puicón. “Cholón” a la familia Uceda de la avenida Grau. “El avión “a Rafael Puyén. “Jota” al desaparecido Miguel Llontop Relúz. “Diablo” al profesor Bernardino Sánchez. “Los sancochos” a la familia Yaipén.
Esta lista continúa, pero hay datos por confirmar. Existen apelativos como “párate duro”, “los zorros”, “pechente”, “chambico”, “la tetona”, “copito”, “los chalaos”, “los cuyes”, “la pailera”, que anhelamos completar, y para eso esperamos la colaboración de nuestros lectores.
Los apelativos que estamos publicando son una pincelada del ingenio de los paisanos, que de forma positiva o negativa muestran la idiosincrasia de nuestro querido Monsefú. Las “chapas” nacieron, se difundieron y se transmiten de generación en generación. Esta muestra debe crecer y también nos gustaría tener la información del motivo que generó su origen.
Hay personas que aceptan de buena gana el “mote” que tienen, pero existen otros que por alguna razón detestan su sobrenombre. Uno de ellos fue muy explícito. “Carajo, todo el esfuerzo que hicieron mis padres para ponerme nombre y apellidos para que un hijo de p…venga a ponerme una “chapa”.
Monsefú es tierra de pintorescos apelativos. Vamos a perennizarlos como una forma de seguir escribiendo la historia de “La ciudad de las flores”, pues como decía alguien que también tenía una “chapa”, Gabriel ‘gabo” García Márquez, “la vida no es la que uno vivió, sino la que uno recuerda, y cómo la recuerda para contarla”. (LCG)

domingo, 23 de abril de 2017

Angel Pejerrey: una reserva moral monsefuana



Escribe:

Luis A. Castro Gavelán
La vida en los humanos es la capacidad de nacer, crecer, reproducirse y morir. Así es como podemos conceptualizar ese preciado regalo existencial que nos permite interactuar dentro de un mundo creado a la imagen y semejanza de Dios. Y los seres humanos, dentro de ese limitado tiempo de vida tenemos la oportunidad de vivir, progresar y dejar nuestro legado inolvidable… o digno de reproche.
O somos buenas personas o nos convertimos en detestables individuos. La elección es fácil y tiene sus repercusiones en nuestra familia, nuestra comunidad local y muchas veces trascendemos en el ámbito de la comunidad internacional. La elección es fácil. O se es ilustrado, bonachón y laborioso; o se es zángano, ignorante y sátrapa.

Y el ingeniero Angel Pejerrey Chafloque escogió lo primero. Prefirió la gloria y es uno de los pocos seres vivientes de ese mundo cosmonsefuano del poeta Alfredo José Delgado Bravo, que todo lo hace pensando en el bien público. Como padre, como profesional, como empresario, como dirigente de instituciones sociales y religiosas, como político y como vecino, Angel Pejerrey encaja en ese pueblo líder que todo monsefuano añora y que acuñó mi padre Luis Isaías en sus escritos.

Se hizo profesional con el sacrificio de aquellos que no nacen con un pan bajo el brazo. Es padre ejemplo de hijos profesionales como Rocío, Ingrid y Angelito. Se graduó como un profesional de agallas al reflotar la cooperativa azucarera Rafán, aquella organización que sumergida en una crisis salió a flote y se convirtió en una empresa modelo. Hasta ahora los futuros administradores y gerentes lo visitan para conocer su “receta” de cómo ser exitoso sin tener un centavo en “caja chica” y convertir 1,800 hectáreas de terreno en atractivos cañaverales y arrozales.
Ha sido dirigente de instituciones como el “Centro Social Progresista”. Ha sido alcalde de Monsefú y ejecutor de la segunda etapa de la municipalidad monsefuana, y por eso le transmitimos el dato a nuestro actual burgomaestre. Esa construcción está preparada para cinco pisos, así que por favor busque los planos y dé término a ese atiborrado edificio edil.
Sentados, de izquierda a derecha, los ex-alcaldes Angel Pejerrey,Rita Ayasta, Oscar Salazar y Angel Bartra

Como presidente de la Hermandad “Jesús Nazareno Cautivo” perennizó su infatigable dinamismo y el altar mayor donde se guarda a nuestro Santo Patrono forma parte de las muchas obras que hizo su gestión.
Me encanta su conversación, su amaestrado espíritu campechano, las veces que puedo hacerlo me lleno de regocijo como si estuviera hablando con mi abuelo Federico Castro (su profesor de primaria y quien precisamente hoy estaría cumpliendo un año más de vida), o tal vez con el maestro Francisco Farro Custodio.

“A mi Monsefú lo tengo en el corazón y siempre estaré dispuesto a dar todo lo que humanamente es posible. Añoro de mi tierra muchas cosas, pero quiero que escriba un pedido. Me dirijo a esos cinco a seis mil profesionales que nacieron en esta tierra bendita. Si cada uno de ellos aportara un poquito de lo que sabe estoy seguro que Monsefú estaría mucho mejor”, enfatiza el ingeniero Pejerrey, mientras se acomoda sus lentes negros que, a pesar de todo, hacen visible sus gestos de aflicción.

En la vida hay dos caminos, o somos inexorablemente tozudos con la vida, o seguimos modelos cándidos como el de Angel Pejerrey. Nos despedimos con una frase del escritor español Gregorio Marañón: “Vivir no solo es existir, sino existir y crear, saber gozar y sufrir, y no dormir sin soñar. Descansar es empezar a morir”(LCG)

domingo, 4 de diciembre de 2016

“Los picarones” bien monsefuanos de doña María

Escribe:
Luis A. Castro Gavelán
Si hay algo del que nos sentimos orgullosos los monsefuanos, es ese bendito don que Dios nos ha regalado para elaborar potajes culinarios que hasta los más formales comensales “se chupan los dedos”. Nuestros hombres y mujeres tienen esa envidiable virtud para que esos ceviches, el pepián de pavo, arroz con pato y otros platos, sean el deleite de los turistas. Y para redondear la faena gastronómica, también somos buenos con uno de los dulces “bandera” de la nación, los deliciosos “picarones”.

Todos los días, a las tres de la tarde, aparece bien peinada y con su impecable indumentaria blanca doña María Custodio Gamarra para ubicarse en la entrada del “Parque artesanal” de Monsefú. Los turistas y visitantes que a diario llegan para redimir la fama de nuestra artesanía y gastronomía, también andan enamorados de ese postre sacarino, de ese tradicional y empalagoso manjar que nuestro afamado escritor Ricardo Palma considera como “una especie de fruta de sartén que se asemeja al dulce que en España conocen como buñuelo”.

Doña María es nuestra representante. Lleva 32 años produciendo ese postre que resulta de la mezcla de puré de camote, zapallo, harina de trigo, levadura y algunos otros secretos personales. Toda esa masa un tanto amarillenta, que ella llena en un balde, le da forma de rosca con sus hábiles dedos. Moja sus manos con agua y con los cinco dedos juntos toma un poco de masa que suelta hacia la paila con aceite caliente. Antes que esa porción entre en contacto con el aceite, ella usó el pulgar en forma instintiva para hacer el hueco de la rosca, que en escasos minutos se fríe. La porción de cinco picarones se sirve acompañado de un jarabe preparado con antelación.
Ese sacarino acompañante tiene chancaca, azúcar, clavo de olor, canela, y es hervido en hojas de higo. Además tiene un misterioso perfume de anís. Dos soles vale la porción, y muchos repiten. El sabor, color y textura de los picarones son inigualables, por eso vale la pena repetir la porción, como mi esposa Sandra que por primera vez los probó y durante los quinces días de sus vacaciones por Monsefú asistió religiosamente todas las tardes al quiosco de doña María para degustar ese exquisito manjar.

Si bien es cierto que este postre procede de España, llegó al Perú durante la época del Virreinato, y en América, tuvo fama gracias a las “negritas limeñas picaroneras” que ofrecían ese dulce en calles del centro de Lima. En una pintura del inmortal Pancho Fierro, que data de 1850 se aprecia a las “picaroneras” haciendo gala de su arte. También don Ricardo Palma, en sus “Tradiciones Peruanas”, menciona en uno de sus pregones “a las dos de la tarde, la picaronera, el humitero, y el de la rica causa de Trujillo”.

Algunos trasnochados chilenos dicen que los “picarones” son de Chile, pero hay una novela, “La negra Rosalía” del cronista Justo Rosales, que refiere una historia de amor e involucra el origen de ese postre en Chile. Cuando los chilenos invadieron el Perú, los soldados quedaron impresionados por este dulce y uno de ellos, el chileno Pedro Olivos, se enamoró de la picaronera, la “negra Rosalía”, y se casó con ella. La llevó a vivir a Santiago de Chile donde ella empezó un pequeño y exitoso negocio: la venta de buñuelos. El local estaba ubicado entre las calles San Pablo y Correo Viejo.
Doña María es la “negra Rosalía” monsefuana que tiene enamorados a los lugareños y los turistas que diariamente nos visitan. Ella tiene su rincón del sabor entre la avenida Venezuela y la calle 28 de Julio. Ahí despacha al lado de sus hijas Manuela y Daysi. Durante horas hace el ritual de elaborar los picarones, con donaire y señorío. Vende todo y muchos regresan al día siguiente porque no tuvieron la suerte de conseguir su empalagoso manjar.

Con esta crónica nos despedimos, amigos lectores, hasta el próximo año. Feliz Navidad y mis mejores augurios para ustedes en el 2017. Y recuerden: no existan; vivan, busquen la felicidad, vivan intensamente porque la vida es una sola. Solo tengan voluntad, aquella al que Albert Einstein considera como la fuerza motriz más poderosa que el vapor, la electricidad y la energía.(LCG)

lunes, 24 de octubre de 2016

“Estirpe monsefuana” al rescate de nuestras tradiciones

Escribe:
Luis A. Castro Gavelán
Nació como una alternativa ciudadana a la letanía de las autoridades para festejar la creación de Monsefú como distrito, y ahora se ha erigido y fortalecido como la reserva socio-cultural de los usos y costumbres de la “Ciudad de las Flores”.
Fue denominada “Estirpe monsefuana” gracias a los diálogos e intercambio de apreciaciones con la profesora Tania Angulo, pero el empuje y abolengo que ahora tirios y troyanos reconocen a este soporte de la tradición peruana, se debe a un incansable Felipe Vallejo, su creador.

Felipe es un gordito bonachón, que juega con las palabras y convence, dirige un programa radial con aceptable audiencia y poder de convocatoria. “Cuando me di cuenta que el entonces alcalde Lázaro Puicón no había planificado nada para festejar el aniversario de la ciudad, me propuse hacer una especie de corso, un desfile de carros alegóricos, que año a año goza de respaldo”, dijo Vallejo.
Y así, con voluntad y espoleado por voluntarios que fueron sumando día a día, Vallejo mostró agallas para llevar a cabo la primera edición de “Estirpe monsefuana” en octubre del 2009. El éxito fue rotundo. Sin dinero pero rico en entusiasmo, el proyecto fue real, una verdadera cachetada al trabajo laxo de las autoridades municipales.

El pueblo tuvo su fiesta, el pueblo gozó con esa expresión de identidad nacional donde las cholas y los cholos enseñorearon sus pañuelos al aire para confirmar que el individuo que no acepta su cultura ni sus tradiciones, es un individuo influenciado por la ignorancia. Representantes vecinales, campesinos, trabajadores artesanales y danzantes de peruanismos ritmos desfilaron entre aplausos y gestos afables.
Pasaron los años y “Estirpe monsefuana” fue creciendo, y sin quererlo, se ha convertido en una especie de sombra que no pretende opacar a la Fexticum, pero sí quiere demostrar cómo se pueden hacer grandes cosas cuando hay una sinergia de imaginación, amor por lo nuestro y toneladas de voluntad.
“Estirpe monsefuana” se ha ganado a puro pulso el prestigio de ser una reserva cultural de las tradiciones y costumbres de los monsefuanos, forma parte de la identidad de los cholos de apellido Flores, González, Capuňay, Llontop, Chafloque, Custodio, los Torres, los Cuyate y tantos otros apellidos que orgullosamente llevamos por la gracia de nuestros ancestros.
Y para corroborar el éxito de esta gesta reivindicativa este sábado 29 de octubre Vallejo y sus voluntarios de lujo han programado “Estirpe monsefuana” para conmemorar los 128 años de Monsefú, de elevada a la categoría de ciudad. Este año la celebración será a lo grande. El poder de convocatoria de esta actividad cultural es tal que han confirmado su asistencia delegaciones de casi todo el país, personas que nunca olvidan de donde vienen ni a dónde van, personas que reconocen el valor de lo nuestro.
Se presume la participación de unas tres mil personas que acudirán con sus indumentarias tradicionales. Ahí estarán desfilando estudiantes, universitarios, campesinos, representantes de caseríos como Pómape, Cúsupe, Vallehermoso, del poblado menor de Callanca, de Larán; vecinos de Ciudad Eten, Reque, Santa Rosa, Pimentel. También monsefuanos que viven en todo el país y que agrupados en instituciones y comités, vienen para confirmar que son dignos de pisar el suelo donde nacieron.
También han garantizado su presencia bandas típicas, bandas de músicos escolares y profesionales, incluso de la Fuerza Aérea del Perú, que con sus coloridos uniformes y esa pegajosa música divertirán a los participantes y el numeroso público que colmará las calles Mariscal Castilla, 28 de Julio, la plaza de armas, la avenida Venezuela y el estadio municipal.
Cuando una fiesta nace del pueblo, todo trascurre en olor a algarabía, todos contribuyen, todos se contagian y todos hacen eco a la riqueza y peruanidad de este país que quiere seguir creciendo sin negar sus raíces. Por eso las ex señoritas Fexticum ya preparan sus vestidos para decir presente, los negocios ayudan con comestibles y bebidas para los participantes, muchas autoridades del circuito mochica ya confirmaron su presencia. Y ahí estará una dama campesina, de esas que los concurrentes no dejarán de aplaudir. Ella, doña Eusebia Torrez del caserío Vallehermoso, irá con su indumentaria de chola monsefuana regalando choclos que está cosechando en su pequeña chacra. “Ya no voy a desfilar por la ciudad para ser usada políticamente por los candidatos. Voy a desfilar con orgullo de ser chola monsefuana”, dijo doña Eusebia.
Monsefú se prepara con entusiasmo. “Estirpe monsefuana” es la fiesta del pueblo y para el pueblo, es el gozo de los orgullosos cholos que atesoran lo suyo. La riqueza costumbrista que heredamos se conquista con eventos como “Estirpe monsefuana” que revindica lo nuestro y nos hace reflexionar que ese costumbrismo, esas tradiciones que heredamos, huelen a eternidad. (LCG)