lunes, 15 de abril de 2019

Las parteras de ayer, las madrinas eternas


Escribe:
Luis A. Castro Gavelán
Era la época en que los ginecólogos y las obstetras escaseaban. El doctor Manuel Senmache se multiplicaba, apenas tenía tiempo para atender casos ginecológicos de rutina y asistir algunos partos. Entonces cuando los gestos y gemidos de una mujer embarazada avisaban que estaba a punto de parir, la confusión reinaba entre los familiares. Se escuchaban clásicos gritos como: que venga la comadre Victoria Giles ... por favor, busquen a las hermanas Santa Cruz… traigan a doña Rosita Saldaña.
Y de las manos de estas obstetras sin título, sin saberes médicos, pero con habilidades especiales para cuidar la gestación y el parto, cientos de monsefuanos aún respiramos, seguimos vivitos y coleando. Les decían parteras o comadronas, o como quiera usted llamarlas, pero estas mujeres tienen un lugar asegurado en nuestros corazones.


Nuestras tradicionales comadronas acudían a las viviendas de sus pacientes, estaban disponibles las 24 horas del día y dispuestas a jugar un papel importante en la atención y cuidados de las mujeres en los momentos del parto; idóneas para preservar la vida humana y aunque usted no lo crea, preparadas para recibir simplemente las gracias, llevar a sus casas algunas frutas, verduras o animalitos del corral, o tal vez con mayor suerte alguna compensación económica. Ellas brindaban un importante servicio comunitario de salud.
Casi el 80 por ciento de los hombres y mujeres monsefuanos que actualmente tienen entre 35 y 70 años llegaron a este mundo de la mano de una partera como consecuencia de la inaccesibilidad a los servicios de salud y porque nuestras madres confiaban en su labor. Ellas sabían acomodar al bebé y ubicarlo en una posición carente de riesgos, sabían cómo ayudar a la madre dar a luz en un parto vaginal normal. Su paciencia y sus manos hábiles evitaban lesiones o desgarros, sabían cortar el cordón umbilical.

La aparición de las parteras no es un tema aislado, es una práctica ancestral, ellas aparecieron para acompañar a otra mujer a punto de parir. Existen referencias en la Biblia de la presencia de estas mujeres entre los griegos, romanos, hebreos, egipcios e indios. Son mujeres respetadas por su oficio, autodidactas, empíricas, que tuvieron un proceso de aprendizaje informal a raíz de alguna experiencia propia o de algún hecho fortuito que las forzó a atender un parto. Finalmente, los años de práctica las graduaron para asumir retos obstétricos.

En nuestra América, los dos mejores representantes del boom de la literatura hispana, el extinto Gabriel García Márquez y nuestro laureado Mario Vargas Llosa también mencionan a las parteras en sus famosas novelas e incluso vinieron al mundo de la mano de estas dignas mujeres. Por ejemplo, doña Casimira Cabarca, abuela de Gabo, fue quien atendió el parto de su nieto. Y en el caso del arequipeño autor de “La ciudad y los perros”, la señora Pritchard fue la “comadrona” que permitió a doña Dora Llosa Ureta traer al mundo al novelista peruano Premio Nobel de Literatura en el 2011.
En nuestro Cosmonsefú, como decía el poeta José Alfredo Delgado Bravo, recordamos con cariño a las hermanas Augusta y María Santa Cruz Barturén. Ellas vivían en la calle Manuel María Izaga y tenían una característica que muchas madres recuerdan, provocaban un parto al natural, sin anestesia. Eran muy interiorizadas, algo hurañas y nunca llegaron a casarse.

Por supuesto que también recordamos a Rosa Saldaña y otra matrona que le decían doña Rosenda. Ellas eran más comunicativas, tan igual como la carismática Victoria Giles, aquella mujer escasa de tamaño, pero grande de corazón, a la que medio Monsefú le decía madrina. Todas ellas eran muy queridas, formaban parte de la comunidad y presumían cierta familiaridad, pues finalmente se convertían en madrinas de los recién nacidos y, por ende, comadres de los agradecidos padres.
Y pude comprobar ese afecto especial cuando acompañé a doña Victoria Giles, mi godmother de siempre. Fui en su busca a solicitud de mi madre quien estaba a punto de alumbrar al “conchito” de la familia, mi hermana Rosa. Desde su vivienda en Mariscal Castilla hasta la mía en Federico Castro hay escasamente tres cuadras y alrededor de 25 personas la saludaron con afecto: ¡Buenos días comadrita! ¡Buenos días madrina!
Victoria Giles


Y respecto al pago por sus servicios, ella lo confirmó: “A veces nos pagan y en otras no. Algunas veces recibimos una compensación de acuerdo a la condición económica de las familias atendidas y no tengo porqué hacer problemas. Me gusta este oficio y lo hago de corazón”, me refirió la extinta madrina.
Y dentro de estos excepcionales personajes vamos a referirnos a las llamadas “sobanderas”, quienes forzadas por las circunstancias también atendieron partos cuando las arriba mencionadas estaban demasiado ocupadas. No me consta si doña María Quesquén Chiscul lo hizo, pero de lo que no tengo dudas es su fama para predecir el sexo del bebé. Tenía la particularidad de sobar la barriga de la mujer embarazada y sostener sin duda alguna el sexo del bebé: ¡va a ser una cocinerita!… o ¡va a ser un peoncito!, afirmaba sin vacilaciones.
María Quesquén Chiscul

La reputación de esta “sobandera” llegó a los oídos de un profesor de la escuela “Sabogal”, quien ávido por saber el sexo de su segundo hijo apostó a sus amigos una caja de cerveza… y perdió. Doña María Quesquén acertó el vaticinio y varón salió el cronista. (Luis A. Castro)

sábado, 6 de abril de 2019

Los generosos cumpleaños de doña Leopoldina

Escribe:
Luis Castro Gavelán

Su peculiar forma de celebrar el cumpleaños de su esposa, la de invitar a más de doscientos desconocidos entre niños y adultos para alegrarles su día -y los estómagos también – con gratuitos desayunos y almuerzos en una jornada llena de generosidad, ha convertido a don Valentín Gonzáles, un humilde comerciante de golosinas, en el personaje admirado en Monsefú. Junto a toda su familia, incluida la cumpleañera, doña Leopoldina, los Gonzáles han transformado esa fecha de jolgorio y celebración en una diligencia de gestos solidarios, de amor diáfano por el prójimo.

La idea brotó como una revelación celestial hace seis años, según confiesa Valentín Gonzáles Senador. Desde entonces celebra el onomástico de su amada Leopoldina en olor a multitud, con esa inusual práctica que beneficia con desayunos, almuerzos y diversión gratuita a más de doscientas personas que no son su familia; son niños y adultos monsefuanos de escuelas y organizaciones sociales que tienen gratitud eterna por recibir comida y cálidos momentos de alguien que no tiene grandezas, pero sí una clara respuesta al egoísmo.

Valentín no tiene ostentaciones económicas, Valentín vive en una humilde vivienda ubicada entre la avenida Venezuela y la prolongación Diego Ferré, junto a su esposa Leopoldina Izique y algunos de sus seis hijos. Entre un par de mototaxi y fierros alrededor de su sala este benevolente hombre asegura no tener fotografías de sus celebraciones porque sólo le interesa ayudar y compartir un plato de comida “de lo mucho o poco que Dios me ha dado”.

Doña Leopoldina reconoce que el día de su onomástico, el 17 de noviembre, es la fecha que más trabaja, pero lo hace con gusto pues la recompensa viene enseguida cuando observa rostros de satisfacción en esos niños que tienen el estómago lleno. “Muchas veces empezamos a trabajar un día antes de mi cumpleaños y no dormimos preparando la comida y todo lo que ofrecemos a nuestros especiales invitados”, refiere la menuda mujer, risueña y un tanto tímida.
“Al principio no le gustó mi idea, tampoco comprendió que tuve esa revelación divina. Solo me dijo que estaba loco y que no apoyaría mi intención de trabajar en su onomástico. Pero después la convencí, al igual que mis hijos. Ahora toda la familia está comprometida con esta actividad, los hijos, las nueras, el yerno, todos. Al final de la jornada terminamos muy cansados, pero felices y con deseos de continuar esta celebración todos los años de nuestra existencia”, sostiene Valentín.

Sin una proficua economía este personaje reconoce que empieza a ahorrar dos meses antes de la fiesta y aunque cada año los gastos se incrementan, siempre confía en la ayuda divina. “Dios provee. Eso lo tengo claro, nunca me ha faltado para cumplir con mi promesa”. Valentín también admite que empezó dando comida y que ahora ameniza la celebración con una misa de salud en honor a su Leopoldina de toda la vida, con banda de músicos e incluso con fuegos artificiales.

El enorme gesto de Valentín Gonzáles y su familia tiene matices de solidaridad, de amor por el prójimo, de buena voluntad y sin muestras de concupiscencia. Por eso me viene a la memoria las expresiones de la madre Teresa de Calcuta, cuando afirma que “no debemos permitir que alguien que está en nuestra presencia se aleje sin sentirse mejor y más feliz”. Varios de los monsefuanos, niños y adultos que se beneficiaron de la noble intención de Valentín y su esposa alabaron sus muestras de desprendimiento, pues como nos recuerda la madre Teresa de Calcuta, “lo más importante no es lo que damos, sino el amor que ponemos al dar”.

Valentín y Leopoldina tienen más de 35 años de casados, son felices y entre sonrisas recuerdan cómo se conocieron y unieron sus vidas. La madre de su amada tenía un pequeño chicherío y Valentín era un asiduo cliente atraído por el amor de Leopoldina. Y muy a la tradición de esos tiempos se robó a la prometida porque el padre no aceptaba la relación. Lo único que lamenta Valentín es que ese día, en que Leopoldina se fugó con su “romeo”, la familia no almorzó porque ella nunca regresó a casa con el arroz, la carne, papas y cebolla que la mandaron a comprar (LGC).



viernes, 28 de diciembre de 2018

“Si la vida te da un limón, haz limonada”

Escribe:
Luis A. Castro Gavelán

El 2018 termina y el 2019 es la nueva oportunidad que comienza. Año tras año seguimos con la misma ilusión, nos rehusamos a creer que la mala fortuna persiste y se haya enquistado como una pesada carga. No, cada año que termina renovamos el optimismo, algo así como ese ánimo que tienen los monsefuanos por su futuro, ahora en manos del aprista Manuel Pisfil.


A escasos días de la finalización del 2018 casi nada ha cambiado. Mientras un grupo de peruanos reflexiona y cree que el fiscal Pérez y el juez Carhuancho son los abanderados de esa ilusión que tenemos por erradicar ese sistema corrupto que afecta el crecimiento y progreso del país; otro grupo de peruanos vive la euforia de las fiestas, los festejos con la familia, los amigos y vecinos para dar la bienvenida al nuevo año.
Así estamos los peruanos, divididos: unos ilusionados con las fiestas y los otros preocupados por nuestro futuro; pensando en la algarabía de las fiestas y reflexionando sobre cómo lograr un progreso personal y nacional.

El año 2018 expira con su secuela de tristezas, optimismo, derrotas, alegrías e intenciones. El año 2019 está a la vuelta de la esquina y es la oportunidad para hacer realidad aquello que no pudimos cumplir en los 12 meses pasados. Pero hay un detalle que debemos aceptar, lo que nos ocurrió o dejó de ocurrir tiene como protagonista a nosotros mismos; salvo algunas excepciones, nosotros somos responsables de las acciones, toma de decisiones y lo que aconteció alrededor nuestro.
Si usted quiere ser mejor, ahí le va un consejo: haga su agenda personal e intente escribir sus proyectos y actividades a cumplir. No olvide lo que alguna vez perennizó Einstein, es insensatez hacer siempre lo mismo y esperar resultados diferentes.

En lo que respecta a la “Ciudad de las Flores”, no tengo muchas ilusiones, pero le deseo lo mejor al futuro alcalde Manuel Pisfil. Monsefú sigue estancado, no sólo por la desidia de sus autoridades, sino también por la inercia de los vecinos. Arrojar basura a las calles y no participar de la solución de los problemas de la ciudad resulta nefasta.

Sin embargo, hay cosas que destacar. La escuela “San Pedro” que regenta mi amigo de niñez, Juan Elmer Caicedo, mantiene su nivel educativo; eso ilusiona, pues está promoviendo mentes brillantes. Del mismo modo, el reconocimiento al club social Monsefú de los residentes en Lima. Mantiene su nivel de apoyo a la “Ciudad de las Flores”. Aprovecho para saludar al doctor Francisco Farro, muchas gracias por ser mi amigo. Le puedo decir con orgullo que ya somos colegas, que acabo de recibir mi doctorado. Nunca es tarde para seguir estudiando, hay que aprovechar las habilidades que nos da Dios. No hay que olvidar la frase “si la vida te da un limón, haz limonada” o en todo caso, aquella de C. Lewis: Nunca eres demasiado viejo para tener otra meta u otro sueño.
Felicidades a mis paisanos de Monsefú y lectores alrededor del mundo. Hasta el 2019.

Compartiendo un almuerzo con mi director de tesis, Angel Cervera, así como también con los miembros del Tribunal de la Universidad Complutense de Madrid. También aparece el destacado lingüista Jesús Sánchez Lobato.

lunes, 8 de octubre de 2018

Manuel Pisfil y “la palabra del mudo”

Escribe: Luis A. Castro Gavelán

Si Lima tuvo al “mudo” Luis Castañeda Lossio como su alcalde, Monsefú también va en sintonía y tendrá su propio “mudo” por los cuatro próximos años. Se llama Manuel Pisfil Míñope, es ingeniero de profesión y ganó con el peso político que todavía representa el Partido Aprista en la parte norte del país.
Qué contraste con el saliente alcalde Ángel Bartra, un locuaz burgomaestre que acaba su gestión sin haber cumplido con las expectativas que teníamos sobre él.

Muchos afirman que Manuel Pisfil, oriundo del caserío Chacupe, es un técnico que cumplió tareas profesionales en algunos lugares fuera de Monsefú, que antes había postulado sin éxito y que entre sus principales destrezas están sus capacidades de gestión y negociación.
Pero las dudas saltan a la vista. Pisfil Míñope no es mudo de nacimiento ni tampoco tiene cierta discapacidad en sus cuerdas vocales. Es insonoro por naturaleza, su aspecto es liso, pasa desapercibido y tiene una personalidad introvertida que nos hace dudar de su futura labor edilicia en un mundo donde triunfan los extrovertidos. Tal vez, Manuel Pisfil evita ser el centro de atención y prefiere ese ambiente privado porque es apocado y reflexivo.
Ciertas investigaciones científicas afirman que algunos introvertidos detestan ser satélites de nadie y que en contraposición tienen un óptimo rendimiento y son facilitadores cuando se trata de potenciar a sus colaboradores. Y eso esperamos de Manuel Pisfil, que aunque sea “mudo”, asuma un liderazgo reflexivo y sensible, más humano.

M. Olsen Laney, autora del libro “La ventaja del introvertido” dice que las personas con el perfil de Manuel Pisfil actúan de un modo pausado, son más meticulosos y profundos. Julio Ramón Ribeyro, autor de “La palabra del mudo”, fue un excelente novelista que le dio la palabra a los marginados y olvidados. Sin embargo, era parco, reservado y mostraba un total desinterés por las entrevistas. Entonces, vamos a darle el beneficio de la duda al flamante alcalde y esperamos que esa mudez no se asocie con una sordera congénita al momento de escuchar los clamores del pueblo.

El bullicio y la fanfarria son cosas del pasado, las elecciones municipales terminaron y vamos a darle nuestras mejores vibras al electo alcalde. Por lo demás, los otros candidatos terminaron en el lugar que les correspondía. Alguien que subió y tiene un potencial político a futuro es Erick Huertas.

Destacamos en estas líneas el mérito de los directivos del Club Social Monsefú, de los residentes en Lima, quienes aportaron a la gobernabilidad de Monsefú y organizaron una mesa redonda con la mayoría de los candidatos a la alcaldía. En la persona de su presidente, el abogado Pedro Effio, muchas felicidades. No solo contribuyeron con ese evento democrático, sino también llevan adelante plausibles actividades que los monsefuanos debemos reconocen.
Sumeet Jain decía que “las decisiones que tomamos en nuestra vida determinan el tipo de resultados que queremos experimentar y la calidad de vida que deseamos llevar”. Manuel Pisfil tiene la palabra, vamos a ver si evoca “la palabra del mudo” de Ribeyro. (LCG)

sábado, 11 de agosto de 2018

¿Desde cuándo nos jodimos?

Escribe:
Luis Castro Gavelán
El otro día un miembro de nuestra familia visitó Lima y con una sola palabra reflejó lo que acontece en la capital del país convertida ahora en la capital de políticos y jueces protagonistas de una corrupción sinérgica. Lima está hecha “una mierda”, me dijo. Luego él fue a Monsefú para ver a mi madre y del mismo modo encontró a la ciudad que miles de ciudadanos añoramos, hecha una ciénaga, “una mierda”.

Muchas veces analizo por horas, sufro de insomnio como muchos peruanos y me pregunto ¿desde cuándo nos jodimos?, recapitulo hacia atrás y concluyo que, desde siempre, desde la fundación de nuestra República seguimos arrastrando cadenas, aunque Alan García haya intentado anestesiar nuestras mentes y eliminar “las cadenas” del himno patrio.

Todo lo que escuchamos a través de los audios que difunde Gustavo Gorriti asquean, nos hacen mirar frente al espejo y concluir esa penosa realidad que experimentamos cada día, la del “hermanito” que corrompe, la del peruano “pendejo” que jode al más humilde, al peruano de a pie que por culpa de su infortunio se codea con el desamparo.
Pareciera que la corrupción forma parte de nuestro ADN, hemos institucionalizado el crimen, el soborno, el aprovecharnos del menos favorecido, el asumir una posición no por méritos propios sino gracias al padrino o al “hermanito”. Por eso estamos así, seguimos siendo un país del tercer mundo, no alcanzamos la industrialización a pesar que poseemos riquezas naturales que envidian otras naciones. Seguimos siendo “el mendigo sentado en un banco de oro”, como lo dijo el italiano Antonio Raimondi. Su mensaje sigue vigente a pesar que lo vaticinó en el siglo XIX.

Faltan poco menos de dos meses y vamos a celebrar elecciones regionales y municipales. Pero nada va a cambiar, vamos a seguir viendo a nuevas autoridades protagonizando hechos de escándalo y corrupción, de gente con gran egoísmo dispuesta a prevalecer sus intereses personales e institucionales. Nada va a cambiar, nuestra institucionalidad democrática y jurídica está desgarrada, fracturada.


En Monsefú, las emisoras radiales propalan avisos políticos grotescos. Cada candidato a alcalde se las ingenia para convencer con mensajes llenos de esperpento. Salvo honrosas excepciones, tenemos candidatos legos, proteicos, como los partidos políticos de donde emergen. Todos los partidos políticos están manchados de corrupción, viven en el oscurantismo y quienes se involucran con ellos están condenados a sufrir una inviable metástasis.

Hay muchos profesionales monsefuanos pero muchos de ellos rechazan participar de estas justas electorales porque no desean relacionarse con la podredumbre. Miguel Angel Bartra está terminando su gestión sin pena ni gloria. Nunca se dio cuenta que podía reinventarse e impulsar su carrera política tomando como trampolín la alcaldía de Monsefú. Ahora se ha quedado sin soga ni cabra, no fue autorizado a ser candidato por Chiclayo.

Parte del problema es que muchos ciudadanos monsefuanos y de todo el país carecen de conciencia cívica, se involucran con la cultura del oprobio y son parte de los experimentos que han convertido al país en una especie de tubo de ensayo. “Que venga el alcalde a recoger la basura”, dijo alguna vez una energúmena compatriota monsefuana cansada que Bartra y sus funcionarios no cumplan sus promesas. No mi querida paisana, las formas jamás se deben perder. Hay que respetar, ser tolerantes, el respeto debe ser recíproco.

Me sigo preguntando…¿desde cuándo nos jodimos? ¿en qué momento perdimos los peruanos esa tenacidad por el bien? Estamos muy cerca del bicentenario de nuestra independencia y vivimos en medio de una impunidad absoluta. Sigo interrogándome, ¿es posible una reconciliación en el país? Sí es posible, pero necesitamos reformular el Perú, darle un poco de oxígeno con gestos de grandeza, de desprendimiento de los actores de este enrarecido ambiente. Estamos tocando fondo y urge sacar a flote los últimos valores éticos y morales que nos quedan.

Nos despedimos con una frase alentadora de Paulo Coelho: cuando amamos, siempre luchamos por ser mejor de lo que somos. Cuando luchamos por ser mejor de lo que somos, todo a nuestro alrededor se convierte en algo mejor. El Perú y nuestro Monsefú aún esperan que como ciudadanos hagamos un mejor papel (LCG).

domingo, 21 de enero de 2018

Hace 35 años, la matanza de Uchuraccay marcó mi vida para siempre

Escribe:
Luis A. Castro Gavelán

El 26 de enero de 1983 marcó mi vida para siempre. En las agrestes alturas de Uchuraccay, a unos cuatro mil metros sobre el nivel del mar, murieron asesinados de forma cruenta ocho periodistas, su guía y un comunero. Una horda compuesta por un centenar de pobladores azuzados y confundidos actuó de manera inmisericorde y soterrada, vil y salvaje.
A escasos días de recordar 35 años de este funesto episodio, la prensa nacional todavía espera explicaciones; y las familias de los desaparecidos, justicia para atenuar aciagos días por esa experiencia de vivir sin los seres queridos. Tan solo recordar la forma como fueron eliminados los periodistas, se me hace un nudo en la garganta.
Hace algunos días, casi después de 32 años, tuve contacto con Felícita de León y Ana del Castillo, dos colegas de aquellos tiempos, con las que rememoramos nuestro paso por el diario “La República”. Ellas están por California y a través del hilo telefónico tuvimos una plática interesante, en la que no faltaron vivencias de antaño, recuerdos de periodistas que ya nos han dejado: Guillermo Thorndike, Armando Campos Linares, César Terán, Víctor Robles, Oscar Cuya Ramos. Pero también nos acordamos de personajes del periodismo -aún vivos- como Humberto “chivo” Castillo, Víctor Caycho, Alejandro Sakuda, Ernesto Chávez, etc.

Entre muchos sucesos, recordamos las viejas máquinas de escribir que usamos para llenar “decenas de carillas”, la diagramación en largos papeles, el “pegoteo” y el arte final para, finalmente, ver al día siguiente muy temprano la edición impresa en blanco y negro, que nos manchaba las manos, pero que nos sumergía y daba acceso a la realidad peruana.
También recordamos hechos que durante los ochentas hizo palpitar a cien por hora los corazones de los peruanos, en medio de una violencia generalizada, entre noches de terror, asesinatos de autoridades y dirigentes sindicales, coches bomba, torres de alta tensión que caían al piso dinamitadas y nos dejaban a oscuras paralizando la producción nacional, y afectando -qué duda cabe- a los millones de compatriotas menos favorecidos.
Jorge Sedano y los mártires de Uchiraccay

Cuando terminamos de dialogar con Felicita y Anacé, me quedé pensando en Jorge Sedano Falcón, el entrañable gordito que siempre me acompañó en muchas comisiones periodísticas durante mi paso por el diario “La República”. Siempre entusiasta y arriesgado, llevaba preparada su “Nikon” profesional en la búsqueda de la foto de portada que siempre pedían en la mesa de redacción. “Castrito y Sedano, no regresen sin la foto de portada”, decía el cordial Oscar Cuya.
Junto a Jorge Sedano murieron Jorge Mendívil y Willy Retto de “El Observador” ; Eduardo de la Piniella, Pedro Sánchez y Félix Gavilán de “El Diario de Marka”; Amador García de la revista Oiga; Octavio Infante del diario “Noticias” de Ayacucho. También el guía Juan Argumedo y el comunero uchuraccaíno Severino Huáscar.
Todos fueron asesinados por los comuneros de Uchuraccay cuando buscaban información sobre la eliminación de varios senderistas en el poblado de Huaychao. Las últimas fotos tomadas por Willy Retto son evidencias que el ataque ocurrió mientras ellos trataban de convencer a sus atacantes que eran periodistas, que sus únicas armas eran cámaras fotográficas y lapiceros.
Pero los comuneros estaban demasiado confundidos o bien entrenados para eliminar a extraños que llegaban caminando a Uchuraccay. El testimonio de Primitiva Huaylla, tal vez la única testigo presencial viva de los hechos, es elocuente. Ella declaró a las colegas Kelly Vallejos y Yesenia Vilcapoma que recibieron la consigna de matar a todo extraño que llegara a pie. “En una asamblea los militares nos dijeron que matemos y nos defendamos de quienes llegaran a pie. Todo extraño era una amenaza. Ellos (los militares) son los únicos que llegarían por helicóptero", reveló en quechua, su idioma nativo, Primitiva Huaylla. Los periodistas llegaron a pie.

A casi 35 años de este luctuoso suceso que significó el inicio de cruentas páginas de oprobio y terror que firmaron con letras de sangre “Sendero Luminoso” y el MRTA, el Perú sigue mancillado por actos injustos. ¿Quiénes incitaron la muerte de los periodistas para evitar que excesos militares sean descubiertos? ¿Por qué está indultado Alberto Fujimori mientras el general EP Juan Rivera Lazo tiene 17 años preso sin haber cometido delito alguno? ¿Por qué terroristas convictos y confesos están libres luego que les redujeron su carcelería, mientras muchos patriotas siguen perseguidos por la Injusticia, perdón, la Justicia peruana? ¿Por qué la Corte Interamericana de Derechos Humanos es muy benevolente con los casos de terroristas y es implacable con nuestros policías y militares que pusieron el pecho para pacificar el país?
Hay muchos casos que me gustaría decir en voz alta, pero la crónica de este monsefuano es en memoria de los mártires de Uchuraccay y por eso voy a revelar algo que por 35 años guardé en secreto, algo que desafió por muchos años mi capacidad de resiliencia.
Cuatro días antes del 26 de enero 1983, Guillermo Thorndike, el entonces director de “La República” quiso conocerme en persona. Mi jefe de sección, Armando Campos, me transmitió el mensaje y juntos fuimos a la oficina del director.
Una reunión por el aniversario de “La República”. Aparece el director Guillermo Thorndike en primer plano. Luego aparecen Mirko Lauer, el extinto Gustavo Mohme, Jorge Lazares, Luis Castro, el ex director de la PIP Damián Salas, Lorenzo Villanueva, la Sra. Rosario de Thorndike, y otros.

Al fondo de la oficina, detrás de un negro escritorio, vi la figura enorme de mi director, quien extendió su mano y yo, tembloroso, hice lo mismo, mientras saludé nervioso a su bella esposa, doña “Charito”, la misma que trataba de acomodar la camisa de su pequeño Augusto, ahora un consagrado presentador de televisión en “Cuarto Poder” de América Tv.
Thorndike me quedó mirando de pies a cabeza y luego expresó. “Que Armando haya confiado en ti es bueno, pero te necesito para otras comisiones”. Aparentemente doña “Charito” (Rosario del Campo León) me vio el cuerpo esmirriado y el rostro de joven inocente; y con su candor de madre, habría influido para que el “gringo” Thorndike ordene mi cambio de comisión.

Armando Campos tenía dos boletos de pasajes aéreos, uno a mi nombre y el otro de mi inseparable fotógrafo Jorge Sedano. Nuestro destino era Ayacucho. Entonces Guillermo Thorndike le pidió los boletos a Armando Campos y llamó a Luz Lévano, su eficiente secretaria. “Castro y Sedano van para Tumbes, cambia estos boletos por favor, ellos no van a Ayacucho", dijo el director. En esos momentos ingresó Jorge Sedano y al escuchar que estaban cambiándolo de comisión replicó a manera de ruego.
“director, por favor, quiero ir a Ayacucho. Quiero confirmar si es verdad eso que andan diciendo de los terroristas, usted sabe cómo yo trabajo, por favor, permítame ir a Ayacucho…”
Ya no pude seguir escuchando, salí de la oficina del director acompañado de Armando, quien me explicó que al día siguiente debía viajar a Tumbes donde constantes lluvias torrenciales estaban provocando daños materiales y humanos.

Sedano logró convencer al director y ahí nos separamos. “Castrito, perdóname hermano, cuando tengas más experiencia comprenderás que no puedo perder la oportunidad de confirmar si existen o están inflando la noticia sobre esos terroristas que han aparecido en Ayacucho”, me dijo palmoteando mi hombro, mientras yo trataba de guardar algunas cosas en mi escritorio. Le di la mano, nos abrazamos y también fue la última despedida que tuvimos. Jorge Sedano tenía ganas de confirmar los inicios de esa lacra de malos peruanos que tanto daño hicieron al Perú.

Una foto tomada por Jorge Sedano. Las mujeres de pie son Inés Flores, Felícita de León y Martha Núñez. En cuclillas llevo la cinta de capitán. Ocurrió durante el primer aniversario de “La República”

Fui a Tumbes acompañado del fotógrafo César Aquije; y el “gordo” Sedano fue a Ayacucho con el redactor Ernesto Salas. Un día después, a través de un enlace telefónico, mi jefe Armando Campos me dijo llorando “Golpéate el pecho Castrito. Ha muerto Sedano …, todavía no ha sido tu turno”
Quedé descorazonado, trémulo, las lágrimas invadieron mi rostro, confundidas entre las gotas de lluvia que caían con mayor frecuencia en el castigado territorio de Tumbes. El cielo estaba gris, miré el horizonte y puede reaccionar después de breves minutos, consolado por César Aquije. Aún seguía vivo, todavía podía contar algunas estrellas en el firmamento, ese día de enero de 1983.

Mis días de existencia aún no terminan. Sigo vivo, entre viajes a Maryland, Virginia, Madrid y Puerto Rico, amando por siempre a mi Monsefú, mi pedacito de cielo, pergeñando mis crónicas periodísticas, celebrando mis logros sin olvidar mis fracasos, asumiendo retos, consciente que al superarlos estaré más cerca de la gloria; trabajando como docente con la idea de no solo aprender de mis maestros, sino también de mis discípulos. Sigo el pensamiento del afable Kalu Ndukwe … “lo que haces por ti se desvanece, pero lo que haces por el resto conforma tu legado”. (LCG)


sábado, 9 de diciembre de 2017

Terminamos el 2017 entre huecos, polvo y dudas

Escribe:
Luis Castro Gavelán
El 2017 se va extinguiendo y con él, los días de gobierno municipal del alcalde Bartra, y la paciencia de los habitantes de Monsefú que a diario conviven con las incomodidades de una desorganizada ejecución de las obras de agua y alcantarillado.
Las zanjas, los huecos y la tierra acumulada nos tienen al borde de la histeria, ocasionan innumerables “desmadres” en el tránsito vehicular y peatonal. Para colmo, hay cortes inesperados en el servicio de agua potable, escasez del líquido elemento, y la aparición de agua servidas sin pronta solución. Se afirma que el término de la obra será en mayo del 2018, pero la incertidumbre reina. Trabajadores impagos, robo de material de construcción, supervisión técnica paupérrima y un trabajo desordenado, nos hacen flaquear.

No dudamos que esta obra denominada “plan maestro” solucionará, y Dios quiera, optimizará el servicio de agua y alcantarillado. Pero el cuestionamiento va por la “falta de pantalones” de nuestras autoridades para hacer prevalecer el orden, “poner en vereda” a los responsables de la obra iniciada los primeros días del mes de abril del presente año.

Cuando el doctor Bartra ganó las elecciones, aplaudí su triunfo. Su experiencia edil como alcalde de Monsefú, como burgomaestre provincial de Chiclayo, y el hecho de ser hijo del odontólogo Miguel Angel Bartra, avalaron esa ilusión y nos hicieron soñar con la recuperación de Monsefú como pueblo líder.
Pero el abogado Bartra ha hecho de su período municipal un dechado de incertidumbre y dudas que han opacado las obras que está dejando. Bartra es ahora un político que trabaja para la “foto”, un político calculador, como esos cientos que pululan en el Perú.
Por eso su indolencia, su falta de ganas para estar junto a su pueblo y mitigar esas incomodidades que agobian a los monsefuanos. Bartra tiene ahora otros intereses, dedica más tiempo a su intención de volver a la alcaldía de Chiclayo.

Bartra hijo está lejos de Bartra papá. El odontólogo que fue nuestro alcalde y llegó al Congreso de la República, es harina de otro costal. El también considerado jefe del “clan Kennedy” tenía los pantalones puestos, “carajeaba” si era posible, pero su trabajo tuvo otro matiz, imponía respeto y su palabra tenía sentido, como el amor que se tiene con doña Rossina, por eso los 54 años que llevan juntos.

Bartra hijo pelea consigo mismo para confirmar si está o no mintiendo, es dubitativo, ha aprendido las malas artes de los políticos acostumbrados a “pasear” a sus electores. Por eso que las obras que hasta el momento ha ejecutado cobran menos importancia y más pesa su falta de transparencia.

La ejecución del “plan maestro” es comparable -en el sentido figurado-con el trabajo de Bartra como alcalde. Los huecos, los desmontes, la falta de señalización, las aguas servidas y la tierra que se levanta con los vientos denostando la paciencia de los monsefuanos, son como los vacíos, tropiezos y sinsabores que nos deja la gestión de Bartra Grosso. La delincuencia campea, los problemas sociales son álgidos; como el desgobierno que muchas veces hizo gala el proceso municipal de Bartra, por deudas económicas y desatinos administrativos.

El año 2017 está en proceso de extinción. Y así como cuestionamos a Bartra y ponemos un calificativo de sesenta sobre cien, también es menester invocar a los monsefuanos hacia la cultura del civismo. Alguna vez escuché por la radio a una ciudadana “para eso lo hemos elegido, que el alcalde venga a recoger la basura que hay en la calle”. Qué falta de tino de mi paisana. El alcalde no tiene la varita mágica, no es su empleado. El progreso de nuestro pueblo corresponde a un trabajo conjunto: al impulso de las autoridades y el apoyo y respeto de los ciudadanos.

Tengo una propuesta para quienes están al frente de las instituciones educativas de éxito como David Ayasta (San Carlos) y mi amigo Juan Caicedo (San Pedro). Los insto a fomentar una campaña de civismo a favor de nuestro pueblo. Cuenten conmigo. Hay que promover en nuestros futuros ciudadanos, nuestros niños, el respeto por las autoridades, por nuestros mayores, dejar en el olvido esa maldita usanza de arrojar la basura en las calles, hay que crear cultura cívica.

Alcalde Bartra, usted todavía puede encaminar su carrera política. Cuando crea en usted mismo, cuando lleve una vida transparente y se de cuenta que puede ser una excepción entre esos políticos de contrahechura, va a sentir mayor orgullo de ser hijo de Angel Bartra Gonzáles.

Feliz Navidad, mis parabienes para todos mis paisanos en el 2018. Pidamos a Dios crecer cada día como personas, profesionales, amar de verdad a nuestro Monsefú y soñar con ser mejores. Como dijo Paulo Coelho, “Sólo una cosa vuelve un sueño imposible: el miedo a fracasar” (LCG)

Fotos: tomadas del portal de la municipalidad de Monsefú