sábado, 17 de agosto de 2019

A la madre bella, réquiem en su nombre

Escribe: Luis A. Castro Gavelán

Nota de redacción:
A las 04.32 de la madrugada, de hoy 17 de agosto del 2019, ha dejado de existir mi madre bella, mi héroe, la última de los Gavelán Higinio. Esta crónica es en homenaje a ella.


Aquella noche del 14 de noviembre del 2018 fue la última vez que disfruté de ella. Vía WhatsApp estuve alrededor de una hora mirándola feliz, comiendo su pollo a la brasa, moviendo la cabeza al ritmo de una cumbia que bailaban mis hermanos Rubén y Liliana. Su candoroso amor acortó las distancias, su voz, su sonrisa, su alegría de estar junto a sus retoños. Ella sentía verdadero orgullo por sus vástagos, como nosotros por la mujer que nos trajo al mundo.

Lloramos, pero de felicidad por las cosas que nos habían pasado, nos transportamos a los recuerdos infantiles, las vivencias personales que a lo largo del camino hallaron una senda exitosa y que coludidas con el sacrificio permitieron derrotar alguna estrechez financiera que en nuestra niñez y juventud agobiaron.

Dora Gavelán había quedado viuda desde mayo del 2014, pero todos sus hijos hicimos la firme promesa de mimarla, preservarla como a una reina, para que nada le faltara, porque eso era lo que se merecía.

Siempre fue una reina, presumía de su belleza, de sus amigas Norma Chereque y Blanca Flores, de su amiguita Ethel Niquén, de sus jornadas de baloncesto, de su amor inquebrantable por sus retoños, de sus 4 rosas y sus 4 claveles.
Las 4 rosas y los 4 claveles de mi madre

En alguna lesión física, las cicatrices son un testimonio de las heridas, pero cuando se quiere a alguien por merecimientos propios y parte al más allá, causa otro tipo de heridas difíciles de cicatrizar. Es una especie de dolor inmenso que hiere, que lacera las emociones y provoca blasfemia hacia el ser supremo porque no da respuestas, no explica por qué una madre buena sufre y termina como aconteció con ella, que permaneció postrada en una cama sin hablar, sin hacer la vida que sus hijos soñaban darle. Había sufrido dos ataques cerebrales y como una leona, los supo asimilar. Pero el tercero fue artero, infausto, trajo secuelas, se manifestó con una parálisis, silenció esa voz que entonó canciones junto a Elsa, Margarita y Mary, sus inseparables del “Adulto Mayor”; y con la que también bendecía a sus hijos.

Tres veces la vi personalmente antes de su muerte. La primera de ellas en marzo, pudo reconocerme. Escondí mis miedos, mi desconsuelo y mis ganas de llorar. Quiso decirme muchas cosas, pero no le entendí, ella quiso llorar y yo besé sus manos, bajé mi cabeza para que mi madrecita no observara mi tribulación. Qué impotencia. Me preparé para ese momento, pero no pude. Corrí al baño para llorar, compungido por esa imposibilidad de hacer algo más por ella. La segunda vez coincidí con mi hermano Rubén, fue para el día de la madre. Estuvimos a su lado con las mejores expectativas, pero ella ya se estaba extinguiendo, apenas nos reconoció, dormía con frecuencia. En la tercera vez fue para contemplar su lenta agonía. Algunas lágrimas corren por mis mejillas mientras reflexiono con impotencia: ¿por qué el ser supremo ha creado al ser más maravilloso del planeta, todo amor, un dechado de ternura, y tiene que partir dejándonos partido el corazón?  
  
El amor de una madre es algo que nadie puede explicar, por eso tal vez sus ocho hijos tampoco pueden entender por qué la madre bella, la madre santa, se tuvo que ir sufriendo. Hay muchas maravillas en el mundo, pero la obra maestra de la creación es la madre, mi madre. Es la razón que muchas veces levanté la voz para reclamar al ser supremo, por qué mi madre bella, que es su creación, se fue sin llegar a disfrutar todo lo que sus hijos habían planificado.
Al lado de mi madre bella.


Tengo el alma fragmentada, divago con muchas cavilaciones en medio de un profundo dolor. Mi madre alzó vuelo y tan solo quedan sus recuerdos, su nobleza inigualable, su ilimitada gama de consejos y su inmensa cualidad guerrera para superar la adversidad. Mi madre partió y los hermanos Castro Gavelan le guardamos eterna gratitud. El poeta Khalil Gibran decía: enséñame el rostro de tu madre y te diré quién eres”. Mis hermanos y yo hemos mostrado tu rostro madre y gracias…, sentimos por ti eterna admiración.   




Mi madre bella compartiendo con mis hermanos Rubén y Liliana

viernes, 19 de julio de 2019

Fexticum…el sueño persiste


Escribe:
Luis A. Castro Gavelán
¿Qué podemos decir de una persona que está a punto de cumplir el medio siglo? Tal vez que ya tiene un oficio o una profesión, que tiene una familia, que es muy probable que tenga una vida consolidada, con cierta experiencia de vida y que en sus años de existencia tiene ya una cierta estabilidad socio económica.
       En esta crónica no estamos refiriéndonos a una persona. Intentamos hacer una comparación entre un individuo y nuestra feria de Exposiciones Típicas de Monsefú, Fexticum, decaída y sin rumbo a estas alturas de la vida.
Dentro de poco la feria monsefuana cumplirá 46 años, casi medio siglo. Se inició en 1973 como una forma de servir de caja chica para los centros escolares de la ciudad. Los directores de las escuelas contaron con el aval del director del Núcleo Educativo # 4, Manfredo León y así, imitando las exitosas yincanas (incorrectamente escritas como gincana o ginkana) de la recordada escuela “La Misericordia”, empezó con la ilusión de aquel enamorado que recibe el primer sí de su amada.
Estudiantes de la escuela "La Misericordia". y sus profesores

Durante los primeros años se cumplieron los objetivos, tanto para los organizadores como para los miles de turistas que disfrutaron de unas “fiestas patrias” diferentes. La feria turística se hizo conocida a nivel nacional: las actividades que se programaban y la autenticidad y señorío de nuestra gastronomía y artesanía ayudaron a ese crecimiento sostenido.

Durante los primeros diez años todo fue color de rosa. Pero poco a poco ese crecimiento está estancado. Cuando todos los años se exhibe más de lo mismo, se pierde el interés. El argentino Stamateasy afirma que “la comodidad y el conformismo son enemigos de la pasión, del crecimiento, de los sueños.” Y es verdad, hemos sido conformistas, hemos dejado de lado la pasión por la feria que alguna vez nos llenó de orgullo.

No es casualidad que la internacional feria “Mistura” tenga algo de parecido a nuestra Fexticum. No es un accidente que alrededor de Monsefú hayan aparecido decenas de ferias, algunas de ellas más prósperas que la original.
       En su casi medio siglo de vida, Fexticum no tiene casa, se arrima por donde la lleven. Las autoridades de Monsefú y los organizadores de turno viven un eterno letargo, son presas de sopor de la modorra. Fexticum es como la esposa que todo lo dio; y los organizadores son como los esposos que después de intimarla, ya no la miman, no le dan su verdadero valor. Pero se equivocan, la mujer madura… más interesante es.
         Hay monsefuanos que sienten melancolía por lo que ocurre con nuestra feria. Por ello, nunca dejan de dar alcances. Por ejemplo, cito algunos:
1. Escenificar la aparición de nuestro Jesús Nazareno Cautivo. Esta iniciativa es de don Pedro Sánchez Alcántara. Es tácito que promovería la participación de los habitantes de Santa Rosa y la comunidad católica monsefuana. Sería sin duda un gran atractivo, innovador e ingenioso. Recordar que nuestra imagen fue traída desde las playas de Santa Rosa hasta la plaza de armas de Monsefú.
2. Que las instituciones educativas tengan sus ramadas para el expendio de comidas en la plaza de armas y que al mismo tiempo existan centros de exhibición de sus manualidades, las mismas que podrán ser vendidas luego que participen de un concurso previo. Como una forma de estimularlos, los estudiantes aprenden el arte de tejer y fabricar productos típicos, asimilan la posibilidad futura de obtener ingresos para el sustento de sus vidas.

La tía Fifi II y su delicioso "champús".
3.  Conseguir un local amplio para la feria. Ahí se realizarán espectáculos, exhibiciones típico costumbristas y a la vez los negocios establecidos (restaurantes y picanterías) podrían expender su arte culinario. Ahí también los ganaderos y agricultores ofrecerían sus productos sin intermediarios, con precios competitivos. Esta idea es del profesor Miguel Gonzales Delgado, uno de los fundadores del Fexticum.
4. Que radio “La Norteña”, con el auspicio de la asociación de restaurantes organice la elección de la señorita Fexticum.
5. Mantener abierta durante todo el año una oficina propia del Fexticum. Ahí se puede orientar a los interesados todo lo concerniente a la feria. Esta es una idea de Walter Llontop Relúz.
6. Convocar a Bernarda Delgado- la hija del poeta Alfredo José- actualmente responsable del museo de sitio en Túcume. Ella puede coordinar un evento que exponga la riqueza de las reliquias halladas recientemente. Una exposición de la cultura preinca provocaría una afluencia inusitada de turistas nacionales e internacionales.
7. Con prestigio internacional, nuestros joyeros artesanos Feliciano Salazar Liza y Orlando Garay Farro tienen mucho que aportar con su joyería fina, el arte de la filigrana. De igual forma Orlando Garay tiene ya experiencia en el concurso de panificadores y su arte de convertir la harina en deliciosos manjares.
8. Explotar un producto como el loche que además de ser nutritivo y alimenticio, ofrece una gama de oportunidades para seguir promoviéndolo.
9. Escenificar cuadros tradicionales como “Los negritos”, “Los Panchitos”, los “Reyes magos”.
10. Se trata de organizar nuestra feria con sentido empresarial donde se combine la gastronomía y la rica historia preinca que tienen nuestros pueblos. Por ello necesitamos personas comprometidas y con ideas visionarias.
Las tradiciones costumbristas que tiene Monsefú
11. Convocar a los hermanos Yaipén de “Grupo 5” para organizar espectáculos musicales durante los días de la feria. Por supuesto que ellos van a lucrar con esos eventos, pero estamos seguros que dejarán muchas utilidades a favor de la ciudad.
12. Que dentro del comité de organización se considere la experiencia del Club Monsefú, de los residentes en la ciudad de Lima, que ya han dado muestras de apoyo y desprendimiento.
13. Retomar las exposiciones de fotografías (hay tanto material que mostrar), es un alcance de Jorge Reyes Custodio.
14. El propietario de las pollerías “Ricky rey” pide que las pollerías locales presenten una exposición de sus manjares. Considera que los “pollos a la brasa” con estilo monsefuano tienen mucha demanda.
15. César Chancafe sueña con un Fexticum internacional. Pide refundar el FEXTICUM con investigaciones y el uso de la tecnología, permitir la participación de instituciones monsefuanas e incluso extrajeras.

          Se pretende celebrar la Feria de Exposiciones Típicos Culturales de Monsefú haciendo alianzas con empresas de prestigio, sin improvisaciones y reverdeciendo las razones por las cuales fue creada. La presencia de los directores de escuelas e institutos, las autoridades políticas y de los monsefuanos comprometidos con el desarrollo de Monsefú puede revertir la situación actual.  Que no muera esa posibilidad de generar -a través del turismo- rentas a favor de la ciudad, las escuelas, de la educación en su conjunto. Tenemos en nuestra gastronomía, costumbres y tradiciones, una auténtica riqueza natural. Solo falta reconocer, como decía Raimondi, que estamos sentados en un banco de oro. (LCG)  
 
La artesanía monsefuana, con sombreros y alforjas




sábado, 22 de junio de 2019

Pueblo chico, infierno grande… las “chapas” en Monsefú (Parte 2)


Escribe:   Luis A. Castro Gavelán

Con la colaboración de:
-Walter Llontop Reluz
-Miguel Lluén Campos
        Me reuní con Miguelito Lluén “Chingo” y Walter “claridades” Llontop Relúz. El punto de encuentro fue el restaurante de los Chanamé, conocidos como “los loches”, ubicado en María Izaga, cerca de donde vivía el profesor Carlos “higo” Farro Baldera.  Hola “luchín”, me dijeron, y entre abrazos, anécdotas y un delicioso sudado de lifes, charlamos durante un buen tiempo. Ocurrente como siempre, Walter Llontop agregó: “están buenos estos lifes, igual como los prepara “la cafecita” Isabel Llontop y para brindar con chicha de doña “tulú” (Nicolasa Chafloque).

       Ahora que usted ha leído la introducción de esta crónica, sabe que estamos hablando de los apelativos o sobrenombres, de las “chapas” o apodos existentes en Monsefú, y que la reunión con esos distinguidos amigos fue para ampliar ese universo de “motes” muy populares entre los monsefuanos. Sin temor a equivocarnos, para la mayoría de mis paisanos esos apelativos forman parte de su identidad, aunque no aparezcan en sus documentos personales.
       Miguel y Walter conocen mucho, y no me equivoqué al elegirlos. Incluso Miguelito, muy metódico, llegó con su lista de “chapas” y así se encaminó la conversación. Walter recordó a muchos personajes y brindó un abundante material gráfico.  En la primera parte de esta crónica, publicada hace casi dos años, revelamos el origen de “mote”, “gracia” o “chapa”. Dijimos que según DRAE (diccionario de la Real Academia de la Lengua) corresponde al nombre que se acostumbra dar a una persona tomando en cuenta sus defectos corporales, o también reconociendo sus características o virtudes como una manera de simbólica de aceptación; o en su defecto despreciar o ridiculizarlo. 
Angel "Godón" Llontop, César "machaguay" Carrasco, "Walo" Sánchez, "Oso" Gonzales, "Camán" Sánchez y Ravello Soto

     Las “chapas” o apodos identifican en concreto a una persona. Son códigos verbales que en su mayoría tienen un estilo peyorativo, un humor negro que genera rechazos, ofensas o mal humor; o que, por otro lado, son relevantes, empáticos y con un sentido afectivo. Se pretende, al bautizar con una “chapa” a un individuo, destacar alguna característica peculiar de su aspecto físico, de su personalidad, comportamiento o su origen racial. Quienes “bautizan” o son autores de esos sobrenombres gozan de ingenio y buen humor. Los que reciben esa “chapa” tienen la potestad de aceptarlo o en su defecto, denigrarlo. De cualquier modo, un apelativo nos hace merecedores de la atención social. Gómez Macker tiene una opinión que compartimos: “el sobrenombre cumple un rol sociocultural favoreciendo una identificación más realista de las personas y establece vínculos especiales entre los individuos que las poseen y los usan”.
   
     Respecto a la expresión “chapa”, tiene diversos significados en los países hispanos.  En Argentina y Uruguay, una “chapa” puede ser un sobrenombre, pero también significa que una mujer está loca, o que estamos hablando del cabello. En Bolivia es el apodo, pero en Brasil se trata de la dentadura postiza. En Chile y Colombia hablamos de una cerradura, o también de un apodo. En Costa Rica se le dice “chapa” a la persona un tanto torpe. En Ecuador, “chapa” es el policía. En España un “chapa” es alguien que no trabaja. En México hablamos de una cerradura, mientras que en Nicaragua “chapa” es una cerradura, la dentadura postiza o es sinónimo de aretes. En Venezuela y Honduras es la tapa de una botella que liberamos con un abridor. En Perú es donde esta palabra tiene mayor cantidad de acepciones: es un apodo, una cerradura, la tapa de una botella o incluso cuando una persona tiene rojas las mejillas por el frío, calor o porque pasó vergüenza. 
         Por ahora, basta de estos términos coloquiales. Vamos a revelar la segunda relación de apelativos en Monsefú, un pueblo relativamente pequeño, con 33, 000 habitantes, donde los apodos forman parte de su patrimonio etnógrafo y que para muchas personas permiten una relación mucho más jovial, una relación hasta cierto punto amical, generacional e idiosincrática.
        Vamos a clasificar los apelativos en varios grupos.

    1.      Como consecuencia de alguna característica física. - por su tamaño y corpulencia, Eugenio Gamarra Lluén era conocido como “burro grande”. Por sus ojos rasgados la campeona de marinera Angélica “china” Miura. Por el tamaño de su cabeza los hermanos Cumpa Valencia son conocidos como los “cabezacas”. Por el pelo que tenían, los hermanos Enrique y Guillermo Uceda eran conocidos popularmente como “zambones”. Por su estatura y color de su piel,” ñaro” le decían a Pedro Silva Villacorta. Por su talla y delgadez de su cuerpo a los Custodio Díaz llamaban “colambos”. Por sus ojos, recordamos a Juan “chino” Joo. Por la forma de su rostro, a nuestro destacado joyero Félix Salazar Liza lo conocen como “bomba”. Por su baja estatura los Cornejo Mechán y los Lluén Mechán son conocidos como “los chatilcos”; y “los bajos” a los Caicedo Díaz.  Por la contextura de su cuerpo, Héctor “flaco” Boggio del cine Trianón; Guillermo “calavera” Diez; “los mondonguitos” a los hermanos Arce Puican. “Los clavos” a los hermanos Azabache Diez. Por su estatura, a Jorge Diez le dicen "guineo"

2      Tomando en cuenta algún parecido físico, alguna característica de su personalidad o como una especie de burla, las “chapas” también toman el nombre de animales. “Los ratas” a la familia Reque Senmache. La familia Bravo Arévalo “mosca”. La familia de Vicente Custodio Túllume, “los gatos”. Jorge “pichón” Urdiales. Román “gato seco” Llontop Manuel “cabrita” Lores, Fidel Cornejo Mechán, “gallo”. El señor Gonzales que tenía una panadería frente a la posta médica, “mono”. Con ese mismo apodo es conocido William Chanamé, cantante del grupo Continental. A la rezadora Gonzales le dicen “la gallinita”. Pedro Llontop Casas “burro con sueño”, Juan Francisco Yaipén y familia, “los yegüitas”. “Los palomos” a la familia Espinoza Tello. “Los perros” a la familia Morales. “Los gallinazos” a los integrantes de la familia Gonzáles Gamarra. “Los leones” a los familiares del pirotécnico Fermín Gonzáles. “Los lechuzas” a las familias Gonzáles Llontop y Gonzáles Mechán. “Los conejos” a los integrantes de la familia Llontop en Pómape. ‘Gallina” a Manuel Gonzáles Pisfil, y también a José del Carmen Salazar. “Los lobos” a Wilmer Llontop Lluén y también a los Custodio Fiestas. “Si hay, sí hay” al vendedor de pan Atanacio Angeles. Manuel Llontop, pequeño y siempre vestía de blanco, “pichoncito”. Marco “memín” Sigueñas Cáceres. José del Carmen Elías "sapo mocho". Don Enrique Yeckle y su pléyade de ocho hijos: "los piquines".
Mis amigos, los hermanos Salazar García. Los "huesos"

3. También existen los apodos utilizando frutas, verduras o vegetales. La familia Chanamé, “los loches”. A los Llontop Lluén los conocen como “los cayguas”. A la ingeniera Gladys Fenco le dicen “agua de manzana”. A los familiares del albañil Agapito le dicen “los zapallos. Y a los Gonzales Guzmán de la calle Diego Ferré los conocen como “los zapallones”. Los familiares de Tomasa Garay, “los algodones”. En Poncoy, a los Relúz le dicen “los camotes”. “Los camarones” a los Chavesta. Juan Manuel Gonzáles y sus familiares, “los garbanzos”. “Los cafés” a los miembros de la familia Llontop Esquén. 



   Raúl Senmache "Picho" y Oscar Kant "Canchín".


           4.-Por una condición personal que llamaba la atención. Al multifacético agricultor  José Ramos Gonzales le decían “chistoso”.  “Tía candela” a Esther Raffo. “Boquita de caramelo” a nuestra recordada Evelina Huertas.  Por su seriedad, “cachaco” al extinto César Yeckle Vargas.  “Hacha brava” al profesor de educación física Carlos Raffo. “Los bocones” a los hermanos Nicolás y Gregorio Yaipén. “Los matagatos”a los Guzmán de la calle María Izaga.  “Los caregoyos” a Gregorio Yaipén y los miembros de su familia. “Los chalaos” a los Llontop Paredes, sobrinos de Pedro Llontop Casas. “Pico grueso” al señor Alejandro Gonzáles, contratista de peones. A doña Esperanza Vargas, madre de los hermanos Yeckle Vargas le decían "la dama".

            Otros apelativos variopintos que desconocemos su origen, pero que son muy populares en Monsefú son los siguientes: Federico Torres, “brocha gorda”; la familia Custodio que tenía un molino para caña de azúcar, “los cachuplín”. La familia Lluén Campos, “Los chingos”. La familia Flores Ballena de radio “La Norteña", “los parlante”. El taxista Manuel González, “manguero”. La familia Lluén Gamarra, “los chautos”. La señora María Laynez, “doña muerta”.  Jorge Curo “chaqueta”. El señor Beltrán, ”jama jama”. La familia del periodista Lucho Gonzales, “los muñecos”. “Chava” a Eduardo Araujo. ”Los chiveros” a los Chavesta, vendedores de carne de chivo. ”Los seca poto” al extinto Benjamín Pisfil Ayala y sus hijos. “Los confites” a los Yaipén Capuñay (ellos hacían encimadas y las decoraban con confite). “Los huesos” a mis amigos Walter y Pedro Salazar García. “Muerto” a Sergio Sánchez Chavesta.



Gregorio Yaipén "Caregoyo" y José Carmen Elías "sapo mocho".



El profesor Gregorio Chanamé es conocido como “maytetu”. El doctor Juan Salazar Huertas “joya”.  Guillermo Guevara es conocido como “huevito”. La familia Eneque es conocida como “los peroles”. “Los corrozos” son los integrantes de la familia Izique. “Los sorongos” les dicen a los miembros de la familia Custodio. Oscar Kant, “canchín”.  Rafael Escajadillo “medicina fresca”. “Los mochos” denominan a los paisanos de la familia Chafloque Gonzales. “La camisola” es el apodo de doña Yolanda Mechán. “Los echale pa’ dentro” a los carpinteros de apellido Farro. “Cárguenme a mi vieja” le dicen a Mario Salazar Chafloque. “Don Panetón” al Sr. Gonzáles Uceda. “Los cacas” a los Gonzáles Chafloque. “Fino” al conductor de autos Gonzáles Atencio. “Los miscan” a los miembros de la familia Chavesta Senmache. “Pichanas” a los Azabache Rodríguez. “Pelada” a Manuela Garnique. ”Los carne fresca” a los integrantes de la familia Chancafe, quienes viven por la escuela Carlos Weiss. “Los brionquioles” a los Gonzáles Fiestas.

       Los miembros de la familia Pisfil Lluén son conocidos como “los champús”. Al finado periodista Augusto Llontop Relúz le decían “tuto”. “Si hay, si hay si hay”, al desaparecido vendedor de pan, el señor Angeles. “Chin chin” es la “chapa” de los Lluén Chavesta y los Lluén Uypan. “Los bronquioles” a la familia Gonzales. La familia Seclén, “los muertos”. “Los quemaos” a la familia González. A los Llontop Sáenz los conocían como “prosas”. La familia de César Llontop, “los macanos”. Armando Llontop, quien actualmente ha perdido el sentido de la vista lo conocen como “malaca”. “Pedones” a Carlos y Pedro Escajadillo.
“Los mercaditos” son los miembros de la familia Espinoza Ballena. “Los pichilingo”, la familia Salazar. El extinto José Capuñay Senmache” clarito”. “La casita” a Héctor Puicón. “Cholón” a la familia Uceda de la avenida Grau. “El avión “a Rafael Puyén. “Jota” al desaparecido Miguel Llontop Relúz. “Diablo” al profesor Bernardino Sánchez. “Los sancochos” a la familia Yaipén. "Los coches" a los miembros de la familia Azabache. Ellos domicilian en María Izaga. A la señora Carmen Chafloque "doña ajínagua".

A los miembros de la familia Senador Chumioque ”los chichas”. “Los chueños” a los Lluén Pisfil de Micarcape. “Los piratas” a los integrantes de la familia Ballena Casas. Al vendedor de carne y ex futbolista “Pechente” Uceda Suárez. Ese apelativo ocurrió durante su niñez cuando expresaba en la escuela “pechente” por presente. Ernesto Uceda ”Tony curtis”. Sixto Elías Gonzáles “el sapo”. Miguel Angel Ramírez “chaca”. Neptalí Farro “cuchufletas”. Manuel Cachay Flores “Guavito”. “Pichilingo” al señor Salazar Liza, hermano del joyero Félix. “Los cañones” a los Chavesta que viven en el caserío Cúsupe. “Los cachuplines” a los Custodio Fiestas. “Caiza” a la señora Toribia Chafloque. Georgina Chavesta es conocida como “párate duro”. “Chamullo” le dicen a Jorge Sánchez Bautista. “Corrozos” a los hermanos Ayasta. “Los chatas” a los hermanos Reyes Gonzáles. “Chasis” al panadero Gonzáles. “Tamborín” a los hermanos Ramos Reyes. El abogado Pedro Pisfil “baltico”. Carlos Capuñay Farro, “quinche mangos”. “Los revivianes” a los Capuñay Gonzáles.


Miguel "chingo" Lluén y Walter Llontop.



En el mundo de la música fueron muy conocidos los apodos también. El grupo Fantasía era de propiedad de los hermanos “cagarraya” Reyes Salazar. A los Fenco Espinoza les decían los “corcho”. El fundador del Grupo 5 tenía el sobrenombre de “el faraón de la cumbia”; su hijo Elmer tiene el apodo de “chico”. También Víctor “chino” Yaipén del grupo Candela, Walter “pochorolo” Yaipén, Lázaro “bolón” Puicón, Idelfonso “foncho” Neciosup. El cantante Jorge “coco” Lluén. El profesor y cantante Héctor “coja” Uceda Senmache. El grupo Continental de los hermanos Chanamé Chudén: a William le dice “mono” y Manuel, el timbalero, tiene el apelativo de “pato”.
Hermanos Chanamé Chudén
Creemos que esta relación de apelativos seguirá creciendo con el apoyo de ustedes, amigos lectores. Las “chapas” se resisten al transcurrir del tiempo y muchos monsefuanos -al momento de interactuar- prefieren sustituir el nombre propio de los individuos. Estamos seguros que esta forma de “identificación subjetiva” tendrá en el futuro una tercera relación. (LCG)







jueves, 6 de junio de 2019

Nacer pobre no es tu culpa, morir pobre sí lo es. La ejemplar historia de vida de Julio Gonzales



                                         Julio Gonzales, emprendedor monsefuano.
Escribe: Luis A. Castro Gavelán 
Cuando eres pobre y el hambre acecha, hay dos alternativas en la vida: tomar el camino incorrecto o retar a la vida en base a empuje, perseverancia y una actitud rebelde por revertir esa desafortunada condición. Julio Gonzales, el propietario de panetones “Don Julio”, tuvo un origen humilde, vivió momentos extremadamente tristes, pero con ese afán por salir del infortunio ha escrito una historia de superación que dignifica al peruano y enorgullece a los monsefuanos.

Es difícil imaginar las vicisitudes que enfrentó este  hijo de agricultores, que emigró a otros lares obligado por las circunstancias, que empezó vendiendo pan por las calles de Chimbote, Huarmey y que actualmente goza de buena reputación, consolida prósperos negocios y ratifica ese viejo adagio: nadie es profeta en su tierra.

Hijo de Alejandro y Manuela; y casado con quien fue su mayor tesoro, doña Hipólita de Paz, este empresario de 77 años mantiene ese perfil bajo como cuando empezó a escribir esas páginas que actualmente son historias de vida. “Vivíamos en una chocita, no alcanzaba para la comida y pese a los esfuerzos de mi madre algunas veces nos fuimos a la cama con el estómago vacío”.  Su padre trabajaba como agricultor y hornero en los trapiches de Benito Flores. 

Entre lágrimas, Julio Gonzales recuerda su extrema pobreza y la decisión que asumió aprovechando la invitación de un amigo, Joaquín Quispe. Así salió de Monsefú cierta mañana bajo una temperatura fría que fue minimizada por la cálida bendición de su cándida madre. Llevaba a cuestas un costal lleno de ilusiones y su terco ímpetu por cambiar el destino, que hasta ese momento le era adverso. Exhibió una resiliencia que lo impulsó a confiar en sus posibilidades y buscar otros horizontes.

Rodeado de tres de sus cuatro hijos, Giovanna, Julio Jr. y Miluzca, nuestro personaje recuerda a los hermanos Quispe, quienes le dieron la posibilidad de iniciarse en la venta ambulatoria de panes y dulces por las calles de Samanco, en el departamento de Ancash. Luego se movió entre Huarmey, Samanco, Chimbote y el distrito de “Culebras”. Julio recuerda que su primer pago fue de doce soles de oro, la moneda de ese entonces.
                                    Julio Gonzales rodeado de tres de sus hijos: Giovanna, Miluzca y Julio Jr.

Le fue bien en las ventas y aún cansado después de caminar por las calles casi todo el día, se quedaba por las noches y madrugadas acompañando a los maestros panaderos, aprendiendo los secretos para hacer marraquetas, el pan de yema, bizcochos de canela, cachitos y encimadas con manjarblanco.

Aprovechando el boom de la pesca (1968-1971), en la época exitosa del pesquero Luis Banchero Rossi, Julio Gonzales recorrió las playas y encontró potenciales clientes en los curtidos pescadores. Extenuado y muchas veces con pocas horas de sueño, jamás se rindió y para darse ánimos recordaba la forma cómo había abandonado su tierra natal.
En una de esas caminatas vio que estaban rentando una pequeña panadería y no se amilanó ante su segundo reto. Con sus ahorros y habiendo aprendido los secretos para la elaboración de panes, asumió el compromiso y se puso al frente. Le fue bien y tomó la decisión de alquilar otra panadería más grande, donde llegó a tener más de quince personas trabajando para él, entre panaderos y vendedores.

Así, inspirado y embelesado por el amor de su vida, doña Hipólita de Paz, edificó tal vez la mejor panadería de Huarmey y así sumó puntos a su favor para pedir su mano. Julio contrajo nupcias con la chica más guapa de su barrio, su íntima Polita, una mujer que hacía labores de modista, pero que al casarse con Julio Gonzales pasó a administrar los negocios. Fue su verdadero brazo derecho.
Paulatinamente los negocios se ampliaron. Hubo una y otra panadería, una granja de cerdos, una pollería, los famosos panetones “Don Julio”.  No se quedó en Huarmey, expandió sus negocios y ahora tiene sucursales en Chiclayo, distribuye los panetones en todo el norte chico de Lima, en Chimbote, Chiclayo, Piura, Cajamarca. Es indudable su éxito y una buena reputación que acrecienta con ese estilo peculiar de compartir lo que tiene. Actividades benéficas, desayunos a niños pobres, a los internos de prisiones chiclayanas, a gente menesterosa. Este conspicuo personaje nunca olvida sus inicios, está comprometido con  las acciones sociales.

A Julio Gonzales le encanta la música, en sus ratos libres toca el saxo y recuerda que alguna vez participó como cantante  de una orquesta. Fue amigo y compadre del extinto “faraón” Elmer Yaipén. Es también muy allegado a Higinio Capuñay, el propietario de la cadena de emisoras “Exitosa” y “Karibeña”. Es ganador de muchos premios por la calidad y prestancia de sus productos.                                                                                         
Conozco a Julio Gonzales desde hace muchos años, me precio de ser su amigo y cada vez que lo veo me recuerda una frase aleccionadora de Dalai Lama: “si asumimos y mantenemos una actitud de humildad, crecerán nuestras cualidades”. Julio, cultivado en las fraguas de la universidad de la vida, tiene claro este aspecto y por eso sugiere dos cosas: cuidar la familia porque es la herencia más preciada; y a los jóvenes, tener sueños y hacerlos realidad, persiguiéndolos con coraje y una renovada aptitud. (LCG)



   Julio Gonzales canta y hace sonar las maracas.







   Elmer Yaipén es padrino de Perla, 
la hija menor de Julio Gonzales

miércoles, 22 de mayo de 2019

Las jornadas sabatinas de baloncesto

Escribe:
Luis A. Castro Gavelán
Fotos: Javier Sullivan

El baloncesto es uno de los deportes que entusiasma y se practica en Monsefú. Desde 1927, año en que nació el glorioso White Star, los monsefuanos sabemos prepararnos para la alta competencia y también ejercitarnos para tener mente sana y cuerpo con buena salud.

         El recordado White Star. A la derecha, la “tía Colomba” dando inicio a un encuentro de baloncesto.

Curiosamente la presencia de foráneos identificados con Monsefú tienen que ver con esos períodos de formación y crecimiento de la práctica del baloncesto. Mr. Wendor y Mr. Henry, miembros de una misión evangélica son quienes formaron jugadores como los hermanos Raffo Niquén, Miguel Chereque, David Arraguí, Antonio Boggio, entre otros, quienes llegaron a participar en concursos nacionales paseando la indumentaria guinda y la estrella blanca que identificaba a los White Star.

A inicios de los años 80 otro grupo de religiosos, los hermanos cristianos, alentaron la práctica del baloncesto en la recordada cancha del colegio “San Carlos”. Inolvidables sábados de la mano de Diego Gloss, el Hno.Eduardo, Javier Sullivan, el apoyo incondicional de la recordada tía Colomba Vasallo y de otros héroes anónimos permitieron la aparición de tantos equipos. Fueron apasionantes momentos, desde las tres de la tarde se iniciaban las actividades, a veces vehementes, a veces apasionadas, que culminaban al entrar la noche, en medio de la oscuridad. A medio bañar los ardorosos jugadores continuaban sus actividades: unos participando de la misa de ocho; otros sentados en las veredas de la calle Manuel María Izaga bebiendo moderadamente vino de la tía Cachay. Otros, aún más relajados, la seguían en alguna fiesta sabatina, de esas que nunca faltaron.

De izquierda a derecha. La desaparecida Colomba Vasallo, Diego Gloss,Javier Sullivan y otros dos religiosos.

Alrededor de cinco a seis años seguidos se organizaron sendos campeonatos de baloncesto y el extinto Fidelito González, vigilante de la escuela, era quien facilitaba las instalaciones deportivas e incluso preparaba la cancha como un fanático más. Javier Sullivan hacía de árbitro. Javier tenía amigos en casi todos los equipos y luchaba por ser imparcial, vivía con pasión las jugadas y a veces se olvidaba de su función de referí para aplaudir alguna “canasta” bien lograda.
Los equipos se formaban muchas veces por el grado de amistad de los jugadores, otras veces representando al colegio de sus amores y por qué no, a nombre de su barrio o institución que creaban. Fueron sábados emocionantes, enfervorizados y llenos de fogosidad. La juventud de esos tiempos completaba así su rutina semanal: de lunes a viernes estudiando en el colegio; los sábados practicaba el baloncesto y acudía a misa; los domingos los jóvenes completaban sus tareas escolares, pasaban tiempos con sus familiares o amigos. En realidad llevaban una vida heterogénea y entretenida.

En esta crónica quiero destacar una mención especial,hacer un reconocimiento superlativo. Los hermanos Cristianos no solo ayudaron al fortalecimiento de nuestras creencias religiosas, sino que también impulsaron la práctica del baloncesto, karate y otros deportes. Y algo mejor aún, alentaron a los monsefuanos a ser mejores personas en todos los ámbitos, impulsando su superación y a estar mejor preparados para la vida. Por eso había una sana envidia de los pobladores vecinos, reconocían que estábamos unos pasos adelante. Los jóvenes monsefuanos de esos tiempos concebían la idea de superación, tenían una arraigada autoestima gracias a esos valores que promovían los hermanos Cristianos.
Aquellos sábados fueron imperecederos, fueron competencias deportivas ligadas al mejor aprendizaje de supervivencia. Aprendíamos a manejarnos con códigos, a estructurar nuestra vida personal entre lo físico, lo psicológico y los valores socio-culturales.

Me despido con una frase de un ganador, del nadador norteamericano Michael Phelps, medallista olímpico que siempre alienta a “no poner un límite a nada. Cuanto más sueñas, más lejos llegas”. (LGC).

lunes, 6 de mayo de 2019

Dos comadres en apuros

Escribe: Luis A. Castro Gavelán

Con la colaboración de: Jacinto "Chito" Custodio y Angela Cabrejos

Paula López nació para ser inmortal. Parió a un alcalde, varios médicos, ingenieros, profesores, de sus entrañas salieron una pléyade de hijos comprometidos con la grandeza de Monsefú. Doña Angelita Capuñay viuda de Barco está haciendo historia. Ahora reside en Lima y el próximo 30 de mayo cumplirá 102 años. Ambas, la extinta Paula López y la longeva Angelita fueron primas hermanas, confidentes, amigas hasta los tuétanos y comadres de algún corte de pelo, pero comadres al fin, que exhalaban confianza y respeto.
Las primas y comadres Angela Capuñay y Paula López.

Y como siempre ocurre con personas que tienen cosas en común, ambas se frecuentaban, exhibían un supino estado de ánimo que les permitió reír y gozar, ser consecuentes con episodios tristes, así como concurrir a eventos sociales de diversa índole.
Paula era un tanto introvertida, parsimoniosa y estaba casada con Jacinto Custodio. La vi algunas veces con su cansino caminar llevando el almuerzo a su marido que despachaba en un puesto de abarrotes del mercado central. Angelita Capuñay era de carácter disímil a su prima y comadre; siempre juguetona, con una sonrisa jovial, bromista y de buen talante.
Cuando eran solteras y llenas de ilusiones confidenciaban de sus pretendientes. Al casarse dialogaban de sus experiencias en sus hogares y cuando adultas siguieron juntas. Fueron amigas del alma, inseparables comadres, madres de familia, mujeres modelo como aquellas que existen en Monsefú, en el Perú y en el globo terráqueo. Cuando doña Paula tenía 74 primaveras y su comadre Angelita un año más, tuvieron una experiencia tragicómica que paso a compartir.

Cierto día dejó de existir una comadre de doña Paula, la monsefuana Bertha Gonzáles, quien por razones personales vivía en la provincia de Ferreñafe, a unos 40 kilómetros de la “Ciudad de las Flores”. De inmediato le comunicó a su prima Angelita y ambas acordaron ir al velatorio. Parece que, por las indisposiciones de la vejez y sus ocupaciones hogareñas, ellas habían dejado de verse algo más de una semana y entonces existía el “material” perfecto para compartir durante el viaje (llámese vivencias, experiencias, rajes, anécdotas, chismes, etc., etc.)
Tomaron el autobús de Monsefú a Chiclayo para luego hacer la conexión hacia Ferreñafe. Las ancianas de pelo blanquecino y arraigadas arrugas en sus rostros llegaron al terminal de vehículos, en medio del caos y el generalizado bullicio de los denominados “llamadores”, esos que se ganan el pan del día llenando de pasajeros los buses y microbuses.
A Pucalá, Pucalá.
Ya sale, sale a Tumán.
Vamos a Ferreñafe, hay asientos, hay asientos.
Pomalca, Pomalca…

Las ancianas, tomadas de brazo por los “llamadores”, fueron ubicadas en un asiento doble. Un tanto incómodas, pero listas al fin para ir a su destino final. Entretenidas en la conversación llegaron a su destino media hora después. Bajaron en el paradero final y empezaron a buscar la calle Real. Preguntaron a un transeúnte la ubicación de la citada arteria y éste les respondió muy resuelto. “Calle Real, calle Real, no, por aquí no hay ninguna calle Real”.

Ligeramente incrédulas ambas intercambiaron miradas, pero retomaron el entusiasmo cuando vieron a un hombre de camisa negra que llevaba una corona de flores. De inmediato Angelita, la más extrovertida, lo abordó:
-Oiga, ¿No me da razón del sepelio de una señora Gonzáles que vivía en la calle Real? Entre el bullicio de los carros el hombre las miró y les dijo: “Sí, sí voy al sepelio”. La escueta respuesta del transeúnte las animó e incluso Angelita se atrevió a comentar con su verbo mordaz, o dicho de manera popular: “sin anestesia y sin pelos en la lengua”.
- “Y el otro baboso que no sabía dónde estaba la calle Real. Vamos a seguir al hombre de negro”, dijo resuelta Angelita Capuñay.
Doña Paula celebró el comentario de su prima y agregó entre risas. “Tal vez no sabía, pero lo bueno que ya estamos en camino”. Así arribaron a una precaria vivienda, con algunos hombres y mujeres sentados y parados afuera. Saludaron al ingresar a casa y como buenas cristianas se hicieron la señal de la cruz.
Nuestro personaje, Paula López, al lado de sus diez hijos y su esposo Jacinto Custodio.

Vieron a varias personas, pero ninguna de ellas era conocida. Mientras Angelita fue hacia el ataúd de la muertita, doña Paula puso la corona en un lugar de la sala. “Familia Custodio López”, rezaba la tarjeta que acompañaba a la pieza floral que llevó Paula López. Angelita se persignó ante la difunta, hizo algunas oraciones, pero su rostro se fue llenando de expresiones escépticas al desconocer las facciones de la extinta comadre Bertha.
“No sé, qué cambiada está tu comadre, está muy rara”, dijo susurrando al oído de doña Paula, quien se acercó al ataúd para cerciorarse personalmente.
Angelita Barco no se quedó tranquila y preguntó a una mujer ahí sentada. “Disculpe, no han venido unos familiares de Monsefú para despedirse de la difunta”. De inmediato recibió una respuesta que la dejó fría.
-No señora, que yo sepa, no tenía amistades de Monsefú.
-Qué raro, ella era de Monsefú y por su familia sé que ella vino a vivir a Ferreñafe.
- No, yo soy su sobrina. Mi tía era de Tumán, aquí nació y murió mi querida tía.
- ¿Qué… no estamos en Ferreñafe?
-No señora, está confundida, estamos en Tumán

De prisa, Angelita fue hacia su prima Paula que en esos momentos oraba con devoción. “Paula, vámonos hermana, nos hemos equivocado de muertita”. Tapándose la boca para evitar la risa continuó con su relato casi al oído de su prima. “No estamos en Ferreñafe, el desgraciado nos ha traído a Tumán, vámonos antes que pasemos vergüenza”.
Doña Paula giró la cabeza desconcertada y al ver a su comadre Angelita intentando cubrir su boca para evitar reírse, imitó la acción y estuvo a punto de soltar una carcajada. A paso ligero, entre tropiezos, salieron del lugar. Siempre con la mano sobre sus bocas abandonaron raudamente el lugar, mientras la gente comentaba que las ancianas estaban muy afligidas, con una “melancolía al borde del quebranto”, muy atribuladas por la muertita.
Pero la verdad es que ellas cubrían sus rostros, aguantando con mucho esfuerzo la risa, el jolgorio que significaba aquella graciosa vivencia. De pronto Angelita recordó la corona de flores que dejaron cerca de la difunta y quiso recuperarla, pero doña Paula, muy decidida, la tomó del brazo y le expresó:
-Vámonos comadre, qué vergüenza, olvídate de la corona de flores y no paremos hasta llegar a Monsefú.
Angelita, a pocos días de cumplir 102 años.

Las comadres prometieron no contar esa anécdota, pero como dice la recordada política y activista americana Helen Keller, “mientras los recuerdos de amigos queridos vivan en nuestros corazones, debo decir que la vida es buena”. Por eso les transmito esta divertida y jocosa anécdota. (LCG)
Doña Angelita Capuñay en una foto del recuerdo al celebrar su primer siglo de vida. Está rodeada de sus hijos Graciela, Antero, Eugenia y Angela.

lunes, 22 de abril de 2019

El “Día del idioma” y los 123 años del maestro Federico


Escribe:
Luis A. Castro Gavelán

El 23 de abril es de mucha significación. El mundo entero celebra el “Día del idioma español” y Monsefú, además de hacer suya esa efeméride, también recuerda el nacimiento uno de sus más insignes maestros, don Federico Castro Pisfil. Como nieto de este inolvidable educador aplaudo y comparto esta extraña y feliz coincidencia. Si estuviera vivo, el fundador de la escuela “Sabogal” y de la actual escuela pública 11029 cumpliría nada menos que123 años.

Al cumplir 50 años de fundación la escuela "Sabogal", el maestro Federico Castro recibió el homenaje de muchos de sus ex-alumnos.

Feliz concomitancia digo yo. Mientras el Instituto Cervantes conmemora el “Día de la lengua castellana” y rinde tributo a Miguel de Cervantes Saavedra, autor de “Don Quijote de la mancha”; la Unesco también recuerda a Cervantes, el fallecimiento del dramaturgo William Shakespeare y la muerte del historiador y escritor el Inca Garcilaso de la Vega. Y aunque en Monsefú no hay actividades festivas, estoy seguro que miles de paisanos guardan en su corazón al profesor Federico Castro, el querido abuelo que siempre influyó en la vida profesional que sigo afianzando.

Cuando en mi niñez iba al campo los fines de semana, acompañando a mi famoso abuelo, empecé a pergeñar lo vital que resulta la educación en los seres humanos. La educación es el proceso de transmitir habilidades y valores para provocar efectos intelectuales y afectivos en las personas. Y quienes se dedican a fomentar la capacidad intelectual en los seres humanos, merecen el máximo de los reconocimientos. El ex presidente de Sudáfrica Nelson Mandela decía que “la educación es el arma más poderosa que podemos usar para cambiar al mundo; y respecto a la importancia del docente, el senador norteamericano Joe Manchin resume su influencia con cándida emoción “Cada niño debería tener en sus vidas un adulto que se preocupe por ellos. Y no siempre es un padre biológico o un miembro de la familia. Puede ser un amigo o un vecino, pero con mayor frecuencia es un maestro”.

Fundador de la escuela “Sabogal” un primero de julio de 1918, también tuvo la responsabilidad de patrocinar el nacimiento de la escuela 2209 (actualmente centro educativo 11029), a la que dirigió por más de 12 años. Fueron 44 años y 6 meses de proficua labor pedagógica y muchos de sus alumnos aún con vida recuerdan la frase que acuñó para estimularlos: “Hay que estudiar mucho para un futuro mejor, hay que luchar y trabajar sin desmayo para sentirnos realizados”.

En su libro “Pinceladas históricas de Monsefú”, mi extinto padre Luis Castro Capuñay resume con orgullo al también fundador de los “Boys Scout” en Monsefú: “El nombre de mi padre, el maestro Federico Castro Pisfil, vive en el recuerdo y perdurará en la memoria desinteresada de tantas familias, de tantos profesionales y hombres de bien que él formó desde la infancia y en los que sembró huellas de responsabilidad y disciplina, amor a los valores espirituales, el respeto a la familia y a la majestad de su suelo natal”.
El maestro Federico Castro nació un 23 de abril de 1896. Sus padres fueron don Luis Castro Chumioque y doña Mercedes Pisfil Ballena. Se casó con Rosa Capuñay, con quien tuvo 6 mujeres y 2 varones. De su numerosa familia sólo está con vida mi madrina, doña Blandina Castro, quien aún rebosante de vida cumplirá 95 años el próximo 2 de Junio.

Blandina Castro, acompañada de su hija Gricelda y del autor de esta crónica.

Maestro, periodista (fundador del semanario “La razón”), político fundador del Partido Aprista en Monsefú y, un gran consejero social, falleció el 10 de junio de 1984 cuando tenía 88 años. Desde 1988 una calle de la ciudad lleva su nombre, gracias a las gestiones del entonces alcalde Víctor Custodio López. Corresponde a la actual autoridad edilicia hacer lo que otros burgomaestres no cumplieron, cambiar las placas. No más calle Tacna. En memoria de este educador de profesionales como el doctor Miguel Custodio Pisfil, el poeta Alfredo José Delgado Bravo, el doctor Francisco Farro, el odontólogo y político Miguel Angel Bartra, el ingeniero Angel Pejerrey, entre otros, debemos completar la iniciativa de “Vitucho” Custodio.

El maestro Federico Castro acompañado del entonces alcalde Miguel A. Bartra, del doctor Miguel Custodio y otros ex-alumnos.

Tengo un sano orgullo por mi abuelo y por mi padre, dos pedagogos que dejaron su herencia, rica en disciplina y apego por el mundo del saber. Al abuelo Federico lo pongo al lado de otro grande, don Oscar Torrez Asurza. El abuelo Federico decía que su éxito fue posible por el binomio que formó con los padres de familia, quienes siempre confiaron en su labor. Aún recuerdo sus clases de historia, sus conversaciones sobre la forma de aprender las matemáticas, su amor por Monsefú y sus ganas de influir en las mentes de los jóvenes monsefuanos, etenanos y lambayecanos en general. Fueron entretenidas charlas donde demostró su extraordinaria capacidad para explicar los conceptos y teorías. También recordamos la “importancia” de la famosa “palmeta”.

Hoy 23 de abril, el abuelo Federico sigue en mi memoria. Solía ser estricto y exigente en las aulas, pero reconocía que jamás se podía orientar al estudiante si no conocíamos su día a día.

En estos días en que es todo un reto brindar una educación de calidad, hay dos elementos que están revolucionando la educación en Europa. En la escuela Rinkeby de Suecia, su director Börje Ehrstrand reconoce el éxito de su modelo educativo gracias al trabajo compartido con los padres de familia y su afán por ganarse la confianza de los educandos impregnado de tolerancia y frecuente estímulo. Al respecto, Mario Varga Llosa dice que la escuela debe ser la institución espejo de cómo debería ser la sociedad humana.
Me despido con una frase del demócrata norteamericano Brad Henry, que recapitula la labor del abuelo: “Un buen maestro puede crear esperanza, encender la imaginación e inspirar amor por el aprendizaje”. Y el abuelo Federico lo hizo, de eso no tengo dudas. Transmitía sus conocimientos con pasión, sentía lo que hacía porque la enseñanza fue su mejor virtud (LCG).